Posicionamiento sobre un estado

El 11 de abril de 2021 serán las elecciones nacionales en Perú, con miras al nuevo periodo de gobierno que iniciará el 28 de julio, cuando Martín Vizcarra entregue la banda presidencial al ganador o ganadora del proceso. Esa persona será presidente o presidenta del Bicentenario, ya que, en dicha fecha, se celebrará los 200 años de la Independencia respecto de España de manera oficial (en la práctica, aún faltaría esperar unos tres años más).


Como ha sido habitual en mi país en las últimas elecciones, hay una proliferación de partidos políticos que tendrán un candidato o candidata a la presidencia. Antes, sin embargo, vendrán las elecciones internas de cada uno. Y, desde ya, empezaron los “jales”. Para explicarlo, la política peruana, cuando se acercan elecciones, se comporta como el periodo de fichajes en el fútbol, pero sin contratos monetarios de por medio (al menos, en el plano del requerimiento legal). Entonces, un político con cierta popularidad que puede no haber tenido nunca una relación con un partido es invitado a unirse (o él mismo lo solicita) a este para que pueda, de alguna manera, representarlo. Sobre todo, estos procesos se dan para que dicho político sea impulsado como candidato. De aquí que se conozca en Perú a los partidos políticos como “vientres de alquiler”. Es más, hasta se dice que “no hay partidos”, ya que la concepción que se maneja es que un partido, como tal, debería desarrollar un pensamiento determinado con miembros que se adscriben y aportan al mismo; asimismo, que, por medio de una argumentación alturada e informada, se defienda una posición específica, desde la cual surjan las propuestas del partido para el país. Esta posición, no obstante, puede ser dialogante con otras y hasta complementarse; pero, cuando no fuere el caso, estaría la disposición a dejar de lado diferencias y poder construir en conjunto. Tamaño ideal ya no existe, si alguna vez lo hizo.

Perú es una república de estado unitario. Es lo que hemos sido desde hace casi ya 200 años. La existencia de un estado, puede decirse, es lo normal en la actualidad en el mundo. Al menos, no he conocido sobre un país que se administre sin la figura de un estado, independientemente de la forma que este adopte y de sus buenas o malas prácticas. Puedo entender que es la manera en que se ha determinado que se puede alcanzar el mejor grado de orden y armonía entre las personas que habitan los distintos territorios existentes en el mundo. Por supuesto, dicho grado fluctúa en el tiempo para bien o para mal (las guerras mundiales son un claro ejemplo de un pésimo y deplorable grado de orden y armonía internacional).

Puedo entender, también, que la existencia del concepto de estado nacional no nació jugando a los dados. Es definitiva, habrase dado todo un “cargamento” intelectual, mediado por la experiencia, para idearlo y hacerlo evolucionar en el tiempo. Así como se bromea con que “la democracia funciona mal, pero es lo mejor que hay”, lo mismo podríamos decir sobre la idea de estado cuando hablamos de órdenes globales.

El año 2018, llevé un taller en mi universidad llamado Acercamiento al pensamiento de Marx. Me parece que se dictó solo en dos oportunidades y de allí nunca más. Levantó mucha mala vibra en redes sociales y la unidad académica que lo administró, interpreto, se vio en la necesidad de no continuarlo. En Perú, hay una relación compleja con el marxismo, ya que gran parte de la población lo asocia únicamente con el movimiento terrorista que devastó el país de 1980 al 2000. Más allá del pésimo y, sobre todo, errado uso conceptual que hizo el grupo terrorista principal del apellido Marx, en el mundo académico de las letras se sabe muy bien que el marxismo es una parte crucial en el desarrollo de la historia moderna, y una fuente metodológica muy potente para la crítica del capital y las estructuras de dominación en la sociedad.

En dicho taller, nuestro entusiasta profesor, marxista declarado, nos explicó que la consecuencia directa de la propuesta marxista es la evolución de la sociedad hasta el punto en que un estado, bienvenido en un principio, ya no sea necesario, ya que la población encontraría formas de interrelacionarse y organizarse para satisfacer sus necesidades de vida. Por mi parte, llegará el momento en que pueda estudiar más a Marx y entender mejor esta teoría. Sin embargo, de primera instancia, mi opinión es que tal concepción solo puede ser un ideal o, de ser posible, se encuentra en un estado del arte muy lejano y en un contexto de características que no creo que sea posible imaginar ahora. El ser humano es, y siempre será, muy complejo.

En este punto, es interesante notar que esta intrigante visión sobre la desaparición progresiva de la necesidad de un estado se contrapone, a mi parecer, al rechazo de un estado por ser considerado una imposición de Occidente por medio de la colonización y todo lo que acarreó. Entiendo que puede formarse —en realidad, ya lo hay— un amplio debate al respecto. Y acalorado, por cierto, así como muy tendiente a la polarización por parte de quienes piensan solo en términos de “bandos”. Sería, de plano, una discusión tan importante como para infantilizarla de esa manera.

Hasta donde sé, yo me había quedado en la inagotable disputa entre “gobierno de izquierda vs gobierno de derecha”, la cual se cruzaba con “gobierno nacionalista” y “gobierno centrista”, o incluso con el recalque de algunos de que no hay centro, sino “centro izquierda” o “centro derecha”. Todo esto, a nivel Perú. Y, ahora, también “me entero” de que hay una fuerte disputa en círculos que, al menos, no han sido tan visibles para mí: ni gobierno de izquierda y menos de derecha, sino sin un gobierno estatal.

En un mundo donde la intelectualidad y la academia se han desarrollado tanto a lo largo de los siglos, es lógico pensar que existe argumentación sólida desde distintos ángulos para un mismo tema. Sin embargo, pienso que nunca debemos perder el foco de los cambios de era ni de los contextos actuales, y permitirnos pensar también en los “¿qué hubiera pasado si?” de las cosas.

He venido leyendo Entre la emancipación y el colapso sistémico: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías de Raúl Zibechi. Como señala la reseña, el autor es un periodista y militante social uruguayo que colabora con organizaciones sociales, barriales y medios de comunicación alternativos. Ha ganado en 2003 el Premio José Martí de Periodismo (Cuba) y, en 2017, nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia). El libro está divido en tres secciones: A. El momento histórico: entre la emancipación y el colapso sistémico. B. Sociedades “otras” en movimiento. C. Mirando hacia delante: descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías. He querido, habiendo terminado la A y antes de pasar a la lectura de la B, escribir las perspectivas que estoy compartiendo en esta entrada.

Siendo sincero, me genera una preocupación. No obstante, es una preocupación sana, académica y, por supuesto, política. Es un ángulo muy importante para debatir (y rebatir), aunque no sea parte del debate predominante en el devenir de los países ex colonias. Ello, sin duda, no le quita validez. Soy un ferviente suscriptor de la idea de que una opinión mayoritaria no necesariamente es la acertada o la mejor posicionada (ejemplos: electores de Trump, electores de Bolsonaro, electores Alberto Fujimori —y su hija—, y un gran etcétera). Sin embargo, puedo imaginar que la propuesta de un vacío de estado es una que se ha discutido por, al menos, un par de siglos.

El consenso me parece visible desde cualquier lugar del que se mire en el planeta. A nivel personal, observo como un absurdo el creer que seguimos psicológicamente colonizados y que debemos retornar a una etapa anterior de las cosas, o una etapa de aquello que podría haber sido si no se daba una colonización, o algún símil de ello. Por lo leído hasta ahora, Zibechi defiende con el corazón el modelo zapatista, al cual hace múltiples referencias: la auto organización de las poblaciones bajo la dirección de asambleas integradas por miembros rotativos desde ellas mismas, con el fin de evitar las “tentaciones” del poder, uno de los principales debilitadores de los gobiernos, sean de izquierda o de derecha.

¿Cuál sería la proyección de un modelo así a nivel mundial? O, mejor dicho, ¿cuál habría sido esa proyección en el tiempo hasta hoy? Es muy diferente decir “que se cambie todo a partir de este punto” a “¿qué hubiera pasado si no se daba la colonización cuando se dio?”. Abismalmente diferente, ya que existe a estas alturas un estado del arte del pensamiento. Asimismo, si no llegaba la colonización española, podría haber llegado una desde algún otro lugar del mundo. O viceversa: que los imperios en lo que conocemos ahora como América se hubieran expandido en busca de mayor colonización. Si una colonización en América era inevitable, podrá discutirse mil y más formas en que podría haberse llevado a cabo, considerando que algún tipo de imposición iba, inevitablemente, a darse, pero eso será cuestión de otros espacios y por medio de especialistas en un ambiente interdisciplinar, que lleguen a poner la mayor cantidad de factores de análisis sobre la mesa.

Ahora, como lo veo, el debate académico debe enfocarse en proveer los marcos conceptuales más elaborados para la mejora continua de las propuestas de política pública de los gobiernos, y la justicia debe mantener su limpieza y fortalecimiento progresivos para el máximo bienestar de la ciudadanía. Argumentar que hay una especie de hipocresía en los gobiernos de izquierda porque, en el fondo, tienen a lo mismo que los gobiernos de derecha —el lado político “no deseado”—, en lugar de centrarse en el “pueblo” que pregona defender, es una mirada sumamente cínica de la cuestión. Más allá de las intenciones de cada gobierno, que en realidad son las intenciones de las personas que lo componen, hay un muy pobre balance de las múltiples experiencias políticas y económicas acontecidas en cada país por parte de Zibechi. Sí, ha habido casos de represión, ha habido corrupción, ha habido pobreza extrema, y más. Pero, ¿eso es símbolo consecuente del periodo de colonización? O, al menos, ¿lo es siempre y en todos sus extremos? ¿Y qué hay de las personas que obran de manera distinta? Siendo ellas también, supuestamente, un reflejo de la colonización, ¿son a su vez no-colonizadas? ¿No arrastraría ello una contradicción inherente? En un mundo sin estados nacionales, ¿no hubiera existido nunca ningún conflicto y las comunidades hubieran convivido siempre en paz? ¿A nadie se le hubiera ocurrido ir un poco más allá territorialmente (como evidentemente ha sucedido en la historia de la humanidad)? ¿Por qué el Ejército Zapatista de Liberación Nacional decidió la denominación de Ejército? ¿Todas las poblaciones del mundo (y todas las personas que las conforman) han sido pacifistas y armónicas desde tiempos inmemoriales?

Abogo por un mundo donde podamos construir vida de manera conjunta, con respeto, libertad de pensamiento, solidaridad, iniciativa, creatividad y responsabilidad. En general, las poblaciones del mundo hubieran podido tener muchas formas de evolución a lo largo de los siglos, pero las que finalmente se dieron son sobre las que nos encontramos en constante proceso de conocimiento, ya que el aprendizaje nunca es estático. Puedo pensar, y no necesito analizarlo mucho, que el acto de gobernar un país es una de las tareas más difíciles que pueden existir. Dirigir un estado nacional, con la maquinaria incansable de decisiones que implica, desde las más altas esferas hasta las más operativas, y la retroalimentación que va en viceversa, sin perder de vista los impactos que generan los resultados logrados en la población, debe ser de una complejidad extraordinaria. Los valores de cada quien, siempre dinámicos, deben ser los correctos en todo momento, aunque sea una realidad que no puede asegurarse. Incluso, a pesar de dichos valores, se falla también por falta de capacidad operativa o de gestión y por negligencia.

Pienso, y defenderé, la existencia de un estado nacional por encima de la idea de que las poblaciones deban dejarse a la intemperie y a su libre albedrío. Si alguna vez un esquema así fue positivo para el mundo, a buena hora; pero, me parece claro que ya no lo sería en nuestra actualidad —ni tampoco lo hubiera sido desde hace mucho tiempo—. Un ejemplo en el que rápidamente puedo pensar es que, en un mundo sin estados, en definitiva, muchos países sí habrían formado uno. ¿Qué tanta más destructiva podría haber sido la Alemania nazi sin otros gobiernos organizados que le hagan frente? Es muy diferente que un conjunto humano pueda organizarse, defenderse y subsistir, a que exista una organización mayor, bajo la figura de un estado como lo conocemos, que pueda realizar una administración para el desarrollo y la defensa de la población que habita un determinado territorio (de, por cierto, bastante amplias dimensiones).

Es más, bajo la certeza de que el estado de una nación existe para su favor, el debate central debe seguirse centrando, y perfeccionándose, en las mejores formas de gobierno que puedan construirse. En ese sentido, el estado da pie a un tipo de organización que prevalece en el mundo por ser el resultado de siglos de experiencia y que ha tenido “muy bajas” y “muy altas”, pero que se ha cimentado como el camino a seguir, independientemente del grado de elaboración que pueda necesitar entre los países que existen y existirán. De la misma manera, la democracia deberá defenderse siempre frente a formas opresivas de gobierno. Ojalá, aquellas experiencias “muy bajas” no se hubieran dado, y así haber evitado el sufrimiento acarreado para millones de personas a lo largo de la historia. Es decir, si un estado del arte distinto iba a predominar, ojalá su proceso se hubiera llevado a cabo siempre por caminos constructivos (tomando en cuenta la perspectiva imaginada de un vasto equilibrio de factores de análisis conocidos y por conocer en cualquier época respecto de la consiguiente evolución futura). No obstante, hemos llegado hasta este punto y, desde una mente no colonizada, reafirmo mi decisión (y sé que no estoy solo en ello) de defender la existencia de un estado para las naciones. Es el inicio del camino. Y, en intrínseca relación, la democracia, que deberá estar en las bases de su propósito.

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