Dos jóvenes han muerto hoy

Dos jóvenes han muerto, fue un 15 de diciembre. Él de 19 y ella de 18, ambos pareja. Ambos “colaboradores” de McDonald’s, en un local de uno de los distritos de la capital limeña. Ellos, a quienes no se les entregó la indumentaria requerida por la seguridad y salud en el trabajo, fueron electrocutados por una descarga eléctrica que se disparó de una maquinaria con desperfectos, carente de mantenimiento, en una de sus jornadas laborales. Una descarga que nunca debió ser, pero que fue, porque el prestar atención por parte de una gerencia nunca fue de interés. Porque el invertir lo necesario en dicho mantenimiento y la seguridad y salud en el trabajo nunca fue de interés. Porque el considerar las vidas de quienes ocupan los puestos de “menor jerarquía” nunca fue de interés.

Dos jóvenes han muerto, pero también son el resultado de un asesinato. No, no de alguien específicamente, sino de un “sistema”, palabra trillada. O, mejor dicho, del “natural” aprovechamiento del mismo. Estoy al tanto del sueldo en los cargos de gerencia en Perú, que pueden agrupar a decenas de miles de soles mensuales. Y estoy aún más al tanto del sueldo de posiciones más bajas en la jerarquía organizacional. La diferencia es abismal. La supuesta “valoración” que se hace del personal de soporte de una empresa no pasa por el darle una palmada en el hombro, o un día libre por su cumpleaños, o dictar discursos rimbombantes sobre la importancia de su labor para la organización junto con la entrega de un objeto simbólico. La verdadera valoración de un trabajador, no un “colaborador”, se da únicamente por dos factores: el sueldo que le ofreces por el trabajo que hace para ti y la manera cómo respetas su trabajo, dándole siempre los medios necesarios para su correcto desempeño laboral.

Que ”hay que ponerse la camiseta”, que “el verdadero compromiso es quedarse más allá del horario laboral”, que “afuera hay otros ávidos haciendo cola por tomar el mismo puesto”: todas son patrañas. Tan solo excusas para justificar (encubrir) que te importa un pepino la vida de esas personas y solo buscas el dinero que pueda generar para ti, para que a la vez tú y los accionistas a los que lustras las botas puedan seguir incrementando sus arcas. O quizás hasta se trate de tus propias botas. Allí está la existencia de esas desigualdades bastardas entre lo que tú ganas y lo que gana aquel operario, aquel asistente, aquel analista, aquel auxiliar. Son solo un gasto más.

Al día de hoy, no he llegado a conocer quién engloba a quién: si el capitalismo al neoliberalismo o si es al revés, o si van a la par, con ideas similares. En definitiva, debo ir a los cimientos para esclarecerlo. Sin embargo, más allá de esas precisiones teóricas, lo práctico lo he presenciado desde que tengo uso de memoria y he leído mucho al respecto en distintas fuentes. Y, de lo que estoy seguro, es que las palabras del popular académico analista chileno Axel Kaiser, que “el neoliberalismo es un conjunto de normas responsables” (expresado en plena crisis en su país), en una entrevista a un medio español cuyo video vi en Youtube, es parte de la cantidad de basura más grande que he escuchado.

Y no, no me considero un socialista. Siempre he sido un admirador de la gesta revolucionaria cubana en la era de Fidel y el Che, allá en los 50 y 60, pero lo que es ahora es risible. En el tiempo, he podido leer sobre lo que han hecho los regímenes comunistas donde se han implementado, y asimismo los socialistas. Si bien estos últimos, algunas veces, han tenido una magnífica proyección, no ha sido una experiencia común. Lo de Maduro en Venezuela es, por ejemplo, absolutamente deplorable. Al contrario, lo logrado por Evo en Bolivia fue para resaltar, pero terminó desviándose de una manera inevitablemente descarada. A veces, ya ni siquiera se trata de ideologías, sino de comportamientos.

Esto no quiere decir que el capitalismo neoliberal (por usar el término) sea la cumbre de la “felicidad” en una sociedad. Según cómo lo veo, lo que le da fortaleza a cualquier régimen económico es la fortaleza de la democracia, y por ella debemos alzar el puño, derecho o izquierdo. Es solo el principio. Después (o paralelamente), estará el manejo de la regulación. El neoliberalismo ha generado las desigualdades más espeluznantes en la historia. El neoliberalismo no puede ser un “conjunto de normas responsables”, porque la responsabilidad es un concepto muy amplio para ser subsumido en unas cuantas líneas. Uno se pregunta, ¿qué es el libre mercado? El concepto es tan abierto que los límites se hacen tan sinuosos como sinuosas son las conciencias de las personas. Basta preguntarnos tan solo qué significa el que algo, o alguien, sea “libre”. Y luego, ¿qué es un mercado? ¿Qué incluye? ¿Qué lo influye? Y, más adelante, ¿qué sería un mercado libre?

La carencia de dicha delimitación es justamente la razón por la cual el neoliberalismo no puede ser un conjunto responsable de normas. Hablar de la supuesta “mano negra” es burlarse de la inteligencia de las personas (cuyas adquisiciones van a terminar enriqueciendo tus bolsillos, ¿verdad?) para “explicar” el vacío que nunca podrás llegar a entender. ¿La supresión de la intervención del Estado implica mayor libertad? Veamos. Deja a las empresas actuar. Ejemplo, se forma un monopolio: todas las demás, las “débiles”, deberán cerrar en el tiempo. Pérdida de empleos, duros golpes a las familias. ¿Se mantiene la libertad? ¿Dónde?, ya que no la encuentro. Sería una “¿libertad para qué?”, en todo caso. Quizás, libertad para aceptar que ese monopolio ya cerró todos los caminos en lo que uno hacía, en aquello a lo que uno se dedicaba, en lo que para uno era su medio de vida, en lo que uno era diestro.

Otro ejemplo. Quitemos el Estado y que haya más “libertad” en el poder de decisión de los gerentes. Que sigan explotando a sus trabajadores. Que sigan utilizando su “hay otros que querrían estar en tu puesto”. Que sigan incumpliendo contratos (si los hay). Que sigan ofreciendo condiciones precarias: así, habrá menos en qué gastar y más para su billetera, incluso cuando tengan suficiente como para ya no trabajar (o “colaborar”) más.

Dos jóvenes han muerto y es una tragedia. Pero, a su vez, su recuerdo quedará. No solo en los corazones de sus familias y de quienes los conocieron, sino de un imaginario popular laboral y social que cada vez se harta más de todo este abuso. Y también, como un perenne recordatorio de por qué el neoliberalismo, desde su conceptuación, no puede ser responsable.

Allá, muy lejos, muy alto, Alexandra y Carlos se habrán vuelto a juntar, esta vez, para vivir todos sus sueños.

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