Una organización en mucha falta

Hay una diferencia que, imagino, se repite en la mayoría de países democráticos, si no en todos, en relación con las contrataciones desde el ámbito público y el privado. En el segundo, básicamente, es simple. Si te gusta, lo compras o lo contratas. Incluso, si lanzaron una convocatoria y postulaste, pueden ni llamarte si no les da la gana, aunque cumplas con los requisitos explicitados, excepto que puedes denunciar un trato discriminatorio si piensas que ha sido el caso.

En el ámbito público es distinto. La diferencia está en que, en simple, el dinero con el que te mueves es el que ha aportado todo el país en la forma de impuestos. Entonces, debes asegurar que ese dinero sea usado de la mejor manera y para el mejor fin. Esto hace que los procedimientos de contratación tengan una regulación extensa: no solo se trata de enviar el CV por correo o bolsa de trabajo y se acabó, como en el privado.

Habiendo dicho esto, el 8 de enero fui a dejar mi expediente de postulación según los lineamientos de las bases para un puesto específico de la convocatoria laboral masiva de febrero de 2020 de la Municipalidad Metropolitana de Lima. Me preocupé por cada detalle y me entusiasmé, ya que era mi primera postulación en el Estado bajo la modalidad CAS (Contrato Administrativo de Servicios).

El cúmulo de fallas de organización que viví desde que llegué a la Gerencia de Seguridad Ciudadana (de dirección Vía de Evitamiento Km 6.5 Piedra Lisa, Rímac), donde había que dejar el expediente (para todas las convocatorias en general), me hizo dar cuenta de que aún falta mucho por hacer a nivel estatal en ciertos rubros y en ciertas entidades. Haré un listado tratando de ser conciso:

Absurdo 1. El plazo de entrega del expediente era de 9 a. m. a 12 p. m. (mediodía). Sin embargo, los postulantes se contaban por miles, ya que se trataba de cientos de puestos. Era algo que podía esperarse.

Absurdo 2. No había un espacio adecuado para la fila. Esta se extendía ridículamente por fuera del local hacia el interior de una comunidad de la zona. Y, cabe señalar, el sol estuvo brutal. Hasta hoy tengo la diferencia de color de piel en el cuello de la quemada que me di.

Absurdo 3. La atención estuvo absurdamente (valga la redundancia) lenta.

Absurdo 4. Poco a poco, fuimos avanzando hasta finalmente ingresar al local, donde, increíblemente, pasamos a formar una fila aún más abultada. Es decir, pasamos de una, de por sí terrible (una tenia espectacularmente enrollada), a una peor.

Absurdo 5. Como ya estábamos cerca de las 12 (recordar absurdo 1), los organizadores (en el papel, ya que en la práctica habría que añadirle un des- al inicio) “metieron” a todos al local como sea, para que “no quedara nadie fuera”. Pero, al ser ellos mismos quienes tomaban esas decisiones, ¿no bastaba con que simplemente ampliaran la hora de ingreso?

Absurdo 6. Adentro, nos formaron en columnas, pero luego nos dejaron a nuestro libre albedrío, y ya pueden imaginar lo que empezó a suceder.

Absurdo 7. La atención seguía siendo lentísima. ¿Por qué no simplemente se podía dejar el documento y salir? Incluso, personas con registro de discapacidad podían enviar su expediente por correo electrónico. ¿Cuál era la necesidad de que el resto debiéramos hacerlo de manera presencial? En el expediente ya estaba toda nuestra información. Es más, el rótulo del sobre era suficiente para hacer una clasificación básica, al menos. Ahora, si la intención era darles un beneficio adicional a las personas con registro de discapacidad (sumado al ya recogido por ley, en que reciben una bonificación en el puntaje de evaluación), ¿por qué no pensaron en que lo escogido como beneficio podía aplicarse de forma exactamente igual a los demás y así ganar no solo eficiencia sino hacerle la vida más simple a todo el mundo?

Absurdo 8. El libre albedrío (recordar absurdo 6) y la demora (recordar absurdo 7), más el sol -que ese día estuvo al nivel del fuego-, alteraron mucho los ánimos. Nadie de la Gerencia de Seguridad Ciudadana (ni de la Gerencia de Gestión del Riesgo de Desastres ni de la Subgerencia de Defensa Civil, aledañas) se hizo responsable por el orden, aunque sí hubo diversos funcionarios que salieron a “mirar” lo que estaba pasando. A veces, algunos de mayor rango intentaban dar alguna indicación, pero ni se escuchaba un comino ni esta venía acompañada de alguna acción para mejorar la situación. Se presentaron incontables discusiones, desorden por todo lugar, irrespeto del orden supuestamente establecido (un chiste), personas que se colocaban donde no les correspondía (aunque, a cierto punto, ya no existía algo que “correspondiera”), y un sinfín de gritos y reclamos.

Absurdo 9. Si había más de una ventanilla de atención, entonces fueron máximo dos. Para miles.

Absurdo 10. No había nadie que supervisara la formación de la fila que conducía a la ventanilla. Esta se armaba como fuera. Ya todo había perdido sentido.

Absurdo 11. Un trabajador salió a decir, con ánimos de calmar la molestia generalizada, que “al menos habían ingresado todos, por lo que todos iban a ser atendidos” (me río en su cara). Lo mandaron al diablo.

Simplemente, me largué. No iba a “pelear” por un puesto en la fila (…). Debe haber un respeto al orden, y lo hubo al inicio. El desorden posterior no habilita a sumarse al mismo, no solo por una cuestión de principio, sino por respeto a las personas que también se adhieren a dicho principio. A la entidad organizadora le importó una rata, entonces a mí también.

Y un absurdo más, el 12. Intenté hacer un reclamo formal por la web de la Municipalidad y, luego de diversos intentos en que al formulario no le daba la gana de aceptar un dato correctamente escrito, finalmente se pudo enviar el mensaje… al tacho. Es decir, nunca me llegó la confirmación al correo de que el reclamo había sido enviado, ni en la página misma se mostró ningún número de atención. Tan solo, al grabar, se volvió a cargar la sección de inicio.

Una pena y una vergüenza, no solo por la Gerencia de Seguridad Ciudadana, sino también por la Municipalidad Metropolitana de Lima (cabe recordar que, por casi 16 años, hasta diciembre de 2018, fuimos gobernados por dos alcaldes investigados, en la actualidad, por corrupción). Será una experiencia que (graciosamente) recordaré.

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