Inesperado, innecesario

Ingreso al salón y espero su llegada. Las primeras sesiones de los programas de estudio que inicio suelo llegar temprano, casi un cien por ciento. Hay un entusiasmo de por medio: la jornada de aprendizaje en que me voy a sumergir por las próximas semanas es siempre motivadora. Y, sin excepción, ahora también lo resultaba para mí.

Sigo esperando la llegada, me sorprende la tardanza. Deben ser los clásicos 10 minutos del inicio, aunque suelo vivirlos con el/la docente ya en el aula. Cuando he leído noticias, he notado claramente la diferencia de estilos en el abordaje: o bien te comunican qué ha venido pasando a través de informaciones recabadas e interconectadas en una determinada manera, o bien te cuentan una historia (real) sobre lo acontecido, con una mayor presencia de la experiencia de quien escribe, o de su percepción, y una posible apelación a distintas sensaciones en el lector.

Ambas formas de escribir mantienen un propósito en el periodismo y se aplican según el tipo de nota que se vaya a realizar. No tienen por qué estar en competencia, ni la primera debe sucumbir frente a la segunda, como podría pensar Martín Caparrós, cronista destacado argentino y trotamundos. Sin embargo, si bien disfruto ambas, hay un plus en la segunda forma: aquella experiencia podría ser tuya también. Por mi parte, mi madre tuvo una influencia primordial en mi estilo/manera de escribir (espero no haber decepcionado su enseñanza). No obstante, el aprendizaje es continuo: lo que uno estudia, lo que uno lee, lo que uno escucha e incluso lo que uno mismo escribe, es fuente de aprendizaje para el propio escribir.

Habiendo dicho esto, una de mis lecturas favoritas de la semana es el suplemento Domingo del diario La República. La selección de temas se relaciona mayormente con mi interés, hay entrevistas muy buenas y en amplitud, los reportajes saben transmitir la experiencia al lector, y tiene columnas inevitablemente relevantes, como la de nuestro nobel de literatura Mario Vargas Llosa (criticado recientemente por la tontería que escribió sobre China en su última Piedra de Toque) y también la de Joseph Stiglitz (premio nobel conmemorativo de economía), cuyos escritos han venido apareciendo, cada cierto tiempo, en los últimos tiempos, en dicho semanario.

El disfrute de esta lectura me ha llevado a desear seguir formándome en el arte de expresar lo que decido contar en este blog, al menos. Algún día leí una columna de Juan Manuel Robles en el semanario Hildebrandt en sus trece (César Hildebrandt es un periodista histórico del ámbito peruano, odiado por muchos, pero mayoritariamente respetado; en mi opinión, tiene unas de cal y otras de arena), donde presentaba a la crónica como estilo añorado de redacción que se está perdiendo. Juan Manuel es cronista, fue periodista, y ha publicado libros. Asimismo, al menos, dicta un taller de crónicas para el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Es a él a quien espero, sentado por ahora en mi silla, solo en una carpeta para dos que tiene un falso cajón abierto para colocar objetos (sí, mi mochila cayó). El salón está especialmente frío, el aire acondicionado a tope. Los veranos son bastante calurosos en Lima, que no siempre es gris. Su cielo se hace de un celeste magnífico en los primeros meses del año; no obstante, su humedad hace al calor insoportable, ya que provoca una sensación térmica “húmeda” incompensable. Solo el aire acondicionado nos puede salvar, aunque ahora se percibe algo excesivo. Las sesiones siguientes sería igual.

No mucho antes de terminar el año anterior, salió la programación de talleres para verano, así que decidí entrar: podía costearlo y tenía el tiempo. Es más, con este taller, iba a abrir mi ciclo personalizado de estudios para el año. Y aquí estoy, esperando la llegada de Juan Manuel, quien finalmente ingresa con un estilo que se haría común para mi vista: Coca Cola en mano, jeans azules, camiseta negra sin ninguna seña, barba perenne, el pelo sobre el rostro dejando poca frente, y un aire siempre sombrío, filosóficamente sombrío.

Ciertos escritores despiertan admiración. Una de nuestras ministras dijo una vez que Perú es un país de violadores. Yo diría que también de escritores. Mario Vargas Llosa debe habernos dejado la etiqueta para siempre. Y Juan Manuel no es ajeno a esta admiración. El escritor con aura de misterio, que camina de un lado a otro tratando de encontrar la mejor manera de expresar alguna interpretación, intencionadamente desaliñado, que ha publicado libros de crónicas con buena crítica y que escribe para un diario de izquierda directa pero no recalcitrante, que solo habla cuando es necesario y no busca llamar la atención, aunque termina haciéndolo por su propio talento.

En definitiva, Juan Manuel es alguien que ya se hizo un lugar en lo suyo y me entusiasmaba que iba a recibir la enseñanza de la crónica directamente de él. Es más, lo primero que hizo fue hacer que cada uno de nosotros se presentase, y yo le mencioné el artículo en Hildebrandt… y mi interés de seguir aprendiendo para mi blog y, posiblemente, cuentos infantiles, una idea que me había propuesto mi pareja (cuando aún lo éramos). Cabe mencionar que el aula no tenía solo neófitos como yo, sino otros personajes del medio, incluyendo editores y hasta otro escritor. Uno de los primeros “osó” criticar, supuestamente de buena onda, la idea de los libros infantiles, pero el buen Juan Manuel, de manera muy tranquila, lo bajó a la tierra. Por mi parte, hay cuestiones que, simplemente, ya no suscitan en mí la necesidad de una respuesta. Cada quien seguirá su propio camino al final.

Aquella primera sesión intenté ser bastante participativo y, sin duda, me hice escuchar. Soy muy diferente de quien fui hasta hace unos cinco años aproximadamente, cuando de sesiones de clase se trata. No obstante, de la segunda sesión en adelante, la historia fue otra. Recuerdo que, aún durante la primera, el docente nos contó que, de la experiencia de sus talleres en el CCPUCP, a partir de la quinta sesión, los estudiantes empiezan a perder el interés y a no venir. Sinceramente, no necesité de las ocho sesiones para descubrir el porqué, un motivo que parece eludir al propio Juan Manuel.

Volviendo a la segunda sesión, sentí una serie de extrañezas que no habían existido en la previa. Ahora, empezaba a hacerse clara a la vista una realidad que, si bien se edifica sobre mi percepción, justamente por ello terminó siendo ampliamente decepcionante. No me voy a engañar a mí mismo. Esta realidad, en mi mente, se reafirmó aún más durante la tercera sesión. Resulta, en pocas palabras, que los privilegios ya se habían marcado desde la primera: había quienes no necesitaban alzar la mano para hablar, y había quienes alzaban la mano y su turno quedaba a la espera… de perderse en el tiempo, y había quienes aportaban, pero no recibían una devolución (o, si lo hacían, era tan insustancial como un “gracias por participar”).

Por supuesto, lo viví y pude irme dando cuenta de lo que estaba pasando. La tercera sesión me mantuve en silencio, contrariado, ya que, en una clase de temática así, mi personalidad suele ser diferente; sin embargo, tampoco iba a realizar algún aporte para que sea escuchado por caridad. La cuarta sesión intenté estar con un ánimo distinto y pude realizar algunas intervenciones, pero me retiré una hora antes de finalizar, ya que tenía otra actividad. No obstante, se hizo común en el salón saber quiénes eran las personas que opinarían casi siempre, mientras el grueso estudiantil solo pasaba el rato en curioso y quizás indeseado silencio. Entendí que mi percepción no era única. Te das cuenta de la realidad cuando uno de los estudiantes “extranjeros”, como preámbulo a su opinión en un determinado tema, necesita decir que él “no opina como editor, sino como ciudadano de a pie”. Si eso no despierta las alarmas en un docente, entonces queda confirmado que el nivel de elitismo en ese taller fue atroz.

En la sesión final, también me retiré una hora antes. Es más, antes de ello, incluso había dejado el aula para ir a comer a la cafetería. Debo admitir que me daba temor que se diera a leer en clase la propuesta de crónica que había escrito, uno de mis peores textos escritos hasta el momento, y que he publicado aquí. El taller no era evaluado, pero sí teníamos una tarea que, de manera opcional, podíamos cumplir: escribir un texto al que se podría dar la etiqueta de crónica y enviarla al profesor, quien haría una selección de cuáles analizar en clase. Es decir, tal vez podíamos tener la “suerte” de ser escogidos para recibir la opinión del docente y, además, ser nutridos por la mirada ilustrada de los compañeros que quisieran decir algo.

Sinceramente, escribí por gusto, sin ninguna motivación real, excepto por evitar la potencialidad de sentirme débil anímicamente luego, al haber estado en un taller de crónicas (y con Juan Manuel Robles) y no haber escrito una crónica para el taller. En sí, en un principio, me motivé por la tarea y quise escribir una gran historia sobre el viaje que hice a Huascarán el 2018, pero rápidamente determiné que un escrito así no valía la pena en este contexto, un taller académicamente clasista y lleno de una silenciosa complicidad entre una élite delimitada. Así que decidí escribir una crónica sobre la experiencia de escribir una crónica para el taller de crónica. Qué idiotez.

La envié la tarde antes de la séptima sesión. La sexta sesión, el profesor ya había dado a leer el trabajo de uno de los “opinadores” del salón, y sin duda le dieron con palo y a rabiar (quizás, no era una hermandad la que existía, sino un individualismo exacerbado). Esa experiencia también se repitió la sesión siete con otros trabajos. Al parecer, sacar una crónica a la pantalla era como lanzar carroña a un corral de hienas hambrientas e insaciables. Y no es que la crítica, como concepto, sea mala de por sí, sino que esta crítica particularmente rayaba en lo absurdo, una demostración más del esnobismo imperante.

Aparentemente, no existe línea alguna que tenga capacidad de ser buena si la ha escrito un estudiante del taller. Aunque, para no exagerar, y sin intención de generalizar, diré mejor que no hay crónica, escrita por estudiante, que no le haga algún tipo de lío mental a la cabeza de algún presente, sea por un motivo u otro, y que no tenga que ver con exquisiteces ridículas del tipo de gente que trae consigo una fragilidad emocional muy grande. A veces, hasta parecía que el propio Juan Manuel debía fungir como defensor de la crónica que él mismo seleccionó y mostró, cuyo autor, por regla, debía mantenerse callado durante la revisión.

Y la anécdota que guardo es el modo del aporte que hizo, justamente, el “ciudadano de a pie”, que, recordemos, no era de los “opinadores”. Sin embargo, se dirigió al texto de uno de estos, y le echó toda la tierra que pudo, y con rabia —no pude evitar sonreír—. Una rabia contenida por tener que soportar un taller plagado de figuritas de papel que se sintieron cobijadas por un profesor que se olvidó que hacía de docente de una de las universidades más prestigiosas del país.

Nunca llegaré a saber si mi crónica se leyó aquella octava sesión. Fue un error no solo enviarla, sino también haber gastado el tiempo en escribirla. Cuando la puse sobre papel, sabía ya qué le había pasado al primer “presentador”. Escribirla me costó, ya que sentía que cada línea conducía a la destrucción, sin importar qué tantas veces la replanteara. Fue frustrante, pero a la vez sentía que tenía que hacerlo. El resultado: un bodrio forzado en donde me lamento de mi falta de capacidad para escribir crónicas según las enseñanzas del taller y que termina sonando como una especie de parodia del mismo. Al menos, puedo resaltar su gramática, la cual considero correcta y variada.

Todo el asunto es, finalmente, un vacío. No puedes escribir pensando en satisfacer un ego, ya que lo “deseado” puede ser completamente indefinido y hasta cambiante. Como debes escribir no es de otra manera que sintiéndote satisfecho con el tema elegido y la forma como lo estás desarrollando. Es allí donde más incrementas la posibilidad de crear un texto que provoque satisfacción en el lector. Al final, se trata de tu propia originalidad: no tendría sentido escribir según los gustos de alguien, un fantasma. En un plano ideal, quien te escoge para leer es porque, o bien quiere conocer y disfrutar del tema que has seleccionado para tratar, o más que eso, el cómo es tu manera de tratarlo y lo que tienes para decir. Lo demás son egos descartables.

Espero tenga la oportunidad de llevar un mejor taller de crónicas a futuro.

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