Lunahuaná

Lunahuaná es un distrito de la provincia de Cañete en el departamento de Lima, más conocido por ser el “point” más popular para el canotaje y por sus bodegas de producción y venta directa de pisco y vino. Otras actividades de aventura también pueden realizarse en Lunahuaná, como canopy (o canopy-ing), rápel y paseo en cuatrimoto.


Casi un mes después de mi visita a las rocas de Las Viñas, estuve en Lunahuaná con mi familia. Era una localidad a la que quería ir desde hace tiempo, y el momento había llegado a partir de un anuncio que observé. Es común que existan agencias de turismo que ofrezcan el servicio de llevar gente de paseo por un día completo hacia sitios abiertos con cierto grado de aventura o para relajarse. Animado como me encontraba, comuniqué la idea y fue muy bien recibida.

Desde temprano, estuvimos en el punto de encuentro para partir. Es usual que, en los tours a Lunahuaná, haya dos paradas previas antes de llegar al destino: una para desayunar en alguna deliciosa chicharronería y, más adelante, una para pasear en el muelle de Cerro Azul, también en el distrito de Cañete. No hay pierde en estas paradas.

Si bien nos acompañó un cielo con nubes, hacia el norte y sur de Lima suele hacer calor. Avanzando hacia Lunahuaná, ya nos vamos adentrando en los paisajes de montaña y naturaleza. Una vez allá, se nos ofreció una jornada en canotaje antes de almorzar, pero no hubo el ánimo necesario. Tan solo almorzamos y, luego, decidimos ir al paseo en cuatrimoto. Mi madre decidió esperarnos, mientras los demás zarpamos en los carritos. No solo estuvimos nosotros, sino algunos clientes más. La velocidad que se nos marcó avanzar no fue la más “aventurera” que digamos, pero igual se disfrutó del estar en control del pequeño vehículo. Recuerdo un paso sobre una inclinación del suelo hacia la izquierda antes de hacer una suave curva hacia la derecha. Luego de dejarme llevar hacia aquel lado, pude maniobrar el timón rápidamente para retomar el equilibrio. El guía me felicitó por eso.

Al reencontrarnos de nuevo, aceptamos visitar lo que, a mi forma de ver, es una gran pérdida de tiempo, sin ánimo de ofender ninguna creencia. Se trata de la “Casa Encantada”, de la cual se cuenta que sucesos trágicos han sucedido en el pasado y nadie se ha librado de ello. Hay alguien que, al entrar al recinto, narra la historia cada vez. Ese día, nos contaron que diversas personas habían muerto de la misma manera allí, y que, en ciertas noches, se había visto desde lo lejos que la casa se iluminaba como si estuviera en llamas. Si mal no recuerdo, la forma de las muertes había sido por los supuestos incendios, o quizás mi mente ya está haciendo conexiones vagas por lo poco que recuerdo. El asunto es que la entrada costó un sol; que, en la fachada, estaba graciosamente pintado el título “La casa encantada de Lunahuaná”; y que, dentro, las paredes estaban descuidadas, con muchas manchas, caritas de diablos dibujadas y firmas de adolescentes de secundaria a quienes les gusta dejar su “sello” donde van. Una pésima práctica, por cierto.

Bromear al respecto nos sacó algunas risas, con las cuales partimos hacia nuestra siguiente parada: la Bodega Reyna de Lunahuaná. Allí, recibimos la explicación del proceso productivo mientras recorríamos los ambientes de la planta de fabricación, unos patios abiertos muy agradables que se prestan a la fotografía e, incluso, a buenas pinturas. Luego, entramos a una sala donde el dueño nos habló sobre los vinos y piscos y su calidad, conjuntamente con la esperada degustación. Productos de primera hechos artesanalmente. Al abrirse la venta, varios adquirieron sus “recuerdos”. Es un negocio que se sustenta bastante en el turismo.

Luego de ello, hubo tiempo para visitar un local donde se fabricaba miel de abeja, y allí mismo estaban los panales artificiales para la cosecha. Y también tuvimos otro tiempo para visitar el puente colgante que pasa sobre el río Cañete y en cuyos alrededores puede comprarse suvenires y hacer paseo a caballo. La tarde ya se estaba acabando.

Tantas actividades juntos nos generó un bonito sentimiento de unión familiar, una sensación acogedora. Ya de noche, estuvimos paseando por la Plaza de Armas mientras esperábamos a la salida del bus para el retorno.

El solo escribir sobre esa experiencia, en un punto tan alejado como febrero de 2009, me hace palpar mentalmente el amor que guardo a mi familia, un amor que siempre llevo en mí, pero sobre el cual no necesariamente se da un pensamiento consciente en la vida cotidiana. En esta, principalmente, se lo experimenta. Es esa sensación que se suele presentar en momentos espontáneos y reflexivos en solitud, cuando dices, para tus adentros: “Cómo amo a estas personas”. Y cuando también te dices: “Que se repita”.

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