Si de fusiones se trata, que sea con marinera

He estado siempre al tanto de la importancia de la marinera como una de las principales danzas del folclor peruano, con una mayor popularidad en la norteña que en la limeña; ambas, a la vista, de estilos distintos. No obstante, nunca había sentido ninguna conexión especial con dicha danza, como cuando se espera con ansias un evento del tipo para poder admirarla.

En casa, ha sido siempre mi mamá quien más aprecio ha sentido por la marinera norteña, no solo siendo espectadora de concursos, sino también, por largo tiempo, recibiendo clases. Incluso, las ha retomado en una organización dedicada al adulto mayor. A todo esto, debo decir que el 2024 estuve muy entusiasmado por los eventos culturales que continuamente se realizan en distintos lugares de la capital, y es así como me enteré de la obra Amor de marinera, creada en torno a esta danza, claro está.

Sabiendo que a mi mamá le iba a gustar, la invité a verla. Pero, también, porque a mí me surgió el interés. Quería saber qué tipo de fusión se había diseñado: teatro con marinera. El recinto, de gran tamaño, fue el Teatro Peruano Japonés. Unos jóvenes, vestidos en un traje del lejano país (al menos, se podía inferir que era así), guiaban a los espectadores hacia sus asientos, cuyo ordenamiento de la numeración no era sencillo de entender.

La obra, que iba a tener solo tres funciones, no empezó de manera puntual. Pero, cuando lo hizo, abrió con una puesta en escena de una banda musical, que luego iba a proveer un fondo de canciones de marinera en una cantidad de pasajes del guion. El tema de entrada lo hizo la cantante desde el escenario, para luego bajar a colocarse de cara al mismo, donde estaban sus compañeros músicos.

La historia se desarrolla a través de las interacciones entre dos grupos, uno de amigas y otro de amigos, cuyos integrantes todos se conocen, danzan marinera, sienten una pasión fervorosa por ella, y su alegría gira en torno a llegar a ser sus destacados exponentes, no solo a nivel nacional, sino mundial. Entre tales interacciones, deben también atender asuntos más mundanos, como los enamoramientos y las desilusiones.

Es un musical en clave de comedia romántica, el cual combina muy bien los espacios para el diálogo y el desarrollo de la historia con las coreografías de marinera. Como muchos conocerán —cuando escribí el borrador de estas líneas, había agregado que, lo que sigue, recién lo estaba interiorizando para poder recordarlo—, la marinera representa la intención de enamorar a la otra persona (clásicamente, el hombre a la mujer) por medio una marcada coquetería, la cual se expresa como la destreza en el baile, la continua sonrisa y los múltiples acercamientos y alejamientos, resultado de un cortejo que fluye con mucho garbo.

Están presentes, además, trajes específicos; la mujer, con su amplio y frondoso vestido y pies descalzos; el hombre, a veces descalzo, a veces no, con pantalón y camisa blanca. Por supuesto, hay características especiales que no estoy suficientemente preparado para describir. Sin embargo, puedo agregar que ella, al girar y girar, moverse con donosura por aquí y por allá, se asemeja a un ave en libertad —la IA del buscador de Google me señaló un colibrí— que deja mostrar su interés por el gallardo “gallito” que se ha fijado en ella, pero sin ceder a su conquista fácilmente.

El guion está lleno de picardía peruana y transcurre, cómo no, en una ciudad peruana. Estoy dudando de si era Lima o Trujillo —estandarte de la marinera norteña en el Perú—. A pesar de su magnificencia, la marinera no ha tenido el alcance internacional de, por ejemplo, el tango o la salsa (de la buena, no la llamada “sensual”, comercialona). El motivo no podría saberlo. Quizás, no es tan adaptable a espacios cotidianos (bailarla parece ser siempre un acto ceremonioso, lo cual puede interferir en la fluidez de su práctica, a diferencia de la salsa) y le ha faltado difusión (como un hit que exista en la memoria de los oyentes, como los varios que tiene el tango).

El devenir de la obra me hizo pensar, críticamente, en un sesgo que, creo yo, muchos peruanos, y quizás sudamericanos en general, llevamos. Solemos ver el futuro como si la meta final de nuestras vidas fuese llegar a Estados Unidos o Europa. Lo “mundial” o el “éxito” es el “llegar allá”. En cambio, la marinera posee su propio torneo mundial anual, usualmente organizado en Trujillo (aunque en los últimos años ha estado llevándose a cabo en el Callao). Debo aclarar que, si bien nunca he sido espectador de ninguno de dichos torneos, me cuesta pensar que pueda haber una importante inscripción extranjera en las distintas categorías. Posiblemente, si no al 100 por ciento, sea peruana en su gran mayoría.  No obstante, es de aquel torneo mundial del que surgen las ilusiones de los personajes de la obra. Quienes llegan a participar allí y campeonan, se hacen los mejores… Del mundo. Aquí, en Perú. No allá, en Occidente. No se espera “llegar allá”, sino ser el mejor y la mejor en marinera en el mundo desde esta tierra. Como todo se desenvuelve con tanta naturalidad, siendo peruano, la obra deja las ganas de repensar aquello que llamamos éxito.

Particularmente, no me he dedicado nunca a definir esa palabra para mí. Quizás, cuando era más joven, traía lugares comunes a mi mente para sentir hacia dónde debía apuntar. En la actualidad, casi todo lo tengo más claro, aunque dicha claridad radica en pensar que no existe una definición perfecta y completa para todo lo que cruza nuestras vidas en términos de lo que “hay que hacer” y “hacia dónde hay que ir”. Siempre habrá un grado de “nebulosa” en lo profundo de nuestro pensamiento, desde donde surgen nuevas expectativas. Si no fuese así, nos volveríamos de piedra. Fue interesante, por tanto, dar pase a la reflexión señalada.

Creo que no estropearía para nadie la obra el decir que tiene un final feliz y se arma una fiesta grandiosa en el escenario. Debo agregar, también, que no solo reí mucho por el sentido del humor, muy limeño, sino que quedé encantado con una de las danzantes, Antonella Miuccio, una joven que, como aprendí, ha venido participando en la categoría que le ha correspondido en cada oportunidad en los torneos mundiales de marinera, que espero que algún día gane. En personajes como el de ella, la obra respira juventud, y me trajo a colación un pasado en el cual me hubiera gustado incursionar en más actividades que solamente buscar jugar a la pelota. Pero, bueno, mi máxima pasión es ahora —y para siempre— la montaña, y he decidido convertirla en la prioridad.

Hasta pronto y que viva el Perú.

Captura de la presentación del musical en Joinnus.

Nota. La imagen de portada y la intermedia las obtuve con Copilot.