Todos fuimos ‘Los cachorros’

¿Cómo empiezas tan bien un proyecto y terminas tan jodido? ¿Qué tan fuertes pueden ser los golpes psicológicos que pueden transformar todo aquello que alguna vez imaginaste? Concretamente, ¿cómo un proyecto de vida, sin más, termina yéndose al tacho, en una lenta y penosa barrida de brocha que va pintando de vacío lo que alguna vez estuvo llenándose de color?


Cuando Vargas Llosa publicó Los cachorros, era 1967, y pocos años antes ya habían salido novelas maestras de su parte, La ciudad y los perros (1963) y La casa verde (1966). Como señala la reseña de la edición de Santillana (2010), “ya era dueño de todas sus facultades narrativas”.

Notablemente, hay una diferencia entre la construcción de Los cachorros y los seis cuentos de Los jefes, más allá de la diferencia de extensión —aunque este factor suela influir en el grado de profundidad con que se propician ciertos desarrollos, como la manera de ser de los personajes—. Como iba diciendo, a diferencia de los seis, hay un mayor sentido de concreción en Los cachorros; sin embargo, no es que el escritor antes no lo hubiese tenido. Es solo que aquellos cuentos no necesariamente lo requerían. Son más relatos de situaciones escritas en algún presente sobre un pasado que no se siente como tal. Son un vistazo, suficiente como para trasladarse mentalmente hasta allí, en aquel pasado, o presente.

En Los cachorros, el enfoque es distinto. Allí se aprecia el crecimiento de una serie de vidas, a las cuales, en cada etapa de las mismas, les da el tiempo y espacio justos. El escritor nos permite acompañar a los “cachorros” y ser parte de lo que vivieron. Nos deja ser uno más en el grupo de amigos, alguien que especula, pero a la vez presiente, sobre lo que realmente aconteció con uno de los personajes que, en tiempos anteriores, he escuchado mencionar como uno de los clásicos de Vargas Llosa, y que finalmente he llegado a conocer: el popular “Pichulita”.

Y la narración no tiene una forma, digamos, tradicional, sino que va como sigue por todo lugar:

Pero pasó algo: Cuéllar comenzó a hacer locuras para llamar la atención. Lo festejaban y le seguíamos la cuerda, ¿a que me robo el carro del viejo y nos íbamos a dar curvas a la Costanera, muchachos?, a que no hermano, y él se sacaba el Chevrolet de su papá y se iban a la Costanera; ¿a que no bato el récord de Boby Lozano?, a que no hermano, y él vsssst por el Malecón vsssst desde Benavides hasta la Quebrada vsssst en dos minutos cincuenta, ¿lo batí?, sí y Mañuco se persignó, lo batiste, y tú qué miedo tuviste, rosquetón; ¿a que nos invitaba al Oh, Qué Bueno y hacíamos perro muerto?, a que no hermano, y ellos iban al Oh, Qué Bueno, nos atragantábamos de hamburgers y de milk shakes, partían uno por uno y desde la iglesia de Santa María veíamos a Cuéllar hacerle un quite al mozo y escapar ¿qué les dije?, ¿a que me vuelo todos los vidrios de esa casa con la escopeta de perdigones de mi viejo?, a que no, Pichulita, y él se los volaba. Se hacía el loco para impresionar, pero también para ¿viste, viste? Sacarle cachita a Lalo, tú no te atreviste y yo sí me atreví. No le perdona lo de la Chabuca, decíamos, qué odio le tiene.

Mario Vargas Llosa, Los cachorros (edición Santillana, 2010, p. 136).

Un caos. El arte de expresar no solo con el contenido, sino con su forma, con la cual le da al primero una tonalidad específica. Absolutamente magistral. Hay que estar en completo dominio de las ideas para entremezclarlas así.

Y Lima está por todos lados. Vargas Llosa, siendo Arequipeño, llegó a ser más Lima que muchos limeños. Ahora, es madrileño —como lo quieras entender—. Una genialidad de cuento. Sé que volveré algún día a sus páginas, así como a las de Los jefes.

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