… y, sin embargo, alcanza

La primera vez que lo leí, fue durante los primeros meses de 2017. Época compleja; una búsqueda de respuestas a preguntas que, en primer lugar, no tenían sentido. Hay personas que se filtran por los intersticios dejados por ciertas debilidades y generan apariencias de subsanación, revestida esta por una capa de mal llamado enamoramiento. Este libro, lo recuerdo, me acompañó en aquellas meditaciones y mis largos viajes en bus a Carabayllo por un trabajo que finalmente no resultó como esperaba, y también en los cansadores viajes de vuelta luego de un excelente almuerzo con uno de mis mejores amigos.

No siempre le presté la mejor atención a Munro al leerla (avanzar un libro mientras se hace uso de transporte público limeño puede ser una experiencia muy peculiar), pero me bastó para darme cuenta de su fina destreza en la absorción de las decepciones y maduraciones de las personas en sus trayectorias de vida, en especial aquellas de mujeres, sus personajes principales. Se trata, en Amistad de juventud, de vidas que no se rigen por lo fulgurante de la ciudad moderna, sino más bien por espacios donde el paso del tiempo se toma su tiempo (si se puede usar este clisé).

Debo decir que, leyendo a Munro, me di (doy) cuenta de lo pobre de mi escritura… ¡Rayos! ¡Qué sutileza y paciencia! Una magistral capacidad para decir las cosas sin decirlas, para contar las vivencias menos halagadoras de gente común y hacer ver —enseñarte— que una vida puede tener eso y seguir. No hay porque detenerse.

No es el “clásico” enfrentarse a un obstáculo y superarlo. Es decir, la trama como un camino hacia lo que se puede esperar que suceda; una victoria para cerrar el cuento, por más embellecimiento que tenga. En Munro, lo bueno y lo malo que nos sucede tienen una misma equivalencia de valor: lo que importa no es contraponer lo que resultó favorable a su contrario, sino que ambos “polos” acontecen inevitablemente en nuestro existir, en nuestra continuidad como personas.

Es más, me atrevo a decir que son la misma cuestión, y es allí cuando cada historia contada puede tener un sinfín de matices. Desde la dulzura hasta la crudeza, desde la elegancia hasta la tosquedad: todos ellos merecen la misma atención y nadie se hace despreciable por una u otra cualidad (sin exagerar, tampoco es que se vuelvan, necesariamente, formas dignas de admiración e imitación; ni es algo que se busque).

La persona, en esencial la mujer, en su extensión experiencial, es lo central, y Munro la comprende. Con los defectos y virtudes de sus personajes —o lo que el/la lector/a entienda como tales—, lo que vemos es a gente en estado puro. No hay maquillaje previo a salir en cámara.

Entonces, es un mundo literario diferente. Y es un mundo paciente que debe leerse con paciencia: y es que Munro llega a cada rincón sin apuro (y sin dejarse apurar). Con una lente descriptiva exquisita y una delicada manera de entender los objetos, las posiciones y las formas, sumado a un vocabulario fantástico, Munro nos lleva adonde quiere que vayamos, pero solo si aceptamos ir.

En Amistad de juventud, la infidelidad es recurrente en las historias de vida, cada una a su manera, con sus propias dichas y decepciones, y nunca queda nada resuelto con el sexo, el amor, el enamoramiento o el encuentro furtivo buscados o que tan solo son dejados acontecer. Pero, se da paso a la exploración: ¿qué es esto que siento?, ¿por qué lo siento?, ¿cómo hago para evitar querer —a pesar de quererlo y no reconocerlo— ir más allá de lo habitual, cuando ese trayecto podría implicar un camino sin retorno? En otras palabras, una exploración sin la cual se dejaría de descubrir otras dimensiones (¿deseadas?) de la vida, que de por sí ya se muestran con la puerta abierta.

La calidez del relato intensifica el color de lo narrado. Me gusta mucho la palabra que se usa en la tapa trasera del libro: piedad. Leer es perdonar. Leer es entender que la vida es una manta extendida en constante ondulación, y no una línea con puntos (nodos) que permiten el paso solamente escenificando una victoria sobre ellos. Con Munro, nos damos cuenta de que la gloria no existe: no es necesaria. Quienes estamos en el mundo tan solo hacemos lo que podemos, y eso es todo. Así, le damos la oportunidad al pasado de ser distinto. No es dejarse estar, sino comprender que es más importante, en el equilibrio de las cosas, prestar más atención a aquello que nos haga verdaderamente felices.

Y por eso, gracias, Alice.

Por cierto, el día que escribo esto he finalizado una vez más Amistad de juventud. Quise irme a la ficción y miré a Munro. De los libros con los que puedo contar de ella, no pensaba tomar este de nuevo. Resulta que el que agarré fue uno que, al ya estarlo leyendo, me hizo caer en la cuenta de que era el mismo de hace unos años. Extraña, pero placentera coincidencia. Supongo que no tuve claro en mi pensamiento el recuerdo de su nombre y, pensando que no era el ya leído, me volvió a generar una atracción inmediata.

No está demás comentar que lo disfruté mucho más que la primera vez. No siempre queda tiempo para volver a leer un libro: la vida no alcanza. Por ello, si bien no siempre, priorizo la no repetición para poder pasar al siguiente.

En fin, no me detuve y continué hasta el final. Eventualmente, lo hubiera vuelto a tomar, y lo volvería a hacer, en el tiempo. Y es que hay algo especial en volver a leer (o solo leer) en una etapa más adelantada de la vida: el cuerpo y la mente han vivido más, lo cual nutre nuestro entendimiento. Y también nuestra felicidad.

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