La propaganda de Zibechi. Sexto comentario

‘… En un párrafo apocalíptico [Fanon, 1999] afirma: “La violencia eleva al pueblo a la altura del dirigente” (ibíd..: 73). Es cierto que la violencia es necesaria para romper el lugar de subordinación, para salir del campo, porque toda colonia tiende a convertirse en “un inmenso campo de concentración donde la única ley es la del cuchillo” (ibíd..: 242). La violencia tiene un papel terapéutico, humaniza al deshumanizado al hacerle recuperar su autoestima. Porque la vida del colonizado no consiste en realizar valores, sino apenas en no morir, en permanecer con vida, muchas veces volviéndose contra sus hermanos, en un ambiente en el que nace el odio contra sí mismo’ (p. 401).

Zibechi, Raúl (2018). Entre la emancipación y el colapso sistémico: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías. Lima: Colectivo Tejiendo Saberes.


En este comentario me adentro en el capítulo 17, llamado “Descolonizar el pensamiento crítico y las prácticas emancipatorias”. La violencia, en una variedad de formas, ha estado incluida en algunos “paquetes” de acciones empleadas como medios para intentar lograr ciertos cambios que han pasado a ser parte de la historia. No obstante, cuando ha sido el caso, es problemático pensar que siempre se trató de violencia sin más. Ojalá no hubiera llegado a ser la violencia un medio para el cambio en procesos históricos, pero es lo que ha ocurrido y dicho cambio, de una manera u otra, se ha dado. Hacia un lado, el otro, o en múltiples direcciones, y en mayor o menor magnitud.

Esto no significa que, sin violencia, el cambio no hubiese existido. A las alturas del presente, lo único de lo que puede hablarse es de los “si hubiera” o “si no hubiera”. El asunto es que los cambios se han producido en —y han sido impulsados por— contextos determinados. No soy quién para decir que pudieron haberse utilizado otras alternativas como medios, pero tampoco voy a decir que, en situaciones extremas, no había que hacer “nada”. No me imagino, por ejemplo, intentando detener el avance de Hitler por la vía diplomática: había que responder a su poderío militar con iguales armas. De lo contrario, con la expansión de su ideología y poder, tal vez los siguientes en su exterminio hubiéramos sido los latinoamericanos (y ni yo ni Zibechi estaríamos escribiendo ahora). Aun así, el desborde de ese tipo de violencias es imposible de controlar, y nunca debería haberse llegado a ello.  

Habiendo aclarado este punto, me permito pasar a lo central. El autor ubica la subordinación en el ámbito de la colonización. No tengo dudas de que, sin las luchas por la independencia, las colonias en lo que llamamos América podrían haberse extendido mucho más. Estas luchas, sin embargo, no se despliegan únicamente desde un plano organizacional institucional (acción de los ejércitos independentistas contra los del colonizador), sino que los propios colonizados, desde su resistencia interna, una resistencia que puede tomar mil y más formas, van desgastando el sistema colonizador desde dentro, rasgando las estructuras de base sin que los colonizadores lo hubieran inicialmente previsto ni imaginado. A la par de ello, existe una cierta presión internacional en contra de los abusos (que no son solo físicos) que pudieran estar cometiendo los gobiernos colonizadores, lo cual representa una carga política pesada sobre estos.

No obstante, tratándose de Zibechi, según cuyo pensamiento —interpreto— el actual orden mundial es la expansión de la colonización en una modalidad moderna, no descartaría que esté dejando en el texto del párrafo citado al inicio, bajo un fallido intento de expresar contenido entre líneas, la idea de que debe emplearse la violencia —como camino a seguir— para generar cambios (en este caso, hacia lo que él favorece como sociedad). En un contexto así, ¿dónde quedaría la ayuda mutua, la fraternidad, la hermandad y características por el estilo de las que hablaba en otras partes de su capítulo? Es como si dijera: “Para nosotros, la unión y la hermandad; para los demás, la violencia y la muerte”.

Es más, afirma que la violencia tiene un “papel terapéutico” y “humaniza al deshumanizado”, lo cual es un nuevo impulso a lo que pareciera ser el verdadero propósito de su activismo. Sin embargo, lo que establece es una pésima conexión entre la violencia que puede desplegar un individuo y lo que dicha violencia puede causar en él como perpetrador. El error es garrafal: la violencia no puede humanizar, es así de simple. Desde el momento en que, siendo humano, se trata a otro como menos que humano, no hay más que deshumanización, y ello va en doble sentido, no de un solo lado. Identificar a alguien (en este contexto, el colonizado) como “deshumanizado” es, en realidad, una categoría analítica: no es la violencia la que lleva el papel terapéutico de la humanización —me compadezco por todas las personas que, en algún punto de sus vidas, han sido aconsejadas por Zibechi en estos asuntos—, sino el hecho de quebrantar la impuesta (y/o autoimpuesta) imposibilidad en la defensa de uno mismo y de los nuestros, de los derechos y libertades fundamentales. Habrá, seguramente, más de un medio ideado para pretender lograr aquello, y algunos medios podrán acarrear violencia. No obstante, la violencia lleva consigo una serie de elementos no solo destinados a generar un daño a otro, sino que lo causan, también, en uno mismo y permiten la gestación de más que posibles consecuencias contraproducentes.

Para terminar, el autor se refiere al colonizado como alguien cuyo fin en vida se reduce a sobrevivir. Si bien el día a día de muchas personas es sumamente complejo, no solo antes sino hoy, y tomando en consideración que los intentos de sutileza “estilo Zibechi” son muy pobres, no me provoca un convencimiento de que su oda a la violencia esté enmarcada únicamente en el contexto de la opresión colonial: él está promoviendo directamente la violencia en el hoy.


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