Una sensación no definida con claridad, pero, además, una de futuro

Al llegar a casa, mis familiares me felicitaron luego de conocer la noticia por mí. Sus saludos fueron afectuosos y calmos, excepto el de mi hermano, que fue efusivo. Si bien yo mismo intenté minimizar mi logro al decir que había pasado primero a ciclo inicial, él le restó importancia y se enfocó en el hecho principal.

Lo primero que hice después, esa misma noche, fue ir directamente a la casa de la amiga que cautivaba mi corazón en ese tiempo -cuando, en realidad, ni siquiera había llegado a conocerla con mayor detenimiento; no obstante, la combinación de su forma de ser, su manera de mostrarse al mundo y la belleza que veía en ella, fueron un combo que me generó un impacto suficiente como para llegar a identificar en mí que me había enamorado-.

Le toqué el timbre (sí, aún era la época donde buscabas a las personas yendo a su misma casa); vivía frente a una avenida que estaba bastante transitada en ese momento. Me comentó que no le era posible salir, pero que podíamos hablar a través del intercomunicador (sí, también podía darse…; era 2002 y tenía 17, y le llevaba uno). Así lo hicimos y le conté lo que había acontecido, mi ingreso a la universidad y que ella había sido mi inspiración, y lo que sentía por ella. Me respondió una serie de cosas respecto de las cuales, entre “ajá” y “ajá”, la verdad es que no escuché ni una décima parte de lo que dijo por el ruido de los carros afuera, pero sí alcancé el entendimiento de que no era un amor (si se le puede llamar así) correspondido, y no es que no me lo hubiera esperado. Sin embargo, lo más gracioso es que le dije, cuando acabó de hablar, que no le había escuchado bien por el bullicio, pero que no se preocupara de nada, que todo estaba bien, y luego nos despedimos. En realidad, había ido a morir de pie sabiéndolo de antemano, pero fue una experiencia importante el haber tomado la decisión de hacerlo.

En otro día, su mejor amiga en ese tiempo (incluso, compartían fecha de nacimiento), que también era una de mis mejores amigas, me ofreció contarme lo que ella me había dicho por el intercomunicador (por supuesto, mejores amigas tendrían que contarse estas cosas…). Por una cuestión de orgullo, seguramente basado en un miedo intrínseco a conocer el mensaje, le respondí que no era necesario, y me quedé sin saberlo para siempre. Que se mantenga así. Al final, ese misterio mantiene la mística de aquella experiencia, que fue extrañamente bonita.

No mucho tiempo después, se mudó con toda su familia a Chicago para formar una nueva vida en aquel país del norte. No obstante, varios años más adelante, nos hicimos amigos de verdad mediante largas y sinceras conversaciones a través del chat del Facebook, y le formé un gran cariño que únicamente se explayaba mediante la amistad. El tiempo ya había pasado, y siguió pasando. Si bien nuestras conversaciones no eran constantes, un día, simplemente, dejaron de ocurrir, y los años siguieron transcurriendo hasta el día de hoy, cuando ya mucho de lo que he vivido ha quedado atrás. Tan solo le deseo lo mejor donde quiera que esté.

Al volver a casa, mi hermano me pidió acompañarlo a casa de uno de sus mejores amigos, en el barrio, que también vivía en la avenida que había mencionado antes. Siguiendo la tradición de los “cachimbos” (término empleado en Lima para quienes recién han ingresado a la universidad), luego de recibir las respectivas felicitaciones, mi hermano y sus amigos, quienes estaban en plena reunión festiva (o “tono”, como se le dice también en Lima), me cortaron mechones de pelo sin, por supuesto, ninguna estética. Yo, simplemente, sonreía. Un rato después, me despedí del grupo y retorné a casa. Estaba lleno de pensamientos y no era mi ambiente.

Las sensaciones de aquella noche generaban una mezcla no definida en mi persona. No me sentía tan entusiasmado por el ingreso (lo cual no quiere decir que no lo deseara con todas mis fuerzas ni que el esfuerzo de preparación no hubiera sido vasto), ni tampoco muy decepcionado por la cuestión con mi amiga. Más bien, mi mente ya había empezado, creo yo, a preparar el camino para lo que iba a darse el siguiente mes. ¿Y qué era eso? Mi nueva vida y el inicio del futuro.

Al día siguiente, fui a hacerme arreglar el pelo. Fue un día tranquilo. Por la tarde, recuerdo a mis padres preparando, con mucha concentración y detalle, la declaración jurada de ingresos y egresos que debía presentarse a la universidad, de manera obligatoria, para que esta me asignara una escala de pagos.

Así, al día subsiguiente, iría de nuevo a la PUCP para hacer la presentación respectiva de los documentos. Posteriormente, solo quedaría esperar el inicio del semestre académico en agosto.

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