Introducción desde la revolución

Mi visita a Barcelona en noviembre del año pasado y lo que significó para mí me han llevado a sentir un interés particular por conocer la historia de España, un país que no solo forma parte de nuestra historia peruana, para bien o para mal —según el grado de pesimismo o nacionalismo de quien lo piense—, sino de la de varios otros países de América.

Hace años, en la Feria Internacional del Libro de Lima de 2014, compré un libro más por quien lo escribía que por el asunto en particular. Se trató de La España Revolucionaria (Alianza Editorial, 2009), que compila nueve reseñas periodísticas de Karl Marx sobre los procesos revolucionarios españoles de las primeras décadas del siglo XIX, y contemporáneos a nuestra independencia del país.

¿Cómo así? La introducción, escrita por Jorge del Palacio, presenta el contexto, el cual intentaré sintetizar con mis palabras. Contrario a lo que los derechistas recalcitrantes te van a decir sobre la vida laboral de Marx, el periodismo fue una de las actividades que lo sostuvieron económicamente durante una parte importante de su vida. Nunca la tuvo fácil en cuanto al presupuesto propio, en realidad, por lo que decidió aceptar la propuesta, en 1851 —y a pesar de no tener una buena opinión del diario—, de escribir para el New York Daily Tribune con artículos sobre la coyuntura política alemana frente a las revoluciones de 1848, como señala el autor.

¿Cómo llegó Marx a dicho diario? Pues ya venía de una experiencia de escritos polémicos en diarios alemanes, uno de los cuales había sido fundado por él mismo y Friedrich Engels, su amigo de toda la vida, pero que no duró mucho: La Nueva Gaceta Renana fue suprimida poco después de su creación y Marx fue procesado por conspiración contra el gobierno (prusiano). Fue expulsado del país y recayó en Londres, donde estableció su residencia. Ya viviendo allí recibió la invitación de Charles Dana, a quien había conocido pocos años antes.

Diez años duró el aporte de Marx al diario, los cuales se reflejaron en 487 artículos firmados con su nombre, aunque cerca de 125 fueron escritos por Friedrich Engels, como se supo posteriormente (en la actualidad perteneciente al libro leído). Según el autor, el interés de Marx por la política española fue principalmente coyuntural, y no esperaba mucho de un país como España, poco industrializado, como aporte a la ideación —avezada, diría yo— de una cadena de sucesos que llevaría a aspirar por el poder, supuestamente, al movimiento de los obreros ingleses, todo iniciando por un levantamiento de la clase obrera francesa. Los detalles de esta línea de pensamiento los podrás encontrar en la mencionada introducción.

Más bien, su incursión en los reportajes sobre España provino a partir del mandato del diario estadounidense, vinculado, según Marx, a la burguesía industrial estadounidense y cuyos intereses económicos se basaban en una expansión comercial hacia el resto del continente (el autor añade «americano»). Por ello, era de importancia para los lectores lo que estaba sucediendo políticamente en España, ya que podía tener una influencia directa sobre sus colonias.

Los artículos publicados de Marx sobre la política española fueron 27 y del 19 de julio de 1854 al 12 de junio de 1857. En ese rango se halló la serie La España revolucionaria, que reúne el libro de Alianza Editorial. El autor —hasta aquí, Jorge del Palacio— destaca dicha serie por el abordaje «estrictamente político» y «altamente original» de la revolución liberal en España. La serie consta de nueve publicaciones, de las cuales realizaré, a partir de esta entrada, una mirada muy rápida al respecto.

El primer artículo fue publicado el 9 de setiembre de 1854, y es donde Marx delinea a España, no sin cierta sorna para el caso francés, como una nación de revoluciones frecuentes y, a la vez, con diferencias marcadas respecto del resto de Europa. Estando el momento en que fue escrito el artículo bajo una coyuntura de revolución en España, Marx recuerda las duraciones de otras revoluciones que habían acontecido en el mismo siglo en el país: de 1808 a 1814, de 1820 a 1823 y de 1834 a 1843.

El escrito es un reportaje lleno de datos históricos y personajes. Quise tomar nota de un hecho sobre Cataluña, comunidad de la cual leeré más a profundidad a futuro. Dice Marx que, en el siglo XV, la causa del «levantamiento insurreccional» fue el tratado que el marqués de Villena, favorito de Enrique IV, había cerrado con el rey de Francia, en el cual se establecía que Cataluña debía ser entregada a Luis XI. De allí, salta al siglo XIX con el Tratado de Fontainebleau, del 27 de octubre de 1807, entre Bonaparte y Manuel Godoy, favorito de la reina, sobre el reparto de Portugal y el ingreso de los ejércitos franceses a España, hechos que produjeron un levantamiento, asimismo, en Madrid contra Godoy, «Príncipe de la Paz»; la abdicación de Carlos IV; el ascenso al trono de su hijo, Fernando VII; la efectivización del ingreso del ejército francés y la Guerra de Independencia, como la cereza del pastel.

Otro análisis de mi interés es que las Cortes españolas —una instancia que cada vez más identifico como conocimiento general— no podían ser comparadas ni con los Estados Generales de Francia ni con el Parlamento inglés de la Edad Media, debido a las circunstancias favorables a la limitación del poder real durante la formación de la monarquía española. Entiendo que el reinado español ha solido tener un menor poder relativo al interior de su nación respecto de otros reinados europeos. Marx explica que la extendida lucha contra los árabes significó que la Península fuera reconquistada por partes pequeñas, que a su vez se constituían en reinos separados y adoptaban leyes y costumbres populares. Dichas (re)conquistas eran logradas por los nobles, cuyo poder incrementado inclinaba la balanza hacia abajo desde el lado de la potestad real, entre otras circunstancias.

Hacia el siglo XIV, las ciudades habían llegado a constituir la parte más poderosa de las Cortes, compuestas por representantes de aquellas —las ciudades—, así como del clero y la nobleza. Y el autor (en este caso, ya solo me refiero a Marx) agrega que la emancipación total de la Península luego de una lucha de cerca de ochocientos años contra el dominio árabe le dio un carácter muy distinto del que presentaba Europa en ese tiempo.

Acerca de la constitución de las Cortes, uno de los elementos, como señalé, fue el clero, adscrito a la Inquisición, el cual había separado sus intereses de los de la España feudal. En cambio, a través de la Inquisición, la Iglesia católica se había volcado, con gran poder, hacia el absolutismo.

En otro pasaje, Marx afirma que no hay respuesta difícil para dos preguntas fundamentales que se realiza: la sobrevivencia de las libertades municipales en España (luego de dos dinastías aplastantes: Habsburgo y borbónica) y la imposibilidad de haber arraigado la centralización desde de la monarquía absoluta. A diferencia de otros grandes Estados de Europa, donde la monarquía absoluta se presentaba como un «centro civilizador» e «iniciadora de la unidad social», en España, frente a la decadencia de la aristocracia —aunque sin perder sus privilegios—, las ciudades perdían su «poder medieval» y quedaban sin «importancia moderna».

Las palabras que siguen introducen una lectura interpretativa de las comunidades autónomas, como existen hoy en día. Marx atribuye la continua decadencia de las ciudades al establecimiento de la monarquía absoluta. El declive de la vida comercial e industrial afectó los intercambios internos y las relaciones entre las poblaciones de las distintas provincias. Por ello, los medios de comunicación se descuidaron y los caminos reales quedaron parcialmente abandonados.

Fue esta configuración de causas la que condujo al afianzamiento de las pequeñas comunidades independientes creadas a raíz de la independencia de sus provincias y municipios, emancipadas las primeras de la dominación mora. Asimismo, como la propia monarquía absoluta encontró elementos, como los llama Marx, que «repugnaban a la centralización», hizo todo lo posible por impedir el desarrollo de intereses comunes. Es por ello que el autor asocia la monarquía absoluta española con las formas asiáticas de gobierno. Como lo explica, el despotismo oriental solo permite la supervivencia de las instituciones municipales mientras puedan ejercer una mayor autonomía en su administración y no se opongan a sus intereses directos.

Una consecuencia de ello —y para satisfacción de Marx— es que la «vida» y «fuerza de resistencia» de las que estaba llena la sociedad española, cuando el Estado español «yacía muerto», fueron una terrible sorpresa para Napoleón. Tras haber deshabilitado a la «miserable dinastía» —Carlos IV, su reina (entiendo, María Luisa de Parma) y el Príncipe de la Paz conducidos a Compiégne; Fernando VII y sus hermanos confinados en el castillo de Valençay—, conferir el trono de España a José, su hermano, reunir una junta en Bayona y proveerla de una de sus Constituciones, Napoleón se sintió seguro de su posición. Hasta la insurrección en Madrid, surgida poco después, había sido aplastada. Sin embargo, dicha matanza hizo estallar otra insurrección, esta vez en Asturias, que se extendió a todo el reino. Marx se preocupa en remarcar que este primer levantamiento (entiendo, el de Asturias, no el de Madrid) surgió del pueblo, mientras que las clases mejor posicionadas económicamente (clases «bien», como las llama el autor) se habían, simplemente, sometido.

El autor concluye que, tras este proceso, España se vio preparada para su «reciente» actuación revolucionaria (es decir, contemporánea a la escritura del artículo). Además —y muy de Marx—, que los hechos e influencias contados «siguen obrando en la formación de sus destinos y en la orientación de los impulsos de su pueblo» (p. 40), oración profética de un tiempo que podía estar por venir.

Continuaré en otras publicaciones del blog.

Ambas imágenes obtenidas usando Copilot.