Ideas sobre el significado de una constitución, una mirada de la política peruana contemporánea y el cierre de mis comentarios sobre ‘La España revolucionaria’ de Marx

Cambiar una constitución en su totalidad debe ser una de las empresas más difíciles que una nación puede emprender. En este noveno comentario para La España revolucionaria, mi intención ya no es reportar cada una de las cosas —o una buena parte de ellas— que Marx escribió en el artículo relacionado (publicado, como recordarán, en el New York Daily Tribune; en esta novena ocasión, el 23 de marzo de 1855). En cambio, deseo expresarme sin restricciones autoimpuestas.

Sin ser ningún tipo de experto al respecto, hay mucha mentira en lo que se dice alrededor de la idea de una constitución. Cualquier constitución que se redacte puede estar —y seguro está— rodeada de maravillosas palabras. ¿Se condice en todo con la realidad observada? No.

Seguramente, además, todas las constituciones de países democráticos comparten contenidos comunes, dado que hay aspectos universales de la vida individual y colectiva que deben protegerse. No creo que ninguna constitución, por ejemplo, proclame que los seres humanos deben, por mandato, discriminarse entre sí. Más bien, es lo contrario. La constitución peruana (1993), en su artículo 2, establece que toda persona tiene derecho, entre otras cosas, a su libre desarrollo y bienestar, y a la igualdad ante la ley sin discriminación.

¿Se cumple tal declaración en la vida cotidiana para todos los peruanos (nacidos y por nacer)? No. En realidad, es lo que viene después de la proclamación de una constitución, y cómo se cuida lo conseguido, lo que importa. Las constituciones definen rumbos de acción en determinados aspectos que se pretenden, de alguna forma, exhaustivos desde una mirada panorámica de la sociedad. No obstante, para muchas personas, una constitución es una cosa que solo se percibe o se siente de lejos. Se puede tener una idea de lo que es favorable o no para un país —mediando o no una postura política—, pero no necesariamente la aplicación de una constitución alcanza a todos.

Entonces, si pasamos ahora al asunto, en tiempos contemporáneos, de un cambio de constitución, se puede terminar cayendo en saco roto para un sector de la población; acaso, una simple politiquería. Puedo pensar que la misma tendencia ha existido también con anterioridad. Y es que, a lo largo de las décadas, no se puede caer en la inocencia de negar que haya existido políticos que han jugado a ser los poderosos y se han jurado los defensores de ideales, cuando en realidad dejaban de lado una preocupación honesta por su país. Son ellos quienes han contribuido, históricamente, al desprestigio de la política y del significado real de una constitución: la vida de la gente en sociedad, y no una insulsa cuestión de izquierdas o derechas.

Una constitución es un símbolo importante de representación para muchas personas, ya sea por el esfuerzo que acarrearon su elaboración y proclamación, o el esfuerzo que implicaron sus modificatorias, o el político o partido asociado en el imaginario social a su creación, etc. Sin embargo, por más dificultad que dicha elaboración posea, posiblemente sea más útil enfocarse en la manera como están redactados sus contenidos y su grado de aplicabilidad a la luz de la mezcla de culturas que habita y define un país. En otras palabras, la “constitución técnica” de la constitución. Si la política no actúa al servicio de las personas, una constitución queda desnaturalizada. Desde el momento en que se pretende imponer las propias ideas para moldear o aplicar una constitución, esta se vuelve tan solo un símbolo vacío.

Es una lástima que la vida política esté tan disociada de la vida académica. Estoy convencido de que, a un país en vías de desarrollo, como el Perú, le iría mejor si la política y la gobernanza se dirigieran con perspectiva académica, científica, de investigación, en lugar de andar jugando a quién tiene más poder. Junto a ello, por supuesto, ir extirpando la corrupción de una manera continua, sin contratiempos, aunque sea mucho pedir. Una perspectiva de esta índole permitiría profundizar cada vez más en el conocimiento de cada realidad que vive un país internamente, y las decisiones estarían basadas siempre en dicho conocimiento y no en intuiciones mal alabadas, como es costumbre en el hablar cotidiano. Se trata de analizar y pensar de manera conjunta, respetando las especialidades presentes, para elegir los mejores caminos hacia el progreso, según lo que este concepto signifique en cada realidad investigada.

Esta configuración no existe en el Perú. Al contrario, se da algo como lo siguiente: “El candidato de mi partido a la presidencia, a quien ni siquiera conozco porque lo pusieron solo para la campaña, no ganó. Por tanto, mi misión ahora es destruir toda iniciativa que tenga el candidato que sí ganó, e incluso destruir a la persona misma.” Esta clase de pensamiento está generalizada en el mundo de la política peruana. El devenir de nuestro país termina dependiendo de los gobernantes más sucios: siendo que en una elección solo gana uno y pierden muchos, las actitudes de estos últimos —o en su mayoría— nos hacen perder a todos los demás, la ciudadanía. Y quien gana no necesariamente es competente; es más, en las últimas décadas, ha sido común que esté manchado.

Admiro el manejo político chileno, soportado por la ciudadanía en cuanto a la capacidad que existió para llevar a cabo, en tiempos contemporáneos, dos intentos completos por reemplazar la constitución creada en la era Pinochet. En sociedades tan convulsas como las latinoamericanas, lo acontecido en Chile fue un verdadero logro político. Si bien en ambas ocasiones se votó por el “no”, los intentos quedaron completamente desarrollados, de principio a fin. Un ejemplo para Sudamérica, y en especial para Perú, donde estamos tan divididos que tal proceso moriría al poco de empezar, o ni empezaría. Aquí, todo es “rasgarse las vestiduras”, hacerse los mártires de la nación, o lanzar cuanto discurso mentiroso pueda elaborarse con el fin de proteger los propios intereses de manera oculta. Y son costumbres que provienen de derechas e izquierdas por igual.

Se pasa con graciosa facilidad del “¡cambiemos todo porque surgió de la dictadura!” al “¡no toquemos nada porque afectarán a la empresa!”. El debate nace muerto, ya que carece de perspectiva académica, científica e investigativa.  

Más allá de lo que pueda alcanzarse con una constitución, la gestión gubernamental es clave. Un país es un tipo de organización: si la gestión está llena de falencias —acompañadas, a su vez, de luchas internas en las entidades públicas, o de una buena porción de la ciudadanía que piensa, de manual, que todo lo ofrecido por el Estado es esencialmente malo—, no importa qué constitución se tenga. El resultado será el mismo.

Tras esta larga introducción —o, por qué no, este desarrollo de la entrada de blog—, retornaré al artículo de Marx. Era esperable que hubiese gran disputa por una constitución que representaba la línea divisoria entre continuar con una monarquía y lo que sería una república con división de poderes. Lo puedo entender, salvando las distancias entre el Perú contemporáneo y el siglo XIX español.

La Constitución de 1812 fue un parteaguas. En su noveno reportaje, Marx ahondó un poco más en las idas y vueltas políticas y sociales que ya había tratado en los reportajes previos, pero centrándose en principios de los años 1820. No tengo conocimiento de si, para aquella época, España era considerada, en términos relativos, un país desarrollado (pensando desde las categorías del hoy), pero sé que lo es ahora. Además, es un país absolutamente hermoso para visitar, con una familia real que continúa en funciones y cuyo rey es jefe del Estado, y un gobierno democrático dirigido por un presidente, un sistema de partidos y una división de poderes. Lo mejor de ambos mundos coexistiendo en armonía, independientemente de las posturas políticas y geopolíticas de sectores de la población pertenecientes a distintas líneas de pensamiento, o provenientes de determinadas comunidades autónomas en cuanto a su deseo de escindirse.

No fue mi intención, como había señalado al inicio, dedicarme a reportar a detalle lo que contó y opinó Marx en su novena entrega en el tema para el New York Daily Tribune, pero sí decidí dejarme llevar por expresar cómo veo actualmente la política peruana inspirado —pero sin añadir comparación, excepto indirectamente por el párrafo previo— en la historia española en cuestión. Tal expresión, en definitiva, no podía quedar sin acarrear una crítica a su funcionamiento, un mundo que se ha vuelto, desde hace buena cantidad de años, un circo de impresentables que solo saben dañar al país con su egocentrismo, la defensa artera de sus propios intereses, su arraigada corrupción, y su total y absoluta falta de preparación no solo para ejercer la labor de la que alardean, sino para entender la realidad nacional. No solo no entienden nada, sino que terminan siendo nada, y hacen que esta nación se mantenga estancada y no pueda visualizar claramente su futuro más allá de algunas grandes obras de infraestructura.

Referencia

Marx, K. (2009). La España revolucionaria (J. del Palacio, ed.). Alianza Editorial. (Contiene escritos publicados entre 1854 y 1855).

Ambas imágenes obtenidas usando Copilot.