Una mirada a un pasado no tan lejano

Ha pasado, al menos, ocho años (o poco más de) desde el día que decidí que no esperaría a nadie para empezar a hacer (o, más era un “volver a hacer”) una actividad que había quedado muy atrás en mi vida, cuando todo surgió en las montañas de Huánuco.


Cuando terminó el primer semestre del año 2008, mi práctica de fútbol decayó drásticamente, por motivos que en otra historia contaré. Si bien en el tiempo que siguió lo practiqué de manera esporádica, básicamente puedo decir que me quedé sin deporte principal. Pero me siento satisfecho por todo el tiempo que dediqué a jugarlo. Aquel deporte me acompañó desde niño, pero llegó el punto en que dejó de ser una pasión real para mí.

Fue un periodo de transición. De años. De mediados de 2008 a fines de 2011, me titulé de ingeniero, me hice magíster, hice mis primeros viajes al extranjero, aprobé tres exámenes internacionales de inglés (en escala creciente de dificultad), fui a incontables conciertos de mi música favorita, y empecé mi amor por las obras teatrales. Asimismo, aunque al estar terminando el periodo señalado no me sentía (ni estaba) aún encaminado respecto de lo que quería hacer en mi vida, sí superé diversos obstáculos que se me fueron presentando. Hacia fines de 2011, había llegado a desear, fuertemente, agregar dos elementos fundamentales a mi vida: el primero, empezar a formarme académicamente en disciplinas ajenas a mi profesión para alcanzar una verdadera integralidad en el saber, y el segundo, iniciar un nuevo deporte.

Y sabía cuál quería. Más que un deporte con nombre oficial a nivel mundial, es una actividad de índole deportiva. Se trataba de la caminata de aventura a campo abierto fuera de la ciudad, que derivó en mí en la caminata de montaña y, más adelante, en el ascenso a cumbres de montaña. Pero, volviendo a lo anterior, lo que deseaba era salir de la ciudad y construir una nueva fortaleza yendo hacia las montañas, una palabra que resonaba en mi mente continuamente. Por un tiempo, había intentado animar a personas cercanas a sumarse a la iniciativa. Es más, desde el 2010, había empezado a intentar animar a mis dos mejores amigos de la maestría a dejar la monotonía de nuestro estudio y salir y conocer lugares. Fue así que asistimos a algunos conciertos, conocimos el Cementerio Presbítero Maestro, visitamos el Parque de las Leyendas y, con uno de ellos, visité Caral por primera vez. Pero el ánimo no se sostuvo ni la disponibilidad se mantuvo, y, por otro lado, mi hermano y hermana tampoco pudieron sumarse a la iniciativa en su momento.

Llegué a sentir cierta frustración, ya que percibía a mi entorno como una atadura que me impedía ir y hacer lo que deseaba. Sin embargo, muy en el fondo sabía que no era así. En realidad, era un pensamiento absurdo, y lo pude interiorizar. Pude realmente visualizar que, si deseaba alcanzar algo, debía ponerme de pie y avanzar hacia ello. Hacer lo que deseaba empezó a depender exclusivamente de mí, y fue así que el 2012 decidí dejar esa mochila pesada atrás y empezar a poner en práctica una nueva forma de iniciativa personal: ahora me movería solo y, así, descubriría un nuevo mundo. Y, en el camino, encontré personas con quienes compartirlo. Lo hablado, por cierto, no es una crítica, pero sí el relato de cómo pasé de un punto a otro en mi percepción. Las personas no tienen que gustar de lo mismo ni sentirse motivadas por lo mismo. Es más, si decides andar un camino, es muy probable que halles allí a personas que también lo estén siguiendo, y así se generan nuevas redes.

Fue de esta manera que busqué a qué sumarme y ubiqué una página de Facebook llamada Club de Mochileros Perú, dirigido por un escalador excepcional llamado Edward Saona. En la actualidad, en Lima, es común encontrar una multitud de páginas de agrupaciones organizadas (o con cierto nivel de organización), cada una dirigida y/o administrada por una o un pequeño grupo de personas, las cuales lanzan convocatorias para ir diversos lugares del departamento de Lima (sobre todo, en la sierra de la provincia de Huarochirí) o la Cordillera Central, en zonas en o alrededor de la frontera entre los departamentos de Lima y Junín, con el fin de practicar la caminata de montaña o el ascenso a cumbres. A veces, también se programa viajes a otros departamentos del Perú y, también, al extranjero. Este movimiento existe paralelamente a las agencias para viajes y/o visitas turísticas urbanas o de aventura, o de montaña y alta montaña.

El mecanismo es sencillo: en cada convocatoria —por eventos en Facebook—, se coloca la información de la salida según el nivel de detalle que el organizador desee mostrar. Es común encontrar allí un punto de encuentro, un itinerario, qué llevar (vestimenta, alimentación), el costo de participación y lo que incluye (usualmente, transporte contratado, de ser el caso, y guiado), la forma de pago (depósito en cuenta), y los datos de contacto del organizador. No existe costos estandarizados y su variación puede ser grande. Asimismo, el trato que se da a quienes serían los “clientes” es diferenciado entre grupos. (Por cierto, el término “club”, “red” u otro de similar índole en el nombre de un grupo no habla necesariamente de tipos específicos de administración; es más acertado pensar que solo se trata de palabras que aparecen en el nombre.)

Cada grupo va generando una base de clientes que se sienten a gusto con el servicio y participan más de una vez, lo que promueve la formación de amistades y la adopción de un mayor rango en la organización. Ello conduce a la ampliación del grupo y la propuesta de proyectos más grandes. Asimismo, dentro del entorno de amistad, empiezan a surgir reuniones del grupo en el ámbito urbano con fines de coordinación y/o entretenimiento. Entonces, los grupos pasan a tener tres capas: quienes dirigen, los participantes cercanos o de confianza, y los participantes nuevos y que empiezan a ser frecuentes. Hay un dinamismo muy interesante en este aspecto, ya que no solo cada grupo quiere hacerse cada vez más grande, sino que se crea rivalidades con otros grupos.

Así funciona este mercado, si se le puede llamar así, en Lima en la actualidad. No obstante, allá por inicios del 2012, el número de grupos existente era bastante reducido. Y yo hallé al Club de Mochileros Perú, que me dio confianza por la manera cómo manejaba, en su página de Facebook, la información suministrada, y por el contar con su propia página web, donde, para participar en un evento, había que llenar y enviar un formulario. Entonces, lo primero que encontré para dicho año fue una visita al distrito de La Molina, en la urbanización Las Viñas, rodeada de cerros desde donde se puede ver la ciudad y un increíble atardecer, y en donde se puede hacer hiking, trail running y, cómo no, practicar la escalada en roca, un deporte que no había “tocado” en vida.

Y, justamente, a ello íbamos.

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