Con cierta tristeza empiezo a escribir estas líneas debido a determinados sucesos. El día que las empiezo, sin embargo, no será el día que las publique. Es 29 de diciembre, así que veré cómo llego al 31 anímicamente.
Hoy le decía a una compañera de trabajo que estábamos en el último día laboral del año para nosotros, y que había sido un año increíble. Verdaderamente, miro hacia atrás y no puedo creer todo lo vivido. Desde cómo empecé el año en mi oficina hasta quien soy ahora, con mucho más seguridades e ideas de desarrollo, a través de una transformación llena de tensiones por las complejas relaciones laborales y las altas intensidades de trabajo por desear exceder la barra de expectativa para mi posición, siento que he concretado un nuevo gran cambio en mi persona.
Asimismo, desde la tranquilidad que mi espíritu vivió a fines de 2022 por todo lo logrado en viajes de aventura y montaña en dicho año, junto a la ilusión temprana que me generaba lo que se avecinaba el año que recién empezaba, hasta los logros que, tras grandes esfuerzos, pude alcanzar, tan espectaculares, se me hace difícil creer, una vez más, que, a punto de finalizar este 2023, haya hecho las cosas que hice y estado donde estuve.
Y, arropado del amor continuo con el que mi familia me envuelve cada día, y regocijado en un sinfín de recuerdos, como mi breve paso por Barcelona luego de años y lo que dicha ciudad y Cataluña dejaron en mi corazón y mi visión, no hay forma de no concluir que este año ha sido absolutamente inolvidable.
Desde ya, hay un mundo de retos que he establecido para 2024 y que van a requerir una entrega absoluta por mi parte. De nuevo. De lo contrario, retos no serían. Ya se me hace agua la boca el solo pensar en ir tras ellos, y hasta mi rostro se chorrea de la sonrisa mientras escribo, sin que la tristeza que señalé al principio deje de estar presente. Confiaré en las palabras que se encuentran entre las más sabias que recibido en vida: «Mañana será otro día», por mi mamá. El buhito de mi publicación anterior fue para ella. Se vino volando, cargando a sus amigos con sus garritas, desde el valle de Núria.
Por ahora, dejo el escrito. Lo retomaré mañana.
Decidí, pues, sentarme a escribir unas líneas adicionales antes de que termine el día. Es 30 de diciembre, a 5 para las 11 p. m.
A esta hora, hace rato que ya no hay más tristeza, y me hace sentir bien que puedo esperar terminar el año con la felicidad que deseo. Más bien, admito que casi lo único que pasa por mi mente en este momento es la conciencia del grado de calor que está haciendo en Lima. No hay dónde encontrar un lugar que pueda refrescar, aunque alguna brisa estoy sintiendo desde la ventana abierta del cuarto donde estoy.
Puedo decir que este clima me causa algo de preocupación, ya que el verano de 2023 ha sido, en lo personal, el más caluroso que he percibido. Una aplanadora de la comodidad. En mi trabajo, ni teniendo un ventilador al lado, era posible librarse del calor. Y es que, para encontrar un refrescamiento verdadero, tiene que ser mediante aire natural o acondicionado. Los ventiladores no son suficientes o pueden ser muy incómodos, ya que recibir el aire directo no solo puede volarte materiales de poco peso, sino hasta incluso enfermarte. Por eso, deben estar rotando.
La contraparte fue que el otoño y el invierno que siguieron fueron los menos fríos que he experimentado. A veces, no necesitaba ni abrigarme, cuando tan solo el 2022 hubo días en que me congelaba. En fin, parece que el verano de 2024, en el que empezamos a estar inmersos cada vez con más fuerza, va a ser igual de pesado que el de los primeros meses de su antecesor.
Cada ciudad tiene sus condiciones climáticas particulares, y yo ya conozco las de mi odiada y querida Lima, con su clásico bochorno insoportable debido a su alta humedad. Según The Weather Channel, estamos a 22 grados centígrados con una humedad de 80%. No obstante, no conozco cómo se hacen estas mediciones. Como hace rato, cuando salí a cenar con mi familia, fuera de casa la sensación estaba bastante fresca, pero no dentro de ella, y no es que las ventanas estén cerradas o que haya poca ventilación.
Ya falta poco para entrar al último día del año, un año fabuloso en muchos sentidos, y completamente lleno de aprendizajes. Me siento tan agradecido. Estoy como en esos momentos de reflexión en donde solo queda esperar a que inicie la «caminata» nuevamente. Prefiero usar este término por su relación con la montaña en lugar de «carrera», ya que suena muy trillado. No estoy en una carrera, sino en una caminata donde espero ver con detenimiento cada paisaje, pero sí una caminata continua, con pocos descansos. Estoy inmerso en una etapa de mi vida en que detenerme ya no es una opción. Como dice el lema de este blog, cada paso cuenta.
Mi promesa es dar lo mejor de mí en el último día, el cual está por comenzar.
Cerca ya del fin de año, estoy tratando de seleccionar una imagen de portada para esta publicación y alguna otra para compartir en el contenido. En principio, creo que puedo compartir el siguiente árbol navideño lleno de cuocas que «creé» (es un decir) con Copilot (la IA de Edge):

Técnicamente, la palabra cuoca no existe aún, pero el/la quokka es un marsupial, principalmente australiano, bautizado como el animal más feliz del mundo en las redes. Ciertamente, lo he visto disfrutar mucho en videos comiendo sus hojitas y posando para las cámaras. No encuentro su nombre en el diccionario de la RAE, pero puedo suponer que, cuando se defina, se escribirá en ambas sílabas con «c».
Supongo que es hora de empezar a despedirme. Con mucha alegría, pasaré el año nuevo con mi familia completa y ya pronto tendremos una cena juntos. Agradezco a Dios por todas las bendiciones que hemos recibido a lo largo del año. En lo personal, espero haber estado a la altura de las mismas y le pido que nunca deje de ampararnos.
Por lo pronto, me siento listo para transitar el 2024 con alta motivación. En el pasado, solía decir que la línea de tiempo es la misma para todos, y que el cambio de año solo responde una estructura de clasificación formal que se colocó encima de dicha línea, pero que no tiene por qué tener un efecto diferenciador. En otras palabras, que cualquier día sería bueno para celebrar un gran comienzo, o ninguno.
Si bien no dejo de considerar que tal pensamiento es válido desde su propia lógica, ya no lo adopto como parte de mi sentir ni de mi discurso. En la actualidad, he vuelto a darle a cada un año un valor distinto, un periodo de tiempo donde tenemos la oportunidad de hacer cosas increíbles y sobre el que podemos tener, al final de los mismos, un descanso del espíritu y una reflexión sobre lo vivido, o simplemente una meditación en la cual, mientras dejamos reposar todo el mundo de sensaciones y recuerdos ganados, nos mentalizamos para salir a la intemperie nuevamente.
Me despido de mi blog para este 2023, no sin antes compartir alguna de las canciones que estuve escuchando, para mantener la consistencia.
Es ya 1 de enero. Lo único que me queda decirte es que tengas un año realmente memorable. Recuerda que toda tristeza puede superarse y que esta es solo un componente más en el universo de la alegría.
La canción con que doy inicio al año será «Spread Your Fire», de Angra, una de mis bandas favoritas. Llegará el momento en que escriba sobre el magnífico álbum que la contiene, pero, por ahora, compartiré esta muestra.

