La propaganda de Zibechi. Décimo sexto comentario

‘Es en este sentido que Rivera [1987] defiende la historia oral como ejercicio de desalienación colectiva que consigue superar las metodologías que conceden al investigador la orientación y los modos de participación de los investigados. Llegamos entonces a una situación en la que ya no hay quien investiga y quien es investigado, sino un sector social que se investiga a sí mismo para comprenderse mejor, con el único objeto de convertirse en sujeto de su propia descolonización.
Es por eso que nos desafía al señalar que el develar lo que se conoce del “otro” equivale a una traición. Inspirada en un relato de Jorge Luis Borges (“El Etnógrafo”), sostiene que es mejor optar por el silencio como forma de mantener el compromiso ético con el grupo social estudiado. Lo que vemos es una profunda y compartible rebeldía frente a un discurso de la descolonización “sin una práctica descolonizadora”, que Rivera achaca a los académicos e intelectuales defensores de los “estudios postcoloniales” (Rivera, 2010)’ (p. 424).

Zibechi, Raúl (2018). Entre la emancipación y el colapso sistémico: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías. Lima: Colectivo Tejiendo Saberes.


Zibechi parece estar confundido con el acto de hacer investigación. Al menos, buena investigación. En principio, las metodologías orientan al investigador en el proceso investigativo. Ello implica la participación de otras personas y la consideración del contexto en que se enmarcan sus vidas y desarrollo. Asimismo, un componente fundamental e irremplazable de una metodología de investigación es el ético. Todo estudio con personas implica la obligación en quien investiga de darse a conocer y explicar el porqué de su presencia. De la misma forma, comunicar el propósito de la investigación que pretende realizar, la fuente y/o posible fuente de publicación de los resultados, la manera propuesta para la obtención de datos o información de interés y cómo será su tratamiento. Finalmente, la solicitud de consentimiento para proceder. En otras palabras, mantener la transparencia y el respeto. En todo momento, las personas que participan en el estudio pueden decidir ya no hacerlo y revocar el consentimiento. Esta decisión abarca, también, qué puede incluir el investigador en su investigación y qué no (y hay aspectos que el propio investigador, sin que se lo soliciten, puede decidir no incluir). Este funcionamiento hace que se caigan las acusaciones de Zibechi (una vez más).

Y sobre esta base continuaré con los otros aspectos que deseo comentar. Primero, ubicando a la historia oral como metodología, no tiene por qué superar o no a otras metodologías: no se trata de que unas superen a otras, sino de que una investigación tiene un propósito y el investigador selecciona la metodología que considera mejor para su pregunta de investigación.

Segundo, conozco la disyuntiva entre “el investigador” y “el investigado” (un término que preferiría evitar, ya que suena a una cuestión de criminalística). Sé que hay una oposición, y la comparto, a la mirada en que las personas que participan en una investigación sean “objetos de estudio”. Sin embargo, habría que diferenciar el enfoque. Si bien ser considerado objeto de estudio no es la mejor denominación que se le puede dar a un participante, como categoría interpretativa, desde el momento en que aceptamos participar en una investigación, nos convertimos en fuentes de información. Esta conversión, en modo alguno, nos hace menos personas, ya que somos nosotros quienes damos el consentimiento, y no dejamos de ser sujetos. En cambio, fuera de la categoría interpretativa, cabe recalcar la crítica de un sector de la Academia, con la cual concuerdo también, sobre la ocasión en que un investigador trate a las personas que participan en su investigación como “objetos”, es decir, como mecanismos inertes que pueden emplearse para favorecerla. Felizmente, esta crítica está bastante difundida y forma parte del componente ético.

Ahora, bajo el compromiso del investigador de realizar una devolución de los resultados, si llego a revisar el producto final, seguramente saldré con un aprendizaje. Sin embargo, este aprendizaje es, en realidad, mutuo, y se extiende también al momento de la participación, moldeada a través de las herramientas y técnicas de investigación aplicadas y enmarcadas en una metodología. Aquí, hay variedad. Una metodología, por ejemplo, es la observación participante, donde la riqueza de la información está basada en el actuar cotidiano de las personas y comunidades y la interacción de quien investiga con ellas. Otra —y de las más promovidas por la Psicología Comunitaria— es la investigación-acción participativa, cuya centralidad está en poner sobre la mesa ideas y realidades y problematizarlas. Ambos casos producen conocimiento para la investigación y autoconocimiento para los que participan en ella (incluyendo al investigador).

Habiendo lo expresado lo anterior, un asunto aparte es que sea el propio “sector social”, como lo llama Zibechi, el que decida llevar a cabo una investigación sobre sí mismo para “descolonizarse”, si es que es su sentir y decisión. El gran problema radica en que Zibechi mezcla temas sin un mínimo de discernimiento.

Tercero, no se “devela” lo que se conoce del “otro”. Como hemos visto, no hay ninguna “traición” involucrada, solo en la mente de quien no conoce de lo que habla, como Zibechi. He explicado al inicio que hay un componente ético donde se presenta el proyecto de investigación y se solicita el consentimiento. Esta comunicación implica, como había señalado, describir cómo se llevaría a cabo la investigación, cómo se trataría la información y cuál sería la fuente y/o posible fuente de publicación (por ejemplo, si la investigación es para una tesis, se publicaría en el repositorio institucional de tesis de la universidad respectiva y, posiblemente más adelante, en versión de artículo, en una revista académica seleccionada o por seleccionar). En ese sentido, el tratamiento general de la información es de carácter confidencial y anónimo, y ello puede implicar eliminar extractos que pudieran dar a conocer quién la proporcionó. Sin embargo, esto no siempre es aplicable, ya que, por ejemplo, según cómo se haya diseñado la metodología, la voz de una figura pública (un alcalde, un gobernador), como figura pública en sí, podría ser necesaria mostrar con plena identificación (pero siempre bajo su consentimiento; de lo contrario, el investigador tendría que replantear o repensar la participación de aquella).

Por lo tanto, hay un conocimiento de antemano de lo buscado por el investigador y una decisión consciente de participar por parte de las personas o comunidades. No hay ninguna traición en ello, como acusa Zibechi. En cambio, sí puede haber “traición” —o, mejor dicho, mala práctica, para no parecer telenovelero— si el investigador no cumple con los procedimientos y compromisos éticos correspondientes. Es un absurdo concluir que esta posibilidad es, en cambio, un hecho concreto a darse en toda investigación, como si fuera parte inherente de ella o como si todos los investigadores e investigadoras carecieran de ética. Es más, al darlo a entender así, el autor también estaría abarcando al tipo de investigación que sí defiende (a menos que, infantilmente, quiera decir “en estas investigaciones sí pasa y en estas otras no”, y ¿por qué?, “porque sí”).

Por último, las comillas que emplea en “estudios postcoloniales” se muestran como un claro sarcasmo frente al término. En general, así como otras categorías, los estudios poscoloniales son solo una clasificación, una denominación dada en las Ciencias Sociales a un conjunto de estudios que pueden agruparse por la similitud en el tema. Se trata, justamente, de lo que el tema expresa por sí mismo, no lo que Zibechi pretende que sea o no. Entonces, mostrarse sarcástico, con ese tufillo de superioridad que escupe constantemente sin mirarse a sí mismo, habla de la tremenda pobreza que impregna su persona. Ni siquiera su ser intelectual: su persona. Que haya estado apoyándose en el autor Rivera que cita es lo de menos. Se trata de lo que Zibechi finalmente elabora como sustento.


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