Paso por el Festival Internacional de Teatro Temporada Alta 2018 y comentarios

La primera vez que escuché sobre el Festival Internacional de Teatro Temporada Alta fue a principios del año 2018. En aquel tiempo, en Lima ya se iba a llevar a cabo la tercera edición, y no era la única ciudad sudamericana en que estaba teniendo una continuidad. Es más, históricamente, como señala la edición de la revista Folk de febrero de aquel año, el festival tuvo su inicio en 1992 en Girona, Cataluña, una amplia trayectoria. El Lima, el 2020 se ejecutó la quinta edición; no obstante, temo que no habrá una continuidad en 2021, a menos que se coloque más adelante en el año, teniendo en cuenta el estado en que se encuentre la salud del país y del mundo.


No obstante, remontándome una vez más a principios de 2018, del 8 al 25 de febrero el mencionado festival tuvo lugar. Al tratarse de la Alianza Francesa como la principal institución implicada en la organización, intuía que podía no tratarse de un teatro tendiente a una índole clásica, sino, para apoyarme en palabras que escuché una vez a Vania Accinelli en referencia a una obra llamada Oda a la Luna, más “no naturalista”. O, pensando en términos generales, un teatro basado en elementos creativos que no suelen ser de la línea mayoritaria de la cartelera (al menos, en Perú). El título, además, causaba intriga: “Temporada Alta”. ¿Cuál sería la relación entre este y las obras? Al momento, no la he hallado, pero me atrae experimentar con la novedad.

En aquella oportunidad, adquirí entrada para cuatro obras, de las cuales finalmente asistí a tres: Pluja (española), Psicosis de las 4:48 (española) y Ese recuerdo ya nadie te lo puede quitar (mexicana). Two playful pink (israelí) fue a la que finalmente no asistí, y no por alguna cuestión personal. De las tres primeras, compartiré un breve comentario a continuación.


Pluja (Lluvia)

Al interior de la sala, las ubicaciones habían sido dispuestas de manera que, parcialmente, rodeaban a los intérpretes. Desde el ingreso, el ambiente se prestaba a ser acogedor y, sin duda, la obra condujo a ello. Fue la primera vez que veía una puesta en escena tan experimental. Había presenciado otras con diálogos bastante intrincados e interacciones fuera de lo común, pero esta vez se trataba de un conjunto distinto de recursos teatrales y actorales.

Ella, la de la música. Él, el del teatro visual. Ambos, juntos, tanto en su desarrollo individual como en su mutualidad. Las personas de la vida real se convirtieron en personajes y nos mostraron una bellísima historia donde el soporte emocional, el ofrecer el hombro, el dar una mano, el mostrar ese afecto tan necesario son la contrapartida al verse abrumado por el propio miedo, cuando se siente que el mundo es devorador de luz; al verse acorralado por realidades a las que se hace difícil mirar a los ojos. Es el hacer sentir el “no estás solo”, “no estás sola”, incluso sin palabras, en una relación humana, en especial una de pareja, y que tiene tanta fuerza. Hay una fortaleza que surge de la unión, a partir de la cual uno o una se vuelve a poner de pie luego de haber tropezado y vivir el desánimo. Es una de las mejores sonrisas que puedes entregar o recibir.

A la salida, Guillem y Clara se colocaron a un lado de las gradas para agradecer a las personas que iban saliendo ordenadamente. Se formó una fila en donde cada quien saludaba personalmente a los intérpretes, quienes mostraron una amabilidad y cortesía absolutas. Me sentí tocado durante pasajes de la presentación. Fue una muy buena experiencia. Hay situaciones que a veces anhelas vivir y solo el arte teatral te lo puede entregar por un momento, como una especie de realidad diseñada que los sentidos captan y disfrutan, suavizando la aflicción.

Cabe agregar que, mientras hacía fila para la sala (en el ICPNA) antes del inicio, vi pasar a Fiorella Pennano, una actriz cuyo trabajo admiro. Junto con Norma Martínez —actriz de renombre en mi país—, dirige Animalien, una productora de teatro que era parte de la organización del festival. Desde aquí, felicito su gran trabajo.


Psicosis de las 4:48

En el escenario solo está ella. Ha estado allí mientras hemos estado pasando a nuestros asientos. Quizás nos mira, o quizás no, o tan solo pone la mirada en el viento, como perdida. Pero tal vez sea solo la mirada, y no su pensamiento. Cuando ya inicia la realidad que se desenvuelve frente a nuestros ojos, del entusiasmo, un alguien que está al frente hace un comentario, como dirigido a la actriz, o su personaje, como si ello fuese permitido en la dinámica de la función, pero luego cae en la cuenta del silencio que lo rodea y halla finalmente su ubicación —social— en el recinto. Una interrupción innecesaria.

Dejándolo ignorado, continúa su monólogo, acompañada del sombrío ambiente que la rodea. No es una opacidad completa, pero los espacios de mayor luz no alcanzan a ser una salida. Ella está en depresión, una profunda. El transcurso de los minutos se hace durísimo. Ella nos muestra su paso por ese camino de espinas del cual intenta salir. El tratamiento, la interacción dificultosa con su psiquiatra, sus pensamientos punzantes, su desnudez sin parches, su ser entero. Frente a nosotros, se muestra como es en el momento que narra. Retorna a sus prendas, la historia nunca se detiene.

La puesta más cruda sobre la depresión. Las 4:48 es un punto potencialmente trágico. Adelante, ella ha podido acallar un poco su ser interno. Las púas ya no hincan tanto. Ha visto oscuridad, y quizás esta la acompañe siempre. No hay una conclusión, sino un seguir andando. Ahora respira un poco mejor. ¿Quiénes seríamos nosotros para criticarla? Tan solo espectadores bajo una mirada que, al inicio de la obra, nos transfigura solo en asientos vacíos.


Ese recuerdo ya nadie te lo puede quitar

Lo siento, pero me asqueó. Un grupo de amigos, o quizá solo compañeros, se reúnen para practicar sus líneas y/o propuestas teatrales en forma de monólogos. Uno interpreta y los demás observan. O escuchan. O tan solo esperan a que se calle para que siga el siguiente.

No sé por qué pensé en “amigos”, cuando lo único que finalmente se observa es a una sarta de hipócritas, egoístas y egocéntricos que se desprecian, sin admitirlo —bajo una falsa fachada de diplomacia—, los unos a los otros. Su calaña de comportamiento lo hacen notar en sus discusiones, que surgen por engreimientos y hartazgos que agotan al espectador. A cada quien solo le interesa su propio asunto: el resto que se joda.

Y va corriendo el alcohol, y la noche se vuelve un verdadero desmadre. Una versión en miniatura de Sodoma y Gomorra, donde las características humanas observadas se hacen aborrecibles. A la mañana siguiente, tan solo les queda retirarse a su propia cotidianeidad del día a día y cargar con ese micropasado que no se admitirán ni a sí mismos, pero que no impedirá que vuelvan a juntarse la siguiente tarde para seguir ensayando. Dejan la sala con sus mochilas al hombro y no vuelven a ingresar, ni aunque la audiencia ya hubiese empezado a aplaudir.

Alguien me dirá que hay una situación de mucho interés para el (psico)análisis, pero poco importa. Los intérpretes dirán que lograron su cometido —quizás el de repugnar—, una posición respetable. Más allá de ello, yo solo vi un disfuerzo innecesario.



Y así acabó el festival de aquel año para mí. No solo me causó esta última obra desmotivación para continuar, sino que me encontré con una necesidad de descanso, razones por las cuales ya no asistí a la cuarta función para la que tenía entrada.

Esta fue la experiencia que comparto sobre el Temporada Alta del 2018. Interesante, definitivamente, pero no sentí que me haya satisfecho del todo. Aun así, los dos años siguientes también visitaría el teatro y generaría nuevas vivencias, las cuales estaré contando cuando llegue el momento.

Por ahora, hasta pronto.



Las imágenes fueron escaneadas de la revista Folk de febrero de 2018 y del afiche informativo de Pluja.

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