Para llegar a Villa Rica desde Oxapampa, hay que deshacer casi la mitad del camino que se sigue para ir de La Merced a Oxapampa. Es la misma pista, con su sinfín de curvas. Ahora sé por qué me fue imposible no ponerme mal en el viaje de ida cuando, tras hacer escala en La Merced, el bus avanzó dos horas más hasta Oxapampa. Pero eso fue días atrás. Ahora, no continuábamos de retorno a La Merced, sino hacia la bifurcación donde se observa una abultada vuelta en “u” para, una vez más, dirigirnos al norte, esta vez, destino Villa Rica. Técnicamente, al noreste. Tranquilo: estas descripciones puedes constatarlas en el mapa de Google. Solo tienes que hacer zum en el área que abarca los dos distritos y explorarlos. (Por cierto, no es la única manera de hacer el cruce entre ambos.)
Hicimos una parada en un monumento de bienvenida, donde la gente bajó a tomarse fotos. Nuestra ruta no nos adentraría en la ciudad, sino que nos llevaría a un desvío que conducía a la laguna El Oconal, en las afueras. La experiencia del paseo por la laguna (para el cual se pagó 10 soles por persona) más la ictioterapia que siguió después fueron, en conjunto, uno de los puntos altos del tour.
Cómodamente ubicados en la lancha, lentamente atravesábamos las aguas de El Oconal acompañados de su conductor, un lugareño de Villa Rica, quien se sentía orgulloso de su espacio de vida. ¿De qué está llena El Oconal? De las flores de loto. Un deleite haberlas conocido en persona. Siempre he escuchado ese nombre, incluso como la constelación de uno de los personajes de la que fue mi serie de dibujos animados favorita. Allí estaban, expandidas por doquier.


Navegar por la laguna, rodeados de su silencio, nos brindó mucha tranquilidad tras un día de ánimos un poco caldeados. Al volver a tierra firme, caminamos por un borde donde cientos de pececitos nos invitaban a sentarnos, a la espera de nuestros pies descalzos. Una experiencia muy peculiar, debo decir.
La idea era tan solo introducir los pies en el agua y esperar unos pocos segundos a que lleguen los incontables ejemplares a “picotear” la piel. Tras una consulta a Gemini, su nombre es Garra Rufa. Entiendo que lo hacen, según lo comentado aquel día (y he podido verificar), para alimentarse de la piel muerta. El primer embate me resultó comiquísimo. Sentir las innumerables boquitas atacando una y otra vez me confrontaba con mis propias sensaciones de desagrado.
A mi izquierda se sentó una pareja con la que también habíamos coincidido en el tour de Pozuzo. Específicamente, ella estaba a mi izquierda y él, a su izquierda. Cuando ella recibió a los pececitos, se echó a reír por las cosquillas que le generaban, lo cual también me estaba pasando a mí. A pesar de que, relativamente, coincidimos en esas risas, no nos habíamos estado prestando atención directamente; tan solo, algún intercambio de palabras de lo más inocente. No obstante, ya desde un principio a él le molestaba terriblemente que ella se riera así y le pedía, no de buena manera, que se detuviera. Esta situación ocurrió más de una vez. Traté yo también de controlar mi risa para que él no fuera a interpretar erradamente ninguna intención oculta, aunque de por sí su reacción hacia ella —quien, en apariencia, no tomó a mal— resultaba absurda.
De todas maneras, sentía que debía apaciguar mi mente y dominar las sensaciones que me estaban causando los amiguitos. A diferencia de mi hermana y, sobre todo, mi mamá, por largo rato no había sumergido tanto los pies como ellas, pero casi al final lo intenté. Me costó. El solo tener a tantos de esos animalitos melosos intentando alimentarse de mi piel, haciéndose notar tan vívidamente, hizo la experiencia mentalmente retadora.


Luego nos dirigimos a una fábrica de café. ¡Ah, por cierto! Villa Rica produce un café internacionalmente reconocido. Pensar en Villa Rica es pensar en café; saberlo fue nuevo para mí. Lamentablemente, en estos tours, como también sucede en diversas partes del Perú, no existe el “todo pagado”. Es decir, hay que ir desembolsando para las entradas durante el camino si es que quieres disfrutar de las atracciones. En el caso de la fábrica, si bien no se pagaba el ingreso, un personal encargado esperaba mostrarnos el proceso productivo a un costo de 5 soles por persona. No obstante, antes de encontrarnos con él, el guía del tour nos anticipó lo que nos esperaba y nos instruyó que, si no queríamos ser parte de ello, nos pusiéramos a un lado de donde estábamos.
¿En qué resultó? En que nadie se animó, para gran decepción de quien iba a dirigirlo. Me he preguntado por qué el guía nos adelantó esa información. Si no lo hubiese hecho, es posible que más de uno hubiese aceptado pagar los 5 soles y hacer el recorrido, como si existiese alguna presión implícita en aceptar todo lo que se ofrezca. No obstante, el hecho de que lo advirtiera influyó a favor de la materialización del verdadero deseo de las personas: no participar, posiblemente, por agotamiento o para no estar haciendo pagos adicionales. La advertencia, posiblemente, tuvo un motivo inconsciente, o quizás se haya debido al intento de recuperar un poco del tiempo perdido. No descartaría tampoco algún tipo de antipatía (puede decirse que los guías turísticos se suelen conocer con quienes atienden los locales que reciben a los turistas).
Tras la negativa, ingresamos a una sala semiabierta y techada para la charla principal, que era la experiencia que realmente buscábamos. Después de la explicación de las variedades de café y cómo se producían, vimos cómo debía colarse desde un enfoque artesanal. Nos invitaron a todos una pequeña cantidad en un vasito descartable. Aquel día, mi paladar no estaba preparado para diferenciar los distintos sabores que, supuestamente, debían llegar con cada sorbo. Tampoco sentí el disfrute que esperaba. Claro, no es la manera como acostumbro a tomar el café, por lo que eso influyó en mi degustación. Se trataba de café en estado puro, concentrado y sin una pizca de azúcar, la cual, supuestamente, no tendría que ser un acompañamiento. No obstante, su uso, como sabemos, es muy común a nivel mundial.
Preferencias hay muchas. La perspectiva de disfrutar del café villarricense nos generaba gran entusiasmo, si bien, en casa, podíamos aplicar variaciones en su preparación. Al costado de la sala estaba la tienda. Tristemente, los precios estaban un poco elevados y variaban según los tipos de café. Compramos un par de paquetes además de chocolate y licor de cacao.
Al acercarnos para hacer los pagos en caja, se presentó la segunda experiencia desagradable con la pasajera a quien mencioné en la entrada previa. El contexto es que, antes que nosotros, había una persona siendo atendida y nadie más. No existía, tampoco, una señalización sobre por dónde hacer fila para pagar. Al tomar nuestra ubicación elegida, estábamos definiendo, por tanto, por dónde debía ir la fila mientras ningún administrador instruyera lo contrario. Durante la espera, sin embargo, se acercó la susodicha por un costado distinto, haciéndose la que no nos notó, cegada por su ego.
Cuando correspondió nuestro turno, ella sintió que se lo habíamos quitado y se quejó al aire con un comentario parecido a un “¿qué es esto?” y a un “la gente hace lo que quiere”. Por supuesto, la ignoramos plenamente y no reclamó. Puedo pensar en que comportarse de manera odiosa es un reflejo de algo más, algo que pasa o ha pasado en su vida, pero ya no importa.

Por fin, partimos hacia el restaurante, uno cuya ubicación era, una vez más, en las afueras de la ciudad. Se llama El Refugio, sirve comidas típicas y se encuentra cerca del borde de un río que no se apreciaba muy caudaloso en ese momento. Si me baso en el mapa, su nombre es Entáz. Hasta se podía andar por encima: después del almuerzo, nos acercamos a verlo y un carro andaba varado entre las rocas. Para llegar al restaurante, desde la perspectiva de El Oconal, debía cruzarse Villa Rica de extremo a extremo, ya que se encuentra totalmente hacia el lado opuesto.
El local estaba repleto y el sol de la tarde no era nada tímido. En nuestros rostros se mostraban “los estragos” de tres días de intenso turismo. Sin duda, sacamos el jugo a las minivacaciones; sin embargo, no quería que fuese mi única visita a la provincia de Oxapampa. A pesar de haber sido muy feliz al estar con mi familia en las tres aventuras en las que nos embarcamos, también quería tener la experiencia de andar de manera independiente y moverme a mis tiempos.
El futuro volvía a trazarse para mí, un futuro en que me veía, una vez más, cruzando el país para llegar hasta estos lugares tan alejados de mi hogar y caminarlos nuevamente.



