Meditaciones

Escrito originalmente el 19 o 20 de noviembre.


No creo que sea más la persona que fui. Y, a este punto, ya ni sé dónde se encontraría el momento del cambio. Soy alguien que piensa que el cambio en las personas, desde su interior, es un proceso continuo, premeditado o no, ineludible, y hasta a veces inenarrable. En ese sentido, y ya pensando desde mi propia persona, mi mente siempre ha estado llena de vaivenes, como si se tratara de múltiples entes invisibles que a veces duermen y, cuando no, merodean rastreramente, generando presiones sobre mis pensamientos, o sobre aquello que vive detrás de ellos, y que casi nunca se sabe qué es exactamente; algo sobre lo que solo se puede adivinar o, quizás, llegar a conclusiones con alguna apariencia de logicismo. No son entes, aquellos, amigables, pero son parte de mi propia naturaleza. Alguien podría cuestionarme, decirme que lo que existe dentro de mí es, por consiguiente, no ajeno a mí. No puedo rebatirlo; es más, lo adopto. No obstante, las cuestiones de la mente están entre las más complejas que pueden existir en la naturaleza.

Aun así, en la misma manera en que puedo observar mi mano cogiendo este portaminas, mis dedos en una curvatura determinada en la medida que plasmo estos pensamientos, y las siluetas finas de carboncillo que van quedando sobre el papel mientras voy de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, es imposible observar mi propia mente. Es imposible entender el espacio inmaterial en el que opera el cerebro: ¿qué carga consigo?, ¿qué capacidad de almacenamiento tiene?, ¿cómo se administra esta capacidad?, ¿qué “algoritmos” lo hacen funcionar?, ¿cuenta con pesares propios, o sus pesares son los mismos que mi ser corporal ha vivido generando en su interacción con el mundo con todos los sentidos disponibles?

¿Quién realmente conoce su mente? Hay disciplinas que se dedican a estudiarla, pero creo que solo se avanzará sin llegar nunca a comprender plenamente sus maneras. Siempre habrá algo que nadie podrá encontrar, como dice una canción. Sin embargo, hay que intentar establecer un dominio sobre la mente, lo que implica asumir, como un posible humilde inicio, que, al menos, está dividida en dos partes, una pasiva y una activa, siendo esta última una especie de “poder ejecutivo” y, la otra, un “poder legislativo” que se encuentra ejerciendo control (por cierto, sin ninguna alusión al “gracioso” Estado peruano actual). No obstante, podría preguntar, por ejemplo, quién (cuál parte) está escribiendo estas palabras, y sería yo. ¿Y quién soy yo? Mi mente (como estructura donde se aloja y reproduce el pensamiento) y mi pensamiento (la acción continua de analizar y decidir). En ese sentido, ¿cuál de las dos partes estaría influyendo, al menos mayoritariamente, en el acto de escribir lo que escribo? No lo sé, tal vez ambas. Es más, me animaría a decir que, más que de dos partes, una mente es a la vez infinitas mentes entrelazadas, o tal vez se trate de infinitas estructuras de pensamiento moldeadas por una sola mente.

Es difícil saber cuándo cambié. Para otros, podría ser el mismo. Sin embargo, uno sabe. Es cuando sientes distinto, piensas distinto, tu iniciativa es distinta. Son cuestiones que no necesariamente se guían por una lógica, ni interna ni externa. Es la vivencia pasiva y activa de la experiencia, o la no vivencia de la misma (pero con el conocimiento de su existencia), la que genera impactos en la mente. Impactos que remueven lo actual y lo lejano, y que debe volverse a ordenar —si es que ello aún resulta posible—. O, en cambio, frente a una insuficiencia de recursos cognitivos personales, dejar que fluya la corriente.

Es compleja la vida. No había podido sentarme y dejar unas líneas desde hace semanas. Muchos ya sabrán lo acontecido en mi país hace no mucho. Habrá tiempo de escribir mucho sobre ello. Indudablemente, la indiferencia no cabe en estos lares, y los impactos sobre las mentes de las personas hacen sentir su presencia. Yo seguiré intentando descifrar mis “archivos”, darles un orden en la medida de lo posible y reubicar una mirada entre la maraña de entes que, deformes e indeseables, oscurecen el ambiente, perturban el andar, pero no llegan a tapar completamente el sol.


Foto de portada por Octoptimist (Pexels).

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