Hannah

Definiciones para el amor puede haber muchas, quizá tantas como personas han existido. Posiblemente, una gran cantidad de ellas sean muy parecidas, pero las hay y habrá, también, muy particulares y que apelan a niveles complejos de abstracción.


En la cita que muestra el folleto-póster de la obra Un informe sobre la Banalidad del Amor, estrenada en el Centro Cultural de mi universidad, la PUCP, en mayo de 2016, basada en el libro del dramaturgo argentino Mario Diament y dirigida aquí por Carlos Tolentino, una cita, como venía mencionando, del Diario Filosófico 1950 – 1973 de Hannah Arendt (específicamente, Cuaderno XVI, mayo de 1953, [3]), “Sobre el amor”, me es muy difícil entender a cabalidad (la traducción de) las palabras de la filósofa.

Hay pasajes a los que les puedo formar un sentido para intentar captarlos, pero llego a perderme en otras abstracciones. Tal vez necesite conocer y/o analizar más sobre el significado de las palabras, o lo que pueda estar detrás de ellas. El inicio establece una ruta: “el amor es un poder y no un sentimiento. Se apodera del corazón, pero no brota del corazón”. Y luego dice: “El amor es un poder del universo, en cuanto el universo es vivo”. (A nivel personal, no suelo atribuir una espiritualidad al universo, ni tampoco el despliegue de una supuesta energía que moldea los destinos de las personas, pero tampoco puedo afirmar que ella haya pensado en esos términos.) Lo que viene es que el amor es “el poder de la vida y garantiza su continuación frente a la muerte”. Podríamos dar un sentido a estas últimas palabras basados en la inmediatez de lo que viene a nuestras mentes, pero no es tan sencillo. Hay un significado muy fino en la continuidad de la vida a partir del (o gracias al) amor. Qué es la vida y la muerte para Hannah, es lo primero que habría que entender, pero sigamos.

Si me salto hasta el segundo párrafo, el texto no hace más que elevar su complejidad. Pueden ver allí, “Si se añade el tercero, se restablece inmediatamente un espacio”. ¿Quién es el tercero? ¿Qué es un tercero? ¿Un humano (habiendo dicho, inmediatamente antes, que el amor atraviesa “el entre” —y aquí hay otro problema— “como el relámpago”)? El “entre” es “el espacio del mundo que hay entre los hombres”. No pienso que se refiere aquí a hombres como varones, sino seres humanos. Si un tercero se añade, podría ser una persona que aparece frente a una relación preexistente entre otras dos personas, siendo esta relación un espacio que termina quebrado por el poder del amor (proveniente del universo y no de la relación misma), y que hace su (¿nueva?) presencia a partir de la aparición del tercero. Entonces, se “restablece un espacio”, que significaría una relación en este contexto, pero ahora porque el tercero entró en relación, valga la redundancia, con una de las personas del par inicial (puedo deducir que el nuevo espacio abarca solo a dos y no a tres, principalmente por las palabras siguientes).  

Continúa Arendt con que, “De la absoluta falta de mundo (=espacio) de los amantes brota el nuevo mundo, simbolizado por el niño”. La idea es la misma: ahora el espacio entre los hombres (las personas; en este caso, una relación) es un mundo. Pero, ¿por qué hay una absoluta falta de mundo entre los amantes si recientemente se dijo que, mediante un tercero, se atravesaba un espacio y se restablecía otro a la vez? Y hay una nueva complejidad: el brote del nuevo mundo está simbolizado en un niño (o niña). Me animo a pensar que este niño no es, en sí, real, sino el elemento inmaterial que debe cuidarse y por el cual los amantes se hacen responsables: “A este nuevo entre, al nuevo espacio de un mundo que comienza, pertenecen los amantes, pertenecen a él y son responsables de él” (estoy presuponiendo, además, que, por la mención a un tercero que implica la ruptura, los “amantes” no son solo personas que “se aman”).

Pero, sobre todo lo anterior, aparece que “exactamente esto es el final del amor. Si el amor sigue existiendo, se destruye también este nuevo mundo”. Y que “La eternidad del amor solo puede darse en la falta de mundo”. Complicado, pero lo intentaré. Hay un espacio entre las personas. Este espacio es lo que significa un mundo. Sin embargo, este mundo es susceptible de quebrarse. Es decir, la relación crea este mundo, pero es un mundo que puede quebrarse de nuevo cuando una de las partes conecta con otra, con la cual a su vez genera un nuevo mundo. No existen dos mundos a la vez: el primero queda destruido. Pero este nuevo mundo está expuesto, y toda la intensidad que pueda llevar consigo posee la fragilidad de poder desvanecerse en un dos por tres. Pero, ¿por qué aparece como predeterminada la llegada de un tercero quebrador de la relación original?

Cuando Arendt hace mención a la fidelidad (segundo párrafo del texto citado, paréntesis largo), deja sembrado que está teniendo en cuenta, también, el significado de esta postura moral de las relaciones como parte de su reflexión, aunque tenga un peso menor. Es decir, el resalte de su propuesta está en la adherencia plena al universo vivo que significa ser absorbido por el poder del amor. No obstante, llega a la conclusión, como lo interpreto, de que la única forma en que el amor puede ser eterno es cuando “no hay mundo”, es decir, cuando no existe un mundo ni por destruir ni por crear (como si el amor se mantuviera flotando en el universo sin influir sobre nadie). Pero vivir sin mundo sería imposible (“el amor es en primer lugar el poder de la vida; pertenecemos a lo vivo porque estamos sometidos a este poder”).

No me resulta claro, sin embargo, por qué el amor que sigue existiendo destruye el mundo creado. Habíamos razonado sobre el significado de la aparición de una nueva persona, pero ahora parece haber algo más. Posiblemente, sea la inevitabilidad de la muerte, como también la trae a colación, pero no podría estar seguro. Es como un eterno lamento: la continuidad del amor va a conducir, de una u otra manera, a la ruptura de un mundo. Sin ese amor, tal mundo no existiría, pero no podríamos existir, a su vez, sin mundo. Entonces, habría que pensar el mundo ya no solo como relaciones (entre personas, de amor, o capturadas por el amor).

La obra trata sobre la relación que mantuvieron en el tiempo, de manera furtiva (estando el segundo en matrimonio), los filósofos Hannah Arendt y Martin Heidegger, que abarcó varias décadas de su vida y las rupturas físicas e ideológicas que sufrieron en un contexto de crecimiento del nacionalsocialismo en Alemania, la Segunda Guerra Mundial y la época de posguerra.

Nadie pierde y nadie gana, realmente. La vida es una sucesión de intensidades, sufrimientos y decisiones que debemos enfrentar de manera inevitable, impulsados por coyunturas que muchas veces presionan para dejar todo atrás y, quizás, no resolver nunca las encrucijadas que nos agobian. Se carga muchos recuerdos con uno mismo, muchas veces con dolor, pero también la vida presenta, después de las tormentas, e incluso entre escombros, algunas luces para poder mirar al futuro y hacer algo al respecto.

Magníficamente actuada por Camila Zavala y Javier Valdés, la versión puesta en escena incluyó intermedios donde se proyectó videos pregrabados con la participación de tres doctores docentes del Departamento de Humanidades de la PUCP: Salomón Lerner, Miguel Giusti y Adriana Añi. Como respondiendo a una entrevista (sin presencia de entrevistador en el audiovisual), propusieron una mirada analítica sobre Arendt y Heidegger, sus vidas y su relación, y sin juzgarlos, como señala el director de la obra en su reseña.

Hace unos meses, el 28 de junio, volvía a ver la obra, grabada de aquella temporada y relanzada por medio digital, en compañía de mi familia. Uno de los formatos en que se ha estado promoviendo en mi país el disfrute de obras teatrales para ser vistas desde casa en este año de pandemia. Ha sido, una vez más, magnífica.

Afiche obtenido de la página web del Centro Cultural PUCP.


Aparte del afiche, las imágenes (en escaneado o fotografía) pertenecen al folleto de la obra teatral.

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