De ‘María Estuardo’ (Lima, 2024) y su contexto histórico con soporte de la IA, parte 5

En octubre de 2024 fui al teatro del ICPNA a ver la obra María Estuardo, escrita por Dacia Maraini, dirigida por Alberto Ísola y actuada por Alejandra Guerra y Jimena Lindo.

En el texto que conforma esta saga de seis escritos, pruebo una nueva manera de compartir. En principio, todas las citas textuales insertadas corresponden al programa de la obra. Sin embargo, los textos interpretativos donde cité a mi “segunda fuente” son adaptaciones (generalmente menores) de las respuestas a las consultas que realicé, en diferentes momentos, a ChatGPT. Para ellas, usaré un color de letra distinto.

A lo largo de la saga, además, por el propio contenido que requiere cada subtítulo, es posible que encuentres más de una reiteración temática.

La experiencia en el teatro: lo tangible

Hacía años que no visitaba el teatro del ICPNA. Podría estar seguro de que la última vez había sido antes de la pandemia. Al ingresar, estaba diferente de la última vez que había estado allí. No me percaté de si se mantenía la gradería, pero la platea tenía una cuadrícula de asientos acolchados de un rojo vistoso. Me senté en la primera fila, prácticamente al lado del escenario, cuya sección principal era circular y tenía, a ambos lados y por detrás, una montura para representar las recámaras de las reinas. En el caso de María, perteneciente a otro momento de su vida.

Sin duda, lo que presencié aquel día fue un trabajo de muy alto nivel; no obstante, le hubiese prestado el cien por ciento de mi atención de no haber sido por los espectadores que estaban a ambos lados de mí. A mi derecha, una mujer que necesitaba tomar fotos de lo que observaba: sacaba su celular sin ningún reparo, lo encendía sigilosamente y lo ponía a la altura de su estómago. Noté que le llamó bastante la atención una manera graciosa de representar el vestido de reina de Isabel I: no era en sí un vestido, sino una especie de maqueta, con rueditas para facilitar su traslado. Fue pensado así y, cuando la actriz lo vestía, se colocaba por detrás, con sus brazos en la posición practicada. Era intencionalmente una caricatura.

Me pongo a pensar que la rigidez reflejada en el supuesto atuendo tenía la intención de metaforizar la formalidad de un cargo como el de llevar adelante un reinado, contrastando los roles históricamente impuestos con la espontaneidad que puede tener toda persona; en este caso, Isabel.

La actriz notó una de las fotos que le tomó la espectadora, pero no se desconcentró. Tomar y grabar videos durante una función está prohibido. Podía haberle “recordado” eso, pero me sentí desesperanzado sobre la posibilidad de lograr algo. Asimismo, algunas veces, prefiero salvar el momento para mí mismo que estar causando una situación de posible bulla en un momento donde se requiere extremo silencio.

A mi otro costado estaba un hombre que mostraba en demasía su nerviosismo. No sé de qué. Ha pasado tantos meses que, a estas alturas, no recuerdo si hacía solo uno o los dos gestos siguientes: la clásica tembladera de la rodilla o la mordida de uñas. Es más probable que haya sido al menos lo primero, ya que, al temblar así, generaba una onda expansiva a lo largo de los asientos, conectados unos a otros, algo que me fastidiaría y recordaría.

En alguna ocasión pasada, en el cine, le dije a otra persona que dejase de temblar; lo entendió perfectamente y dejó de hacerlo. Ahora, me ganó la desesperanza una vez más. Quizás haya pensado que, si no le dije a la una que no tome fotos, para qué le diría al otro que deje de temblar. Las personas deberían saber, o aprender, a observar su entorno y saber qué comportamientos tener. En ese sentido, hay cosas tan obvias para la convivencia ciudadana que, cuando la gente no las considera, ¿para qué ya pensar en que puede cambiar?

Es más, conociendo la idiosincrasia limeña, lo más probable es que, por el arraigado orgullo insufrible de muchos de sus ciudadanos, al solicitar un ajuste puntual de comportamiento para el momento, lo lleven a cabo aún con más intensidad porque lo ven como una afrenta. La testarudez es muy fuerte. Por otro lado, la verdad es que no existe un “manual” para vivir, ni tampoco debería haberlo, y todos estamos expuestos a fallar en lo que estoy criticando. Es siempre importante estar dispuestos a reevaluar o complementar nuestros propios principios y formas de actuar. A veces, se puede aprender nuevas maneras de ser y hacer que antes no se habían pensado.

Lo intangible

Alejandra Guerra (Isabel I) y Jimena Lindo (María Estuardo) son dos pesos pesados de la actuación en mi país. Las he visto en una cantidad no menor de obras teatrales y siempre se han lucido en los roles que tuvieron en cada ocasión. Para mí, es todo deleite. Poder disfrutar de una obra de esta temática —siendo la mezcla de historia, política y sociedad tan atrayente para mis gustos—, tan cerca del escenario, con presentaciones tan realistas a través de estas dos maravillosas actrices, quienes despiertan mi plena admiración —y sin mencionar mi flechazo por Jimena—, conforma una experiencia inolvidable. Ojalá hubiese visto la obra al menos una vez más.

Uno se siente hasta agradecido. Es decir, no es una experiencia de índole mecánica, donde voy, consumo y me voy. Es, en cambio, una experiencia donde dos personas están poniendo sobre la mesa su mejor profesionalismo y la amplitud de sus destrezas para un público que podría no tener idea de la significancia de lo presenciado. Si bien en lo que sigue me referiré a la industria del cine, me sirve para el propósito de presentar mi punto de vista.

El mundo en que vivimos está muy influido por la propaganda y gran industria estadounidense del filme, lo cual produce un efecto de “colonización” sobre las mentes de los espectadores. Tanto, que se tiende a pensar que únicamente lo estadounidense es bueno, mientras que lo demás es solo un rezago al que hay que hacerle alguna mención para no ser tildados de “soberbios”.

El ejemplo más prístino de esto es el autobombo de los premios Óscar, como si fuesen alguna forma de “copa mundial” del cine y la actuación, donde solo lo estadounidense tiene el mayor valor y el premio de “mejor película extranjera” es solo un relleno diplomático. Por supuesto, las mentes de una mayoría se creen e interiorizan el cuento. Si bien los premios Óscar tienen un tamaño inabarcable, son unos premios de la industria estadounidense para la industria estadounidense. Su pretensión de ser lo mejor del mundo debe recalar ya en una cuestión político-psiquiátrica.

Indudablemente, así como hay malos y muy malos trabajos, también los hay buenos y muy buenos. También es indudable que su nivel de inversión para la producción es estratosférico. Sin embargo, es solo una de las industrias posibles, y hay mucho y muy bueno si se mira alrededor. La representación de una realidad puede valerse de muchas y muy diversas características y enfoques, combinadas de múltiples maneras, elegidas de manera consciente o imaginadas espontáneamente. El arte está en trabajar con todo eso para producir la obra buscada en un determinado momento y contexto. Hay quienes esperan ver siempre lo mismo, que se siga un estereotipo, e incluso van con el prejuicio de que no puede existir algo bueno en el propio país o, en general, que no puede haber algo bueno si no es estadounidense. Pero hay otros que han resistido los embates de normalización direccionada de la sociedad, o se han liberado de ellos, y logran un nivel de disfrute en su experiencia de la cultura que los primeros nunca alcanzarán.

Para mí, desde el momento en que me senté en mi asiento de color rojo intenso en el teatro del ICPNA, aquella noche del 25 de octubre, sabía que empezaba a vivir una experiencia de primera clase, donde solo me quedaba esperar por ver salir a dos actrices tan talentosas como Alejandra Guerra y Jimena Lindo en una obra tan genial como María Estuardo. Y qué personaje el de María Estuardo. En definitiva, necesito leer más sobre ella.

Imagen con Copilot.

Pasa un gran día.