El material de ‘Crónicas’

Algo muy genial obtuve, sí, del taller de Crónicas que llevé de enero a marzo. Aparte de los apuntes realizados —que tristemente se desdibujaron a medida que avanzaron las clases—, está el material de lectura que nos entregaron. Veintiocho textos de extensiones muy variadas; la mayoría, crónicas, y otros de ensayo y opinión. 21 autores distintos, incluyendo, entre otros, a Martín Caparrós, Mario Vargas Llosa, Ryszard Kapuściński, Marco Avilés, Philip Roth, Fernando Ampuero y una de mis favoritas, Leila Guerriero.


El único texto que me pareció un chiste —y no porque me pudiera haber generado alguna sonrisa— fue “Maradona” de Juan Marsé. Particularmente, las idolatrías al ex jugador de fútbol rayan en lo absurdo a mi parecer. Asimismo, el único texto que me aburrió fue “El día del juicio”, de Martín Caparrós. En su defensa —no es que la necesite—, no estaba con mucho deseo de lectura en ese momento. Sin embargo, Caparrós se manda otra crónica que yo colocaría en un trono en el cielo: “Lima, perfume del mal”. Hay que ser bueno en el oficio para escribir así. No, no solo bueno. Excelente. Ni eso. Magistral. Su uso del lenguaje y cómo se escabulle en las entrañas de la ciudad es un arte sin colores de más.

Por otro lado, debo decir que disfruté “Trans”, de Gabriela Wiener. Y lo digo de esta manera, ya que Gabriela es una activista feminista que me ha llegado a parecer disforzada. Volviendo al tema, un texto con el que reí mucho es “Mi rubia está buenísima”, de Luis Miranda. No se refiere a una gringa, por cierto. El profesor del taller, Juan Manuel Robles, también incluyó uno de sus textos, “Cromwell Gálvez, el cajero generoso”. Un tipo que se forró de plata estafando al banco donde trabajaba y, con ello, se hizo prestamista y se dedicó a adquirir sexo. Hasta que cayó. “Viaje al centro de la noche”, de Julio Villanueva Chang, hace un relato fenomenal del Cercado de Lima a mediados de los noventa, una versión descarnada de aquel tiempo.

Y allí está también, por supuesto, Leila Guerriero, con “¿Dónde estaba yo cuando escribí esto?” y “Tres tristes tazas de té”. En la primera, a su más puro estilo, brinda una clase maestra sobre cómo escribir crónica —un texto que, junto con “La verdad de las mentiras” de Vargas Llosa, bien estudiado y revisado, podría representar un taller en sí mismo—; en el segundo, cuenta su encuentro con una mujer que envenenó a otras tres mujeres a través de tazas de té con cianuro, las tres amigas entre sí; la susodicha les debía dinero por acuerdo previo. Y no puedo dejar de mencionar a Marco Avilés y su “Río Camisea”, la primera vez que he conocido sobre la tierra de los pueblos originarios no contactados de la selva, o en aislamiento voluntario.

Ha sido un deleite leer ese material, verdaderamente. Parte del mismo lo fuimos analizando en el aula. El resto —la mayor parte—, quedó para nuestra lectura voluntaria. Algún día futuro, haré una selección de textos de este material y los volveré a leer. Asimismo, consideraré al material completo como uno de mis libros leídos este 2020. No hay forma de que no sea así.

Portada del material. El profesor dijo que no tuvo injerencia sobre lo que se colocó allí.
Espero se pueda leer. De por sí, la calidad de la foto no fue la mejor en cuanto al tamaño.

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