Un curso de Ética y su trabajo de campo

Me remonto al segundo semestre del año 2007, cuando cursé mi último ciclo para el grado de bachiller en la universidad. Entre los cursos faltantes, estaba uno llamado Ética Profesional en Ingeniería Industrial. Este curso, que sigue vigente a la fecha, es un tipo de curso que las diversas ingenierías estaban llevando en aquel tiempo. Tenía 22 años en ese entonces.

En cuanto a Ingeniería Industrial, el curso tenía dos partes claramente marcadas. Por un lado, había, por supuesto, un dictado en clases regulares donde se trataba la teoría y debíamos reflexionar a partir de un fajo de lecturas. Asimismo, cierta asignación que debimos cumplir relacionada con un análisis de responsabilidad social empresarial mediante la aplicación de un gráfico de radar para un caso específico.

Por otro lado, aparte de las clases, hubo también un trabajo de campo donde debíamos propiciar una transformación económico-familiar en un conjunto de familias en condición precaria en una comunidad del Proyecto Especial Ciudad Pachacútec, ubicado en el distrito de Ventanilla, provincia constitucional del Callao, departamento de Lima. Puede encontrarse información en la web sobre Ciudad Pachacútec.

El curso debe haber tenido unos tres o cuatro horarios abiertos en el ciclo. En cada horario se formó grupos y, a cada grupo, le tocó interactuar con una de las familias de la comunidad mencionada, con las cuales las autoridades del curso ya habían hecho un contacto y coordinación previos.

Nuestro trabajo como estudiantes consistía en proponer a la familia, básicamente, uno de dos caminos a seguir: o bien realizar una mejora puntual en la infraestructura de su vivienda, o bien implementar un pequeño negocio familiar de venta de abarrotes (en sí, el proyecto del ciclo se enmarcaba en un proyecto más grande, llamado “Forma un Nanoempresario”). Paralelamente, debíamos conocer a la familia (generar “familiarización”), las condiciones que debían afrontar, sus problemas del día a día, y también sus fortalezas y alegrías.

En el caso de mi grupo, se acordó ir por el negocio con la familia. En total, si mal no recuerdo, llegamos a realizar cinco visitas a la zona. Si fue más, tan solo fue una adicional. Las tres primeras visitas (una vez más, si mal no recuerdo) fue con transporte pagado por la universidad. El resto fue por cuenta propia. En ese sentido, tuvimos que comprar la madera y los abarrotes, coordinar la asistencia de un carpintero y apoyar en el traslado y el levantamiento físico del negocio.

Cada uno de nosotros aportaba al proyecto desde las habilidades que más había desarrollado, y el aprendizaje fue mutuo. En mi caso, aparte de las labores físicas a las que aportamos todos, descubrí que me era más natural el juego y la conversación con los niños. La familia, por iniciativa propia, nos proporcionó comida en determinadas oportunidades. Asimismo, el último día que la visitamos como grupo -justamente, el mismo que levantamos el negocio-, ya entrada la noche, la madre preparó un lonche que gentilmente nos invitó. La Navidad ya no estaba tan lejana.

Parte del financiamiento para el proyecto lo obtuvimos de una venta de rifas que nos fueron entregadas a cada estudiante, muchas de las cuales terminaron siendo compradas por nosotros mismos. Aunque imagino que estaba prohibido en la universidad, se sentía la obligación (quizás, hubo un curioso juego de palabras que no detecté y que ya no me sería posible recordar) de tener que vender todas las rifas al precio dado, una exigencia que generó incomodidad en algunas personas, pero se trataba de que los estudiantes no tuvieran que utilizar su propio dinero para cubrir los gastos (y, cabe interpretar, que no se viera a la universidad como exigiendo el gasto en el proyecto a los estudiantes).

En una maestría que estudié años después, hice una presentación sobre este proyecto. Una crítica que hice fue que los objetivos y la estructura de trabajo fueron propuestos (¿impuestos?) por la institución académica, y, si bien la propia familia fue partícipe del proceso de desarrollo, no fue parte de su concepción. Asimismo, puede pensarse también que, dadas las condiciones de vida de la familia, tal vez la probabilidad de que se negara a participar era muy baja.

En la actualidad, pienso que no se puede ser tajante con ninguna mirada. Es una actividad que puede analizarse desde diversas aristas. Uno puede plantearse las siguientes preguntas:

¿Puede una universidad proponer un proyecto así a una comunidad como la que participó en el proyecto? ¿Por qué sí o por qué no? Asimismo, ¿cuál fue el proceso seguido para hacer esa propuesta? Y, ¿cuáles fueron las finalidades que buscaban lograrse? Como parte de dichas finalidades, ¿existe alguna traba moral en cuanto al hecho de que una coyuntura era la concreción de una formación académica? Quienes participamos en el proceso, los estudiantes, ¿teníamos la oportunidad de cambiar el proceso? ¿O debíamos cargar con la responsabilidad de un proyecto en cuya concepción no participamos y que podía prestarse a cuestionamientos (negativos) por parte de otras miradas? Considerando los resultados esperados del proyecto, el cual contó con una consulta previa e informada a las familias, ¿qué impediría que hubiese también un “cuestionamiento positivo”?

En Psicología Comunitaria, descubrí que los procesos psicosociales pueden ser mucho más complejos de lo que se piensan desde disciplinas no centradas en esos ámbitos. Por supuesto, esta comprensión no la tuve aquel 2007-2. Sin embargo, la imagen que me llevé, y que sostengo ahora, es que fue una experiencia enriquecedora, no solo para mi grupo, sino también para la familia, y también para el resto de participantes.

En lo personal, la experiencia me aportó una mirada crucial en el conocimiento y entendimiento de la sociedad. Hay mucha desigualdad y mucha carencia, y nuestra labor como profesionales y personas debe estar motivada por la construcción de realidades diferentes para el mundo contextual en que vivimos. Esa es una de las principales enseñanzas que me dejó mi universidad.

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