Democracia dañada

El día que conocí de la existencia de Steven Levitsky fue en la ponencia que realizó en el marco del V Seminario Reforma del Estado de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), el cual tuvo dos temas: “La democracia y sus instituciones en debate” (12 al 15 de octubre de 2010) y “La lucha anticorrupción como política de Estado” (25 al 27 de octubre del mismo año). Como era usual, se solía publicar, posteriormente a las jornadas académicas, un libro con el contenido de las ponencias (e incluso las respuestas dadas a las preguntas del público) de estos seminarios, los cuales, en principio, se realizaban todos los años, impulsados principalmente por Henry Pease García (1944 – 2014), quien fue el primer Director de la mencionada Escuela, creada el 2009. Ya el 2010 me encontraba buscando ampliar mis horizontes de formación más allá de la ingeniería, y me resultó de particular importancia este seminario. Puedo decir, además, que fue mi primer contacto con el estudio del Estado, y siento que aportó bastante a mi formación interdisciplinaria.


Regresando a Levitsky, se trata de un politólogo estadounidense educado en la Universidad de Stanford y doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad de California en Berkeley. Se desempeña, además, como docente universitario en la Universidad de Harvard y, por aquellos años del Seminario en cuestión, se encontraba dictando en la PUCP (como me enteraría mucho después). En el Seminario, cada día de ponencias llenaba el auditorio de la Facultad de Derecho (uno de los más grandes de la universidad) y, para quienes no alcanzaban un asiento, se habilitaba una sala aparte para ver la transmisión en directo. Recuerdo que Levitsky, cuya participación perteneció al bloque del primer tema (“La democracia y sus instituciones en debate”), se lució ese día, y lo recuerdo también lanzando la palabra “carajo” en su cátedra, con el timing preciso para causar las risas de los asistentes. (Él habla español, por cierto, y en años más actuales descubriría que aquella es una de sus palabras favoritas en este idioma. Él es consciente de que, al menos en el hablar peruano, se trata de un lenguaje en “modo lisura”, pero siempre lo hace sonar muy gracioso.)

En tiempos más recientes, como ya he comentado en este blog, tuve oportunidad de leer el libro que publicó con Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias (2018, Planeta), donde plantea una severa crítica al Partido Republicano de su país y advierte seriamente sobre lo que significaba Trump para la presidencia de Estados Unidos. Asimismo, un libro donde brinda una perspectiva teórica para entender el funcionamiento de una democracia desde dentro y qué normas no escritas requiere para que no se resquebraje.

Posteriormente, el 2019 (21 de julio), asistí a la presentación de un nuevo libro, esta vez publicado con Mauricio Zavaleta, ¿Por qué no hay partidos políticos en el Perú? (2019, Planeta), en el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima, y que pertenece a la colección “PerúBreve” de su editorial, donde ambos autores estuvieron presentes. Muy interesante el análisis político que se llevó a cabo en aquel evento. Esta vez, debo decir que no he leído el libro aún, pero pronto llegará el momento.

Hace casi ya dos meses, el 8 de octubre, he podido asistir a una presentación vía Zoom organizada por la Dirección Académica de Relaciones Institucionales (DARI) de la PUCP, moderada por Mayte Dongo, sobre el libro Cómo mueren las democracias (título también del evento), donde el propio Levitsky explica el tratamiento ofrecido en su texto, seguido de una serie de preguntas que respondió. La síntesis que realizó rescató todos los puntos clave e, incluso, planteó una comparación con la práctica peruana de la democracia y la política. (Debo decir también que una frase que apunté para no olvidarla fue “Trump tiene los instintos autoritarios de Fujimori, pero la inteligencia de Humala y la disciplina de Toledo.”)

Asimismo, hace incluso menos tiempo, por un video que mi padre compartió en el grupo familiar, pude ver otra presentación realizada (no en vivo como la vez anterior), esta vez en el marco de los acontecimientos de la crisis política en mi país por el golpe de estado que dio el Congreso y la rápida recuperación de la democracia que se logró gracias a las y los jóvenes en todo el Perú (una democracia de por sí tremendamente dañada y con heridas irrecuperables). Llegaré a escribir sobre estos temas para brindar un mayor contexto (obviamente, desde mi mirada, que será informada), pero ahora el asunto desarrollado tiene una temática distinta. Esta última presentación fue llevada a cabo el 19 de noviembre y organizada por el David Rockefeller Center For Latin American Studies de la Universidad de Harvard. Llevó el título de “¿Hubo un golpe de Estado en Perú?”; contó con la participación de Rosa María Palacios, Alberto Vergara, Daniel Olivares y Paula Muñoz, y tuvo como moderador al propio Levitsky (una mesa de lujo).

Volviendo a Cómo mueren las democracias, lo que Levitsky y Ziblatt plantean sobre tolerancia y contención es todo de lo que la política peruana ha carecido desde que tengo uso de razón. Y, desde la derrota de Keiko Fujimori en las elecciones de 2016, la fuerza de esa carencia ha seguido una tendencia siempre creciente, hasta llegar a hitos tan inusitados como los que estamos viviendo. Nos encontramos con un Congreso lleno de hipócritas y delincuentes en su mayoría, a quienes no les importaría ver al Perú arder en salvaguarda de sus propios intereses (y de ellos mismos, para no terminar después en la cárcel), con solo pocas excepciones. Desde que Martín Vizcarra planteó una lucha firme contra la corrupción, se puso en marcha una de las peores maquinarias de destrucción de la institucionalidad, promovida por las espurias mayorías de un Parlamento absolutamente desprestigiado, detestado y repudiado.

Cuándo, como país, se dejará de votar por una sarta de imbéciles y delincuentes para que nos gobiernen, es un albur. Las mayorías espurias entran al Congreso para asegurar sus negocios (y “negociados”), traerse abajo las investigaciones que pesan sobre ellas y sus contactos en la oscuridad, y aplastar a todo aquel que consideren un obstáculo. En ese sentido, si el Poder Ejecutivo las confronta, activan las carreras de eliminación, a partir de las cuales hacen un uso aprovechado de las falencias de la Constitución; realizan omisiones e interpretaciones tendenciosas sobre aspectos que ni siquiera son falencias en la misma; y se alían con, o son favorecidas irracionalmente por, cargos de interés (como ciertos miembros del Tribunal Constitucional, por ejemplo) para blindarse a sí mismas.

Así, se trae abajo un sistema democrático. Un sistema que, aunque pueda estar basado en una Constitución cuestionable, bajo las variables de tolerancia y la contención que explican Levitsky y Ziblatt, podría contribuirse a asegurar su institucionalidad y fortalecer la democracia continuamente. Ese no es el caso, y ahora nos encontramos balanceándonos sobre una fragilidad latente mientras no se realice un planteo para una reforma constitucional en el equilibrio de poderes, empezando por evitar cláusulas tan vacías de contenido como la “incapacidad moral permanente”, que yace allí sin ningún ápice de explicación sobre sus alcances ni en qué casos es efectiva (esto, en realidad, se deduce de una interpretación correcta, la cual parte del principio de la presunción de inocencia).

Los golpes ahora también se dan desde dentro, como proponen Levitsky y Ziblatt, y el caso peruano no ha sido la excepción. Una vergüenza por los cuatro tribunos (Augusto Ferrero, Manuel Miranda, Ernesto Blume —ya había hablado sobre este impresentable en otra oportunidad— y José Luis Sardón) que formaron una mayoría para que el Tribunal Constitucional no se pronuncie sobre el asunto de la vacancia (a todas luces, por supuesto, inconstitucional). Una vergüenza por el Equipo Especial de Fiscales – Lava Jato, y en especial por Germán Juárez y Rafael Vela (el coordinador, a quien alguna vez admiré por el impulso que venía teniendo su trabajo desde el 2018), ya que, según la investigación del medio periodístico La República, se mostró de manera cristalina cómo ciertas acciones desde dicho Equipo, que no detallaré aquí, contribuyeron a dar pseudorazones adicionales para que los golpistas del Congreso vacaran al Presidente. Tan solo necesitaban acumular excusas fabricadas para justificarse a sí mismos en su votación por la vacancia, y así intentar engañar a la población de que fue por una causa en favor de ella. Una pena inmensa que nos veamos, como ciudadanía republicana, y a meses del Bicentenario de la Independencia, inmersos en tanta cantidad de podredumbre.

Pero las juventudes alcanzarán el cambio. Aquellas juventudes que salieron a alzar su voz de protesta por el golpe, arriesgando sus vidas —y dos finalmente perdidas por asesinatos de la Policía—, y que representan la nueva vigilancia para las autoridades que tenemos, y sobre todo de la democracia —una vigilancia que deberá ser tarea de todos—; unas juventudes que liderarán las instituciones públicas y privadas, y el país, en los tiempos por venir. La “Generación del Bicentenario”, como se la ha categorizado. Les agradezco infinitamente y doy mi compromiso en que apoyaré el cambio total para mi país en todo aquello que me sea posible aportar.

El mayor honor está en la lucha que dicha generación ha llevado adelante.


Presentación del 8 de octubre de 2020

Presentación del 19 de noviembre de 2020

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