Impactos. Parte 1

Con base en una referencia previa, republico la siguiente historia originalmente lanzada al público el 14 de febrero de 2016 en este blog, pero con alguna edición extra. He intentado mantener la esencia del momento en que la escribí, como si me encontrara en aquel tiempo. Esta es la primera parte.

Aún faltaba un tiempo para que viniera la van a llevarnos al puerto, aunque no sabíamos en principio que ese era el punto inicial. Decidimos ir a desayunar. Liu ya había explorado la zona, así que fuimos directamente al mercado aledaño.

Tras un jugo y un queque, retornamos al hostal. Afuera, estaba todo iluminado y el sol ya empezaba a rabiar. El hostal tenía un bajo costo. La habitación donde estuvimos fue una triple a 45 soles la noche (el esquema, según entendí, era 15 soles por cama). Sin embargo, gracias a la gestión de mi amigo, el administrador nos la ofreció como una doble y, encima, con descuento. Más que bien pagado, ya que ese cuarto estaba en muy buenas condiciones. Asimismo, el viaje reservado para el Titicaca había sido también coordinado con el mismo administrador, quien nos otorgó un descuento por persona a partir del precio oficial, de 80 soles en ese momento.

Llegaron a buscarnos. Inicialmente, había pensado que dejaríamos nuestras cosas en el hostal y al Titicaca solo llevaríamos lo esencial. No fue así, y tuve que andar con una pequeña maleta de viaje con rueditas, con la que viajé a Puno (en lugar de una mochila de montaña, que hubiese preferido). Debí estarla cargando a mano de un lado a otro, ya que las superficies que visitamos en adelante no eran aplicables para ella, e incluso se dañó. La costura se abrió por un costado 1.

Salimos del pasaje caminando hacia la Costanera. Subimos al vehículo y había otros viajeros más allí, incluyendo una pareja colombiana. En el camino, subieron algunos más. ¡Suena como si se hubiese tratado de un largo recorrido! Pero no: fueron solo tres míseras cuadras (claro, para nosotros). Bajamos y avanzamos a pie hacia el puerto por el jirón Titicaca. Llegamos a la Plaza del Faro e ingresamos al puerto. Esperamos un momento allí tomando fotos mientras ordenaban las lanchas para que pudiéramos pasar por encima de ellas, en fila, hasta llegar a la nuestra, la más alejada.

Subimos e ingresamos a la cabina de pasajeros. Dejamos nuestras pertenencias a la entrada y fuimos a tomar un sitio por adelante. El grupo aparentó estar completo, pero la lancha no partió inmediatamente. Resulta que estaba llegando un segundo grupo y se los estaba esperando. Finalmente, la lancha se llenó con ellos y arrancamos.

Deseé conocerla, pero había que esperar. Mientras tanto, nuestro carismático guía se presentaba e iniciaba su discurso centrado en el lago Titicaca y lo que íbamos a ver posteriormente. Lo hacía primero en español y luego en un no siempre bien pronunciado inglés, pero a veces cambiaba el orden.

Con un mapa del lago, nos explicó didácticamente el porqué de su nombre: al voltear el mapa en un ángulo de 180 grados, se observa, de cierta manera, un puma saltando para atrapar a su presa. Si bien al escribir estas palabras no recuerdo tan bien los detalles, me basé en la web posteriormente para conocer que “Titicaca” es “puma de piedra”, y la presa es supuestamente una vizcacha.

Por otro lado, sí recuerdo los momentos en que, fugazmente, crucé miradas con ella, la muchacha de quien venía hablando líneas atrás. Y es que, en ocasiones, igualmente fugaces, desde que mis ojos la descubrieron, dirigía mi mirada hacia ella respondiendo al ruego de mi alma de inhalar su belleza a través de, al menos, la conexión, muchas veces superflua, que la vista permite obtener.

En fin, el guía nos indicó que podíamos subir a cubierta, sobre la zona donde estábamos, pero que, por favor, lo hiciéramos en grupos de cinco y solo 10 minutos por grupo. No todos se animaron a subir. En principio, estaba con Liu en la parte de afuera, mas no en el techo.

Cuando tocó nuestro turno, subimos. Tomamos algunas fotos. Una señora le pidió que le tome una foto y él alucinó que estaba en un estudio fotográfico, dado que le sacó como “cincuenta” en todos los ángulos posibles. Incluso, le daba indicaciones.

Bajamos para que suban otras personas. Algunas más lo hicieron, incluyendo a la mencionada viajera y sus dos amigas. Luego, cuando nadie más subía, volvimos a trepar. Ni a balas seguiríamos viajando en la zona techada, encerrados: la sensación de estar allá arriba era simplemente espectacular.

Tan solo sentarse en la baranda o en el piso, la comodidad y frescura de estar viajando inmerso en un lago inmensamente precioso e interminablemente explayado frente a los ojos, imponente, de un color azul que se expande hasta el infinito, el viento sobre el rostro y en dirección hacia un lugar que bien podría no haber importado si era el fin del mundo, es una experiencia que no puede resumirse en adjetivos. Simplemente, es.

Fotos y dos videos reunidos hasta este punto del viaje. Puede verse en 1080p (HD).

Y ahí estábamos, viajando en el techo y en una conversación amena con otros viajeros. No recuerdo todos los nombres ni a todas las personas presentes, pero sí claramente a quien llamaré Hailey en esta historia, la chica de los tatuajes, a quien le mostré el mío y lo alabó, y que estaba involucrada en proyectos de apoyo social. Me atrajo mucho su estilo y desenvolvimiento, totalmente desenfadado. Hablábamos en inglés, el idioma común.

En ese momento, si mal no recuerdo, al menos había una chica de la India, dos estadounidenses (incluyendo a Hailey, o allí estaba viviendo, aunque me contó que su familia, o parte de ella, era japonesa), un chino (imaginarán quién es) y yo.

Posteriormente, los extranjeros bajaron, excepto Liu (re peruano, a pesar de su lugar de nacimiento), y, minutos después, subió una pareja de cusqueños, con quienes también entablamos conversación. Incluso, con ellos compartiríamos el alojamiento más tarde en la isla de Amantaní.

Nota

1 Al retornar a Lima, la hice pasar por garantía y quedó muy bien. Esa maleta la uso hasta hoy y está en perfecto estado.