Con base en una referencia previa, republico la siguiente historia originalmente lanzada al público el 3 de marzo de 2016 en este blog, pero con alguna edición extra. He intentado mantener la esencia del momento en que la escribí, como si me encontrara en aquel tiempo. Esta es la primera parte.
La travesía continúa. Nos levantamos, bajamos a desayunar, nos alistamos y partimos hacia el puerto. El cielo carecía de un sol, aún lloviznaba. Había llovido toda la noche, en realidad. Las lanchas estaban mojadas en las partes expuestas.
El siguiente tramo del viaje empezó. El guía dio a todos unas indicaciones; entre ellas, que llegar a Taquile tomaría entre 40 y 45 minutos.
Fui a cubierta con Liu. El ambiente estaba frío y el lago, movido, lo cual hacía tambalear la lancha hacia los lados en su avance. Mantener el equilibrio estando parado no era poca cosa. Estar allí, sin embargo, era una experiencia incomparable. Tomamos algunas fotos y grabamos videos. Aquel momento a la intemperie debía quedar registrado.
Nos acompañó un rato la compañera estadounidense. Liu grabó un video con ella también. Cuando ya estábamos por llegar, salió el guía a pasarnos la voz. Al descender, notamos que algunas personas estaban en “muere”: el balanceo los había afectado.


En Taquile (3950 m s. n. m., aproximadamente), debíamos seguir un camino hecho por los pobladores hasta llegar a la Plaza de Armas. Previamente, Liu me había propuesto subir hasta el punto más alto de la isla (a 4050 m s. n. m.), por lo que habíamos estado coordinando con el guía un tema de tiempos.
La cuestión es que bajamos de la lancha y emprendimos camino en subida hacia la plaza. Nos adelantamos rápidamente, no solo porque teníamos un paso de mayor velocidad, sino porque los demás demoraron en empezar. En el camino, las vistas del Titicaca no dejaban de ser impresionantes. Es como un mar sin fin. Apoteósico, infinito.
Llegamos a la plaza, que funciona también como un mirador hacia el lago. Sin embargo, en lugar de algún monumento o construcción al centro, como es usual en las plazas peruanas, uno se encuentra con un gran espacio vacío. Estuvimos esperando un rato a que llegaran los demás. Un poblador se acercó a cobrarnos entrada, pero estaba incluida en el esquema de viaje. Le explicamos que en un rato más vendría nuestro guía y que él le daría la información. No nos creía, pero luego se fue y quedó a la espera.

Decidimos ir a explorar para saber por dónde podíamos subir al punto más alto; sin embargo, al no tener certezas, consultamos a un poblador, quien nos trató como principiantes 1 al dar a entender que tendríamos dificultades con cierta ruta y que mejor era tomar otra. Bajamos nuevamente y decidimos esperar al guía para que nos informara mejor.
Había una tiendita. Se me ocurrió comprar una galleta, pero no iba a pagar dos soles por ella ni cinco por un sublime 2. Compré un plátano por las cercanías a 50 céntimos. Empezaban a llegar los demás compañeros y compañeras de viaje. Les pedí a las chilenas tomarnos unas fotos y accedieron. Me contó la linda pelirroja 3 que no asistieron el día anterior a la fiesta comunal porque prefirieron descansar.
A lo nuestro. Encontramos al guía. Conocedor de nuestra mayor capacidad para caminar (en subida) por habernos estado observando, nos indicó el camino hacia la cima incluyendo una mención a que llegaríamos sin problema. Iniciamos la ruta mientras el resto se quedaría un rato a pasear por la plaza, visitar un museo y, finalmente, trasladarse a un restaurante que estaba hacia el interior en la isla.
Al llegar al punto más alto, encontré unas ruinas de piedra, como salones construidos para algún propósito determinado. Luego llegó Liu. Estuvimos tomando fotos por los alrededores. A lo lejos se divisaban otras islas. Al bajar, nos equivocamos de camino, pero retomamos el inicial tras una breve búsqueda.
Tanto en la subida como la bajada, nos topamos con un grupo de carneros. Sin embargo, en la bajada, la señora que los pastoreaba, al verme fotografiar a sus animalitos, intentaba decirme que le tome una foto a ella, lo que en un inicio no entendí, ya que no pronunciaba muy bien español, y sus señas no eran muy claras.
Posó y le tomé la foto. Intuía que algo me iba a pedir, aunque no estaba prestándole mucha atención tras la foto. Y, efectivamente, me pidió dinero, a lo que respondí con una suma muy pequeña. Me cobraba por haber posado para mi cámara, como si para mí ver a una pobladora andina fuera una novedad o como estar viendo a una persona exótica, de las que “casi no existen en mi país” 4. Además, no hacía su solicitud con amabilidad, sino como si yo le debiera (a pesar de que fue ella quien me pidió que se la tomara). Posteriormente, borraría la foto y solo pasarían a la posteridad entre mis imágenes sus carneritos 5.
Llegamos a la vía principal y nos dirigimos al restaurante. Estaba la gente ya reunida allí, en las mesas. Sin embargo, antes del almuerzo, el guía estaba haciendo una interesante explicación sobre la vestimenta de hombres y mujeres en la isla de aproximadamente 2000 habitantes 6. Asimismo, hablaba sobre los tejidos y el proceso de producción. Estas prendas tienen gran importancia en Taquile y son un símbolo dentro de la vasta cultura andina peruana.
Pedí un menú de sopa de quinua de entrada, trucha frita de segundo y mate de coca. Estuve conversando con Liu y, de momentos, intercambiando palabras con otros viajeros, o tan solo escuchando sus historias. Quienes terminaban se iban yendo o esperaban un rato más.

Era hora de regresar a Puno. Nuestra lancha ya no estaba ubicada en el puerto donde desembarcamos, sino al otro extremo, en el puerto Chilcano, cruzando la isla. En nuestro camino, vi a una niña vendiendo trabajitos a mano. Me llamó la atención los distintos modelos de carneritos de lana que tenía. Le compré uno a 5 soles.
Lo siguiente era la bajada de 500 escalones. Desde arriba se veía el estacionamiento de lanchas. En la ruta, nos cruzamos con unos carneros que no se asustaban, lo cual me sorprendió. Ya abajo, nos dirigimos a la nuestra, pero notamos que, por el momento, no había nada que hacer allí mientras no llegaran todos los demás. Debido a ello, dejamos la lancha y cada quien fue por su lado a explorar. Liu me pasó la voz para descender a una pequeña saliente que nos acercaba al nivel del lago. Fue refrescante introducir los pies dentro del agua, la cual se mostraba mansa. En su interior, se veía distintas formas de plantas.
Ahora sí, era hora de embarcar. Dani, la compañera alemana, interactuaba con un niño que jugaba con unas tortugas de juguete. Arrancó el viaje de retorno a la ciudad de Puno, que duraría unas tres horas. Inicialmente, estábamos en la parte posterior de la lancha junto a otras personas. Luego, subimos a cubierta.
Con la calma, el sol, la frescura, lo caminado y aun lo dormido, hacía sueño. Pasé al otro lado de la baranda, me eché sobre la superficie y continué el viaje en dicha posición. Eventualmente, me quedaba dormido por ratos. A pesar del sol, corría un viento frío. Debía cubrirme el rostro para protegerme de los fuertes rayos solares (el día anterior no había usado bloqueador por pura pereza). Fue una de las mejores siestas interrumpidas de mi vida.
En cierto momento, otras personas también subieron y estuvieron dormitando en la parte rodeada por la baranda. Por mi parte, habré estado descansando unas dos horas al menos. Cuando faltaba como media hora para llegar, me senté y apoyé mi espalda en la baranda. El chino Liu, que también se había quedado jato 7 por ahí, hizo lo mismo. Estuvimos conversando hasta llegar a Puno.

Notas
1 Al revisar de nuevo estas palabras, no recuerdo ya el tono con el que nos habló. Posiblemente exageré. Prefiero pensar que el poblador estuvo lleno de buenas intenciones.
2 Sé que suena soberbio y lo lamento, pero ese fue el exacto motivo por el que no compré en la tienda. Si bien sé que había un costo logístico agregado, no es menos cierto que mi condición de turista podía haber influido. Aun así, ubicándome en aquel momento, me resultó caro para el precio que estaba dispuesto a pagar.
3 En el original, no incluí su nombre en esta oración, a pesar de saberlo. Al revisar estas palabras, si lo recordara, lo añadiría.
4 No quiero que se me malinterprete. En principio, veo a las personas como personas: todas iguales en dignidad. Tomar una foto de o con una persona es, para mí, un recuerdo valioso del momento y nada más. En ese sentido, el gesto de la señora me había molestado, ya que lo asocié con dos ideas que, aparentemente, me estaban siendo atribuidas: una, que veía diferencias entre las personas; dos, que conocía poco a mí país y, por tanto, solo habría visto a personas del mundo urbano capitalino. Aquí viene una segunda aclaración. Ante la posible pregunta: “Entonces, ¿te da lo mismo?”. ¡No! Se trata del motivo de la valoración que pueda existir. Por ejemplo, tomar(se) una foto porque se considera a la otra persona implícitamente como una “pieza de museo” es, en realidad, verse a uno mismo con superioridad. Rechazo plenamente esa postura y el egocentrismo implicado.
5 Y hay quien dirá, entonces, que debí pedirle permiso para fotografiar sus carneros. Posiblemente.
6 En aquel entonces.
7 “Dormido” en jerga limeña.

