En mayo de 2025 escribí el borrador del texto que tienes a continuación. Antes de publicarlo aquí, casi un año después, le di una última edición. He mantenido el enfoque temporal de cuando lo escribí originalmente. Aquí lo tienes.
En algún periodo de mi vida me conecté emocionalmente con la imagen de una etapa que iba quedando atrás y otra que iniciaba, de la cual no necesariamente yo formaba parte: tan solo me desvanecía junto a la primera. Se trataba del cambio, como una fuerza sobrenatural —y sin embargo natural— que viene para arrasar con todo y con todos. Y ni siquiera es que “viene”, sino que siempre “está”: al acecho, a la espera.
Asocio esa conexión emocional a, específicamente, dos factores: el primero, el estado emocional en que viví por muchos años, una sensación de desarraigo en cada contexto, en donde nunca sentía que encajaba del todo y siempre había algo que mermaba mi espíritu. Sensación cuya raíz se hallaba en el rechazo, explícito. Personas a quienes quise dar mi confundido corazón, pero que nunca realmente se interesaron por él. El error fue creer que tenía que “dar” mi corazón, sea lo que sea que eso signifique. El segundo, el libro que le dio estructura a esa sensación de desarraigo: Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, uno de los libros cumbre que leído en vida. Un libro que le dio contexto y fuerza teórica a mi sensación de no pertenecer. En la medida que el libro sustentaba con suprema capacidad el cambio continuo e inevitable, así como el desmoronamiento de todo lo edificado, me sentía reafirmado. Mi desarraigo tenía fundamento; solo me quedaría, en algún deseado futuro, llegar a la superficie a respirar.
Puedo decir ahora que ese futuro específico nunca llegó. Y no es que la pasé igual o peor. Es simplemente que el paso del tiempo —irónicamente— y nuevas experiencias me fueron llevando a construir un nuevo panorama mental. Entonces, mi contexto se mudó a una realidad distinta tras una transición tranquila. Por tanto, dejó de existir la idea de que estaba, o deseaba, estar avanzando hacia un “futuro deseado”. Dicha transición tuvo partes resaltantes que no mencionaré aquí, pero sí diré que tuvo su culminación en el periodo de pandemia, en especial, durante el 2020. ¡Cómo amé ese año en lo personal!, en medio de toda la desgracia que, muy tristemente, venía aconteciendo en el mundo.
Más de una vez he asociado la obra de algún escritor ruso con la idea de cambio. Una época que irremediablemente queda atrás, otra que inicia. Ya no me apasiona tanto, en realidad, pero puedo reconocer el arte que le concierne.
En octubre de 2024 invité a mi madre a ver El jardín de los cerezos (1904), de Antón Chéjov, en una versión producida por el Centro Cultural y la Facultad de Artes Escénicas (FARES) de la PUCP, dirigida por Jorge Guerra, codirigida por Martín Guerra Morales, y traducida por Alberto Ísola a partir de la versión de Luigi Lunari (1934–2019). En palabras de Renato Romero para el programa digital de la obra, “escrita hace más de un siglo, cuenta la historia de una familia aristócrata rusa que enfrenta serios problemas económicos y ve que el mundo a su alrededor cambia de maneras insospechadas”.
Le pedí hace unos días a ChatGPT (modelo GPT-4o mini al momento de la generación) que me recuerde la historia de El jardín de los cerezos, y me respondió lo siguiente:
«El jardín de los cerezos» es una obra de teatro escrita por el dramaturgo ruso Antón Chéjov, estrenada en 1904, poco antes de su muerte. Es una de sus piezas más famosas y una de las más representativas del teatro moderno. Aunque Chéjov la consideraba una comedia (y a veces incluso una farsa), muchas puestas en escena y lectores la interpretan como una tragedia social, por el tono melancólico y el trasfondo de decadencia.
Argumento general
La historia se desarrolla en una finca campestre rusa a finales del siglo XIX o principios del XX, y gira en torno a una familia aristocrática que está a punto de perder su propiedad, que incluye un hermoso jardín de cerezos, debido a deudas acumuladas.
Personajes principales:
• Liuba Andréievna Ranevskaia: La dueña de la finca. Es una aristócrata nostálgica, emocional y poco práctica. Ha pasado varios años en el extranjero tras la muerte de su hijo pequeño.
• Lopajin: Un rico comerciante de origen humilde, hijo de siervos. Es práctico y propone una solución para salvar la finca: talar el jardín y parcelar la tierra para alquilarla como casas de veraneo.
• Gáiev: Hermano de Liuba. También está apegado al pasado y al jardín, pero es igualmente incapaz de actuar de forma efectiva.
• Ania y Varia: Las hijas de Liuba. Ania es joven y esperanzada, mientras que Varia, la hija adoptiva, es seria y trabaja duro.
• Trofimov: Un estudiante idealista que representa las nuevas ideas sociales. Desprecia el pasado aristocrático y sueña con un futuro mejor para Rusia.
Desarrollo
La obra muestra cómo la familia, atrapada en sus recuerdos y en su visión romántica del pasado, es incapaz de adaptarse al nuevo orden económico y social. Lopajin insiste en cortar el jardín de los cerezos, símbolo de la antigua Rusia aristocrática, y modernizar la finca. Finalmente, la propiedad se subasta y Lopajin la compra, triunfando el pragmatismo burgués sobre la decadente nobleza.
Final
En el acto final, mientras la familia se despide de la finca, se escuchan en el fondo los sonidos de los árboles siendo talados. La obra termina con un viejo sirviente olvidado en la casa vacía, simbolizando la muerte del pasado.
Temas centrales
• El cambio social: La caída de la aristocracia y el ascenso de la burguesía.
• La nostalgia y el apego al pasado.
• La incapacidad de actuar ante la transformación inevitable.
• La lucha entre lo emocional y lo racional.
Después, seguí profundizando al respecto con la herramienta. Sin embargo, estoy aquí para pensar en las sensaciones que me causó la puesta en escena, no la obra original de Chéjov, que aún no he leído.
El teatro del CCPUCP se siente, sin duda, acogedor. Esa característica complementó muy bien el diseño del escenario y los colores explayados en general, incluyendo el vestuario. No espero que las fotos que puedas ver, muy buenas y que captan momentos clave, te transmitan la misma sensación de haber estado allí.
Lamentablemente, para mí, la obra se hizo muy extensa, como si el director hubiese buscado que no se escape ningún detalle del escrito de Chéjov. Asimismo, siento que requirió más giros que generen impacto, sin necesariamente alterar sustancialmente lo escrito originalmente.
Las actuaciones estuvieron muy bien y me gustó mucho haber tenido una nueva experiencia teatral con mi compañera de siempre, mi madre. Pero también debo decir que, si hay algo que me llevé al recuerdo —y sigo con el “impacto” hasta el momento de escribir estas palabras— fue la fabulosa sonrisa de la actriz Valeria Ríos, quien interpretó a Ania. Absolutamente adictiva.
Esperé que el momento final, la última despedida de la finca, la nostalgia del último personaje, un mayordomo de avanzada edad, como dejando una vida atrás para siempre, me hubiese trasladado algo de esa nostalgia, pero no la sentí tanto. Quizás, me encontraba cansado. Quizás, lo observado ya no me hacía sentir interpelado, como sí hubiera sido en otro tiempo.
Llegará el momento en que revisite aquella parte de mi vida de la que hablé al inicio, pensando a través de las obras de los grandes autores que escribieron sobre el arrastre de la modernidad, tanto desde sus creaciones como desde mi análisis, ya con otros ojos, los que tengo ahora y los que tendré.
Ojos sanos, ojos claros, ojos calmos (metafóricamente hablando, ya que ni tengo la mejor vista y mis ojos son oscuros; ¿calmos?, posiblemente).


