El lado social

Aquel periodo de academia pre-universitaria fue uno en los que más he reído durante mi vida. Asimismo, formé amistades que, si bien no trascendieron luego, fueron magníficas mientras duraron. En cierto momento del ciclo, fuimos mudados de aula: pasamos de una en el primer piso a una en el segundo, la cual tenía mucho mejor iluminación y daba la impresión de ser más grande (y también recuerdo que, en otro momento, se dividió la sección en A y B).

Mientras que abajo solía sentarme por la mitad, arriba pasé a ubicarme siempre atrás, con los amigos que ya había formado, y la pasábamos genial en las clases. Llamaré John al mejor amigo que tuve en aquel periodo, con quien, coincidentemente, compartía fecha de cumpleaños. Tanto él como yo ingresamos a la PUCP en julio (2002), aunque él a Letras y yo a Ciencias. Básicamente, una vez adentro, el contacto se perdió; no obstante, en Trilce formamos un equipo crucial.

John era el tipo de persona que inventaba, impredeciblemente, boberías en momentos “no apropiados” (en otras palabras, muy apropiados, si se me permite), las que causaban, en reiteradas ocasiones, una risa incontenible (a lo que contribuía el momento en que venían). En una de sus locuras, empezaba a palmear un costado de la zona baja de su estómago mientras simulaba gemidos (todo en plena clase, con el volumen “exacto” como para ser audible, pero no captado), para luego decir “Carla, lo estás haciendo más o menos”, siendo Carla el nombre que usaré para referirme a la compañera que estaba a un par de carpetas más allá y que también se divertía con la broma.

John y yo intercambiábamos razonamientos para resolver los ejercicios que se nos presentaban. Yo solía mantener una idea que me generaba una cierta tensión de baja intensidad. Pensaba que, si no me era posible resolver algún ejercicio, mi ingreso a la universidad peligraba. Sin embargo, por supuesto, no necesariamente iba a ser así (era una idea exagerada, en pocas palabras) y, cuando en clase identificaba cómo abordar el ejercicio, sentía una sensación de alivio y alegría que expresaba en palabras en mi conversación con John. De ninguna manera, tenía alguna intención de hacer sentir mal a nadie. Ni siquiera se me ocurrió que ello podía pasar a raíz de mis comentarios.

En sí, lo mío era una especie de celebración, como decir: “¡Listo, ya está, la tenemos!”, o, “Empecemos. Yo seré Einstein, ¿tú quién serás?”, y cosas así. Me alegraba la idea de estar encaminado para cualquier ejercicio, en especial los más enrevesados. Lamentablemente, en otro momento, una amiga, a quien llamaré Sally, me contó que mis comentarios estaban cayendo mal en el aula, y algunos habían llegado a verme como alguien jactancioso (lo que llamamos “sobrado” o “creído” en Lima).

Me sorprendió saberlo. La verdad, mi conversación se mezclaba con las demás conversaciones que acontecían en el aula mientras trabajábamos. Entiendo que otras personas pueden haber puesto atención a esos (inofensivos) comentarios que algunas veces hice en mis conversaciones con John; sin embargo, en ningún momento quise jactarme de nada ni mostrarme por encima de los demás. Asimismo, si bien no había tomado cuenta de la situación en dicho periodo, entiendo ahora que los comentarios pueden haber caído mal. Aun así, nunca he llegado a sentirme en falta; estoy plenamente seguro de que nunca tuve intención de hacerme notar.

Con esa chica, Sally, formé una buena amistad en aquel tiempo. Hasta, incluso, llegué a demostrarle cariño besando su mano o su frente una vez, pero siempre desde la postura de un amigo. No supe sino hasta uno de los últimos días de clase que estaba enamorada de mí, pero ella era consciente de que no podía corresponderle.

En aquella clase, ella me entregó un papel pequeño y me dijo que no lo abra hasta que se hubiese ido del salón, lo cual hizo inmediatamente para retirarse de la sede (y ya no regresar). Yo leí la nota y ahí, corta, estaba su declaración. Salí rápidamente para alcanzarla y conversamos un momento. Me comentó lo que sentía por mí, pero sabía ella que no tenía posibilidad, ya que yo le había confesado mi enamoramiento por otra persona (no de Trilce, sino del barrio). Le pregunté sobre el enamorado del cual me había hablado con tanto detalle, pero me dijo que esa historia había sido inventada. El motivo: una estrategia para que yo no descubriera sus sentimientos hacia mí (quizás, debí haberlos intuido al saber que guardaba una foto mía tamaño carné que le di). Aquella historia me la contó un día que fuimos a pasear a Plaza San Miguel, que quedaba cerca.

Yo me disculpé por no poder corresponderle, le dije que era una gran persona, que iba a llegar a encontrar a alguien que le correspondiese, y le entregué mis mejores deseos. Pensé, en ese momento, a mis 17 años, que ese tipo de mensaje era bueno por ser diplomático pero, ahora que vuelvo al respecto, quizás bastaba con decir lo siento y no quedar condescendiente. Ella también me dio sus mejores deseos y, luego de un abrazo, siguió su camino y regresé al salón. No nos volvimos a ver. Ella no llegó a postular a la PUCP, sino a otra universidad. Volví a hablar con ella en una oportunidad posterior, me parece que antes de empezar mis nuevos estudios. Fue por teléfono. Intercambiamos algunas actualizaciones personales y eso fue todo.

Con otro buen amigo que hice aquel periodo, a quien llamaré Alberto, de la misma manera, la última vez que conversé fue por teléfono. Lo llamé luego de un tiempo de iniciados mis estudios para saber cómo estaba. Él tenía más edad que los demás y, si mal no recuerdo, había estado estudiando en otra universidad, pero la dejó porque deseaba estar en la PUCP, así que entró a Trilce para prepararse. En aquella ocasión, me comentó que había ingresado y se encontraba estudiando, y dejamos abierta la posibilidad de juntarnos en el campus. Sin embargo, este encuentro nunca se llegó a dar. Recuerdo una experiencia en la cual, comprometidos con el próximo examen de admisión, nos reunimos John y yo en casa de Alberto para estudiar y quedarnos de amanecida; aunque, en realidad, a un poco más allá de la medianoche, nos fuimos a dormir. Espero que le esté yendo muy bien en su carrera.

A John lo vi un par de veces en la universidad. Sin embargo, ya no se sentía la misma amistad de antes. Inevitablemente, cada uno había seguido caminos distintos y eso era natural. Tuvimos, también, algunas conversaciones por chat, pero ya quedaron atrás. De igual forma, le deseo lo mejor.

Siempre hay un aprendizaje en todo lo que vivimos y hay que valorarlo. Asimismo, el desarrollo de la propia vida continúa y no podemos estancarnos en un pasado donde ya no hay nada más para nadie.

Lo que siguió a la etapa en Trilce fue rendir el examen de admisión. Hora de probarnos ante el reto final, que, a su vez, representaba, si lo superábamos, el inicio de un nuevo y gran reto. Uno para toda la vida.

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