Como el fuego

Hay algo sumamente atractivo en las históricas disputas entre Escocia e Inglaterra. He visto siempre la historia del Reino Unido como un referente en política, independientemente de la inaplicabilidad de una monarquía en tiempos actuales para, al menos, ciertos contextos. Me enfocaría, principalmente, en la gestión y la política pública, así como en las decisiones políticas que impactan sobre las riendas del país, surgidas en el llano del debate ejecutivo y parlamentario. No obstante, mirando hacia atrás, el resalte se lo llevan el poder de los reinos, su manejo político y, por supuesto, los grandes nombres.

Claro, hay que profundizar en dicha historia e ir más allá de lo mostrado en los medios audiovisuales o teatrales. Por mientras, hay nombres que no dejan de resonar. Para mí, en esta ocasión, se trata de María Estuardo. No me habría imaginado que su historia adulta, tras su retorno a Escocia, me fascinaría tanto. Mi cabeza está llena de imágenes de una mujer fiera de carácter, que se impone en la sala llena sobre la base de un ímpetu inquebrantable, una “incapacidad” para agachar la cabeza y un deseo de ir siempre hacia adelante.

Una forma de heroína que vio la derrota terrenal dejando la piel por sus ideales, pero con cuya muerte se elevó al estatus de diosa. Un espíritu que cruza el viento abarcando todo el territorio, aquel del reino en que vivió y el que se explaya hasta nuestros días, como si siempre, de manera invisible, cada vez que el cielo se vuelve amarillo, naranja y rojo, fuera en realidad su cabellera cobijando todo debajo. A millones.

Tanto en la representación teatral de Jimena Lindo en María Estuardo (Lima, 2024) como en la cinematográfica de Saoirse Ronan en Las dos reinas (EEUU, 2018), el personaje me resultó fenomenal y altamente inspirador. El rostro de Saoirse como ella se ha quedado grabado en mi mente, con su peculiar habilidad para cautivar(me) siendo tan genial ante mis ojos: sus ojos, nariz, boca, rostro, cabello vuelto en rojizo, como el de María Estuardo, o como la María Estuardo que llevo en mi mente, tan trágica, condenada, destinada al martirio… tan fuerte, sagaz, encaradora, tan como el fuego.

Estas palabras las dedico no solo a María Estuardo, sino a Saoirse Ronan, no solo por la interpretación que hizo de ella, la reina escocesa, sino por haberme dado un rostro en el cual pensar cuando piense en ella y aquello que quiso alcanzar, si es que estuvo alguna vez definido. Un proyecto que, lamentablemente, quedó tan frustrado y tan prontamente. No obstante, es la inspiración la que pervive inagotablemente.

Gracias. A ambas.

Le hice algunas preguntas a Gemini sobre la película Las dos reinas. Comparto las respuestas a continuación si les apeteciere leer al respecto.

Reseña

Aquí tienes una reseña de Las dos reinas (título original: Mary Queen of Scots, 2018), una película histórica que recrea la intensa rivalidad entre dos de las monarcas más fascinantes de la historia: María Estuardo de Escocia e Isabel I de Inglaterra.

Sinopsis General

La trama se centra en el regreso de María Estuardo (Saoirse Ronan) a Escocia tras enviudar del rey de Francia, dispuesta a reclamar su trono legítimo. Sin embargo, su presencia representa una amenaza directa para su prima, Isabel I (Margot Robbie), reina de Inglaterra. En un mundo dominado por hombres políticos, consejeros astutos y conspiraciones religiosas, ambas soberanas deben navegar entre el deseo de mantener su poder, la soledad del trono y la compleja relación de fascinación y rivalidad que las une.

Puntos Fuertes

Duelo actoral impecable: El verdadero motor de la película es la química a distancia entre Saoirse Ronan y Margot Robbie. Ronan dota a María de una fuerza, carisma y juventud arrolladoras, mientras que Robbie realiza un trabajo extraordinario mostrando la vulnerabilidad, la paranoia y el progresivo deterioro físico y emocional de Isabel I.

Diseño de producción y vestuario: Visualmente es bellísima. Los paisajes escoceses, la opulencia (y frialdad) de las cortes y, sobre todo, el vestuario y maquillaje (que le valieron nominaciones al Óscar) son excepcionales. El contraste visual entre la calidez de la corte de María y la rigidez casi fantasmal de la de Isabel está muy bien logrado.

Perspectiva de género: Dirigida por Josie Rourke, la película acierta al mostrar cómo estas dos mujeres fuertes fueron manipuladas, aisladas y puestas a competir por los hombres de su entorno, quienes no soportaban la idea de ser gobernados por mujeres.

Aspectos Polémicos o Débiles

Licencias históricas drásticas: Si buscas un documental riguroso, esta película te va a chirriar. El guion se toma libertades creativas enormes (basadas en la obra de John Guy). El cambio más criticado es el clímax de la película: un encuentro cara a cara entre María e Isabel que nunca ocurrió en la vida real (solo se comunicaban por cartas).

Ritmo irregular: A mitad del metraje, la acumulación de conspiraciones cortesanas, bodas fallidas y traiciones puede volverse un poco confusa o apresurada para quien no conozca bien la historia británica del siglo XVI.

Conclusión

Las dos reinas es más un drama político contemporáneo con trajes de época que una lección de historia estricta. Vale la pena verla principalmente por las monstruosas actuaciones de sus protagonistas y su impresionante apartado técnico. Es un retrato trágico sobre el costo del poder y la imposibilidad de la sororidad en un mundo diseñado por y para hombres.

El encuentro

Ese encuentro secreto entre sábanas y cortinas —que, como bien sabes, es pura ficción histórica— es visual y conceptualmente el clímax de la película. Más allá de la licencia poética, la directora Josie Rourke utiliza este espacio y la puesta en escena para representar varias ideas profundas:

1. El aislamiento y la desconfianza

El hecho de que se encuentren en un espacio lleno de sábanas blancas colgadas, donde apenas pueden verse claramente al principio, simboliza la red de mentiras, conspiraciones y consejeros que las rodea. No pueden verse directamente porque el poder y la política distorsionan su percepción mutua. Las sábanas actúan como un laberinto o una barrera que refleja lo difícil que es para ellas conectar de forma genuina, a pesar de ser las únicas dos personas en la isla que entienden el peso de llevar una corona.

2. Dos caras de la misma moneda (El espejo)

La escena funciona como un espejo trágico. Al cruzar las telas, se enfrentan cara a cara dos formas opuestas de entender la feminidad y el poder en el siglo XVI:

María representa la juventud, la fertilidad (ya tiene un heredero) y una pasión que la lleva a la impulsividad.

Isabel representa el sacrificio absoluto de su humanidad; se autodefine como un «hombre» en el trono, marchita por la viruela y estéril.

Cuando Isabel rompe a llorar y se esconde tras su cabello, se cae la máscara de la reina implacable y emerge la mujer vulnerable que envidia la vitalidad de su prima.

3. La imposibilidad de la alianza (El triunfo del patriarcado)

El encuentro representa el último intento desesperado por encontrar una aliada. María le habla de igual a igual, apelando a la hermandad y a la «sororidad» frente a los hombres que intentan destruirlas a ambas. Sin embargo, la barrera textil también anticipa que esa unión es imposible. El entorno político ya ha decidido que el mundo es demasiado pequeño para las dos; el sistema las obliga a ser rivales, y el lienzo blanco que las rodea termina sintiéndose casi como un sudario o un presagio de la ejecución final de María.

Es una escena bellísima porque, al despojarlas por un momento de la pompa de sus respectivas cortes y dejarlas solas entre telas, la película desnuda sus almas y muestra que, trágicamente, su destino ya estaba sellado por los hombres que las gobernaban en las sombras.

Rostros de blanco

En la época isabelina (la segunda mitad del siglo XVI), el rostro pintado de un blanco extremo no era solo un capricho estético; era un potente símbolo de estatus, juventud y poder, que además escondía una trágica necesidad médica.

El maquillaje que utilizaba Isabel I y que imitaba la aristocracia tenía significados muy concretos:

1. Estatus social y «pureza» aristocrática

En el siglo XVI, la piel extremadamente pálida indicaba riqueza. Significaba que eras un aristócrata y que, por tanto, no tenías que trabajar bajo el sol como los campesinos o la clase baja, quienes lucían pieles bronceadas y maltratadas. El blanco fantasmal comunicaba ocio, refinamiento y una supuesta «pureza» moral y de sangre.

2. La «Máscara de la Juventud» y el control político

Para la reina Isabel I, este maquillaje se convirtió en una herramienta de Estado fundamental a medida que envejecía. En una sociedad que veía con desconfianza a una mujer soltera y mayor en el trono, ella necesitaba proyectar una imagen inmutable, divina y eterna.

Hacia el final de su reinado, las directrices reales prohibían plasmar sus arrugas o imperfecciones en los retratos. El maquillaje pesado creaba una máscara literal que congelaba su imagen pública en una juventud perpetua, asegurando a sus súbditos y enemigos que la Corona seguía siendo fuerte.

3. Ocultar las secuelas de la viruela

Hay un motivo de salud crucial detrás de esto. En 1562, cuando Isabel tenía 29 años, contrajo viruela y estuvo a punto de morir. Sobrevivió, pero la enfermedad le dejó el rostro cubierto de cicatrices y marcas profundas. Para una reina cuya belleza era parte de su propaganda política, esto fue devastador. La pasta blanca servía como un corrector denso para rellenar y tapar esas imperfecciones.

El precio del mito: El ceruse veneciano

Lo verdaderamente trágico de esta moda era la composición del cosmético, conocido como cerusa veneciana (Venetian ceruse). Era una mezcla de plomo blanco y vinagre.

El uso diario de este maquillaje envenenaba lentamente el cuerpo. El plomo absorbido por la piel causaba la caída de los dientes, la pérdida del cabello (lo que obligaba a usar pelucas pelirrojas cada vez más densas), ceguera, problemas cognitivos y un deterioro de la propia piel que la hacía lucir grisácea y marchita.

Para solucionar ese color grisáceo que el plomo provocaba, las mujeres de la corte aplicaban capas aún más gruesas de cerusa, creando un círculo vicioso letal que, muy probablemente, contribuyó a la decadencia física y posterior muerte de la propia Isabel I.

    Locaciones

    La película se filmó en varias locaciones reales del Reino Unido (entre Escocia e Inglaterra) y en los conocidos Pinewood Studios, cerca de Londres, donde se construyeron los elaborados sets interiores de los palacios.

    Para capturar la atmósfera gris, imponente y dividida de la época, el equipo de producción dividió el rodaje de los exteriores en dos grandes zonas:

    En Escocia (El mundo de María Estuardo)

    Para reflejar la conexión de María con su tierra nativa, el rodaje se trasladó durante un mes a paisajes escoceses reales:

    Glencoe: Las impresionantes y montañosas Tierras Altas (Highlands) sirvieron de fondo para las escenas en las que María cabalga junto a su ejército.

    • Blackness Castle: Este castillo del siglo XV, situado cerca de Edimburgo y conocido como «el barco que nunca navegó» por su curiosa forma sobre la costa, se utilizó para simular los exteriores del Palacio de Holyrood (el centro de operaciones de María).

    • Seacliff Beach: Es la ventosa playa en East Lothian donde se filmó la escena inicial del regreso de María desde Francia.

    En Inglaterra (El mundo de Isabel I)

    Para representar la corte de Inglaterra y lugares emblemáticos como el Palacio de Hampton Court, se utilizaron iglesias y mansiones históricas reales:

    La Catedral de Gloucester: Sus famosos claustros y pasillos (que seguro te sonarán porque también se usaron para los pasillos de Hogwarts en Harry Potter) sirvieron para ambientar los pasadizos de la corte de Isabel.

    Hardwick Hall (Derbyshire): Una imponente mansión de la era de los Tudor que sirvió como la fachada exterior del palacio de Isabel.

    Penshurst Place (Kent): Una mansión del siglo XIV que cuenta con el Baron’s Hall, un salón medieval perfectamente conservado que se utilizó precisamente para filmar la dramática secuencia final de la ejecución de María Estuardo.

    Base para el filme

    Sí, la película no es una invención libre desde cero, sino que está basada directamente en un libro de no ficción: una biografía histórica muy aclamada titulada Queen of Scots: The True Life of Mary Stuart (también publicada bajo el título My Heart Is My Own: The Life of Mary Queen of Scots), escrita por el historiador británico John Guy y publicada en 2004.

    El encargado de adaptar este denso texto histórico a un guion cinematográfico fue Beau Willimon (mundialmente conocido por ser el creador de la adaptación estadounidense de la serie House of Cards).

    La elección de este material de origen explica en gran medida el enfoque de la película:

    La tesis del libro: El historiador John Guy investigó a fondo los archivos originales y las cartas de la época para derribar un viejo mito histórico. Tradicionalmente, la historia (escrita en gran parte por los vencedores y detractores de María) la había retratado como una mujer débil, impulsiva y gobernada puramente por sus emociones, en contraste con una Isabel I racional y calculadora. El libro de Guy busca demostrar que María era, en realidad, una líder política muy astuta, carismática y capaz, que terminó siendo víctima de las conspiraciones de los hombres de su propia corte.

    El toque de la directora: Aunque el libro es una obra rigurosa de hechos históricos, la directora Josie Rourke —quien venía del mundo del teatro antes de hacer esta película— decidió tomar la investigación de Guy y añadirle licencias dramáticas muy teatrales, como el famoso encuentro secreto entre las sábanas, para condensar toda esa tensión política y emocional en un clímax cinematográfico.

    Así que, en esencia, es la adaptación cinematográfica de una biografía histórica con una buena dosis de drama [teatral].

    Por momentos, Gemini pareció poco halagador. Al cuestionarlo al respecto, me hizo aclaraciones en un tono favorable que ya no compartiré aquí.

    Imágenes con Copilot.

    Pasa un gran día.