El día del examen

El día del examen, intenté buscar motivación en un ámbito material, pero de gran significancia para mí. En aquel tiempo, las opciones se reducían a una sola: mi camiseta del Barcelona. Al final de los días, habría querido estar con esa camiseta puesta. Ese día, un domingo de julio de 2002, fue un punto crucial en mi vida. Era el siguiente paso trascendental en mi crecimiento como profesional (o, más específicamente, como pre-profesional) y, sobre todo, como persona: la oportunidad de iniciar mi formación universitaria. Para ello, debía vencer en el gran reto que se presentaba frente a mí y que representaba el fin de un proceso, intenso, pero a la vez la puerta de entrada a otro, infinito. Ese reto era el examen de admisión a la Pontificia Universidad Católica del Perú, mi universidad soñada.

Entonces, así fui. Primero, un polo negro (que puede haber sido de Iron Maiden -mi banda inspiración-, no lo tengo claro en la mente); encima, el de Barcelona y, finalmente, una chompa (jersey) ligera negra. En julio, nos encontramos, aproximadamente, atravesando la mitad del invierno en teoría, aunque las sensaciones térmicas correspondientes suelen correrse. Ese día no hacía mucho frío en la mañana, pero sí daba para abrigarse (posteriormente, salió sol).

Cuando llegué a la universidad, antes de entrar, me reuní con la gente de Trilce que estaba en la parte de afuera, haciendo cánticos para liberar los nervios. No encontré a mis conocidos, excepto por mi tutora, que apoyaba la organización de los postulantes trilceños en ese momento. Ese mismo esquema era repetido por las distintas academias y sus postulantes; es decir, fuera de la universidad, se armaban las hordas para motivarse antes de entrar. Otros, simplemente, no se sumaban e iban directo al interior de la casa de estudios.

Después de un rato no muy prolongado, me retiré del grupo y fui hacia la puerta de ingreso. Una vez dentro, me dirigí hacia mi aula de examen, ubicada en la Facultad de Estudios Generales Letras (lo cual era independiente de la carrera a la que postulabas; yo iba a Ingeniería Industrial), previo paso por el servicio higiénico. Aún quedaban algunos minutos antes del inicio.

Fui a mi carpeta y esperé el inicio; el examen sería de tres horas. Si mal no recuerdo, de 9 a 12. Y llegó la indicación. Yo había llevado mis propios útiles, pero allí nos los proporcionaron también. Se repartieron los cuadernillos de preguntas y las hojas de respuesta. Es más, teniendo el examen cuatro secciones, con un plazo de resolución igual para cada una, recién podíamos abrir la sección de ejercicios correspondiente a la sección cuando esta tocaba iniciar (o, quizás, en el intercambio de secciones, se recogía el cuadernillo previo y se entregaba el nuevo; no lo recuerdo tan claro). Al final, lo único con lo que nos quedábamos era con los útiles que nos habían entregado (lápiz y borrador).

Las preguntas, tanto en las secciones de verbal como las de matemática, por supuesto, apelaban al razonamiento agudo, pero no estaban diseñadas para ser “imposibles”. No tendría sentido. En matemáticas, además, el nivel de tecnicismo de los ejercicios era menos denso que lo visto en Trilce. Es decir, muchos de los ejercicios que resolví durante la academia implicaban un mayor tiempo de resolución. No obstante, al notar la diferencia, descubrí que ese tipo de ejercicios, de cierta manera, pesados, si bien eran un gran entrenamiento, no eran parte del enfoque del examen de admisión, el cual apelaba principalmente a la agudeza en el entendimiento del problema y, a partir de allí, poder resolverlo sin que tome un tiempo prolongado. Asimismo, para un examen así, debía haber un equilibrio entre los ejercicios, y el conjunto de los mismos debía poder resolverse en el tiempo dado sin sobrecargas innecesarias.

No puedo decir que no estuve nervioso durante el examen, sumado al desgaste de no haber descansado plenamente la noche anterior frente a la sensación de anticipación de lo que venía. Esos factores deben haber jugado en mi contra. Una cosa eran los exámenes de práctica en Trilce y, otra, el examen de admisión, que, además de su propio grado de dificultad, acarreaba consigo la presión de tener que ingresar. No era una presión que mis padres ponían sobre mí, sino la propia. No podía fallar. En un determinado momento, incluso, noté que estaba marcando mal las respuestas en la cartilla: me había corrido una pregunta, así que debí borrar y marcar de nuevo. ¿Puedes creerlo? De todas maneras, debo decir que siempre he solido revisar lo que hago antes de entregar, y más en una ocasión así.

El asunto es que seguí siendo yo mismo ese día. ¿Que si pude haber resuelto mejor? En definitiva. Tan solo, habría necesitado mayor quietud y claridad mental. Había una cierta tensión silenciosa que me acompañaba, difícil de evitar. No obstante, una vez más, seguí siendo yo. Mi ser entero estuvo allí durante las tres horas, así que los errores que pude haber tenido se debieron a mí mismo.

Al terminar, se recogió el material y salimos toda el aula, a juntarnos con el resto de la masa, que también salía. Me dirigí directamente a casa, caminando y pensando. Se venía la espera.

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