Secretos de Estado, la película

Hace tanto tiempo que no veía a Keira Knightley ni a Ralph Fiennes actuar, y recién lo he vuelto a hacer en Secretos de Estado (Official Secrets), dirigida por Gavin Hood, escrita por Gregory y Sara Bernstein y Gavin Hood, e inspirada en el libro de Marcia y Thomas Mitchell, The spy who tried to stop a war. Keira y Ralph son dos de las eminencias de la actuación que han acompañado mi disfrute de la gran pantalla en el periodo de mi vida, y me alegra haberlos visto coincidir en esta gran película.

Recuerdo el tiempo en que estaba “en boga” la guerra de EE. UU. e Irak. Recuerdo, además, unos años antes, el 2001, cuando habían derribado las Torres Gemelas, cómo un profesor del colegio nos dijo, mientras veíamos el noticiero en una clase, con sentida preocupación: “Se viene la tercera guerra mundial, señores”. De ese momento en adelante, se hicieron comunes las noticias sobre las operaciones militares de EE. UU hasta que, hacia el 2003, el nombre de Sadam Huseín había llegado a volverse, en el (un) imaginario popular, la representación del terror y su persona, incluso, la encarnación del anticristo. Se estaba buscando ligar a Sadam, además, con Al Qaeda, organización responsable por la tragedia del extinto World Trade Center.

EE. UU. siempre ha tenido una capacidad suprema para la generación de publicidad efectiva, una capacidad que los lleva a posicionarse como “los buenos”, mientras todo enemigo es, por consiguiente, “el malo”. Y muchas personas del ámbito común son llevadas por ese esquema, el cual se fortalece cuando es la propia cultura estadounidense la que se expande por el mundo, en especial, aquella relacionada con el consumo: uno de los mayores mecanismos de legitimación que se han puesto en práctica.

En algún tiempo, yo también quise que EE. UU. “nos protegiera” de Sadam. El 2003 cumplí 18 en abril y me encontraba en mi primer año de carrera universitaria. Recuerdo ver por televisión el bombardeo con preocupación, no solo por las consecuencias que podría traer una guerra a nivel internacional, sino por las personas civiles que no hubieran podido evacuar. Guardo un vago recuerdo de la advertencia de EE. UU. para el desalojo de la población antes de cometer su atrocidad. No sabría si fue con la suficiente anticipación, pero ello no aminora el acto.

El asunto es que el gran país del norte (por el tamaño) ha dominado el mundo desde ya varias décadas. Es innegable que sus aportes, en muy distintos ámbitos, han sido muy importantes para el desarrollo del planeta. Sin embargo, el abuso de su poder también ha sido considerable. Es imperativo que, hacia futuro, grandes personalidades vuelvan a su sillón presidencial. Aunque las críticas siempre van a estar presentes, yo aplaudí a Obama. Espero que pueda volver a lograrlo. No más Bushes ni Trumps.

En el tiempo, leeré más sobre la guerra de EE. UU.-Irak. Sin embargo, sostendré que ese bombardeo no debió darse, aunque sí habría apoyado otra estrategia de intervención para detener la sangrienta dictadura, que finalmente llegó a su fin aquel 2003.

Secretos de Estado es sobre la filtración de información confidencial sobre un mandato estadounidense para presionar a países de la ONU con el fin de obtener su voto a favor de la guerra.

Con el reciente asesinato de Qasem Soleimani (Irán), espero que la escalada de tensiones pueda contenerse.


Afiche descargado de SensaCine.

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