Nos alejamos hacia el noreste de Villa Rica para llegar al espacio formado alrededor de la cascada El León, con piscinas naturales que la gente puede disfrutar. Hay caminitos que las rodean internamente y un puente colgante. Además, baños, vestuarios y puestos de venta de suvenires. Uno tenía un tremendo capibara.
No fuimos hacia la parte baja, a la altura de las piscinas, con el resto, sino por un borde hasta desembocar en un área elevada donde podíamos apreciar un panorama distinto. Nos sentamos entre las rocas para refrescarnos, ya que el agua de la cascada fluía por ellas. Tomamos algunas fotos y continuamos andando hasta cruzar el puente colgante.
Satisfechos del breve paseo, caminamos hacia el estacionamiento, pero nuestra van se había ubicado en otro lugar, más abajo. Cuando la encontramos, la abordamos sabiendo que íbamos a tener que esperar a la mayoría.
El tiempo avanzaba y mi hermana fue a buscar al guía, preguntarle por lo planeado y solicitar su colaboración con el uso del tiempo. Supe que no se habían contactado cuando él llegó al vehículo sin ella.
Debí salir a buscarla. Al no hallarla, decidí regresar en caso nos hubiésemos cruzado sin vernos, y así había sido: usamos senderos diferentes. Luego, esperamos a que se completen los pasajeros y arrancamos.
Nos llevaron a un mirador con una vista muy bonita de todo el distrito y los cerros circundantes, aunque no se disfruta tanto cuando está repleto de personas. Igual, pudimos tomar fotos agradables.
Para finalizar el programa, bajamos y nos introdujimos en la Plaza de Armas, donde hicimos fila para fotografiarnos con un monumento en forma de cafetera. Me pareció un parque muy agradable y, a esa hora, fresco. Tampoco había mucho movimiento alrededor.

Tras subir a la van por última vez, se presentó un nuevo percance: el señor que había contribuido a la presión para apurar en el área de juegos al mediodía había ido a buscar una farmacia y se estaba demorando en volver.
Cuando fue visto aproximándose a la distancia, pienso que podía notar que el grupo estaba con cierta premura; el guía, además, se lo hizo saber. El señor, no sin razón, se molestó, dejando entrever la clásica sensación del “¡Ahora sí, ¿no?!”, en referencia a lo acontecido al mediodía. ¿Acaso era menos importante su necesidad de hacer uso de una farmacia?
Muy poco después de emprender el retorno, tomamos una ruta alterna —si no se hacía así, no habría sido posible alcanzar el bus a Lima a tiempo—, la cual implicaba un atajo espectacular hacia la vía principal con salida en un punto a corta distancia de Oxapampa. El mapa de Google permite verla: una delgada línea llena de curvas que une este distrito con Villa Rica.
No obstante, es cosa seria. Claramente, no se diseñó pensando en que, eventualmente, se necesitaría dos carriles para abarcar ambas direcciones. Al contrario, se realizó, aparentemente, como se pudo, dejando un buen potencial de colisión entre vehículos opuestos.
Es más, sobre los kilómetros iniciales, la vía, con todas sus curvas encima, es sumamente angosta, con todo el peligro que eso acarrea. Tuvimos, al respecto, un encuentro con un camioncito en que ambos conductores debieron ver la manera de pasar sin estorbarse. Quien debió maniobrar más fue nuestra van. Poco después, nos adentramos en la noche absoluta, pero la pista se hizo más “segura” —si se puede decir— por su mayor amplitud. En general, la recuerdo asfaltada.
Aparte de nuestro sinuoso avance, me mantenía pendiente de nuestra posición en el mapa. Le enseñé a mi hermana cómo hacer el seguimiento y ella hizo lo propio con mi mamá.
Durante el viaje, escuchaba también, inevitablemente, otras conversaciones. La que más resaltaba era la del sinfín de preguntas que un par de viajeros le hacían a la pasajera que nos había visitado de India. Se les notaba emocionados al escuchar sobre la vida y costumbres de dicho país, y a la vez contaban algunas costumbres del nuestro. La percibí agradable, aunque, en mi mente, no podía dejar atrás el comportamiento que tuvo en los juegos. Tampoco, el hecho de que más responsabilidad había tenido el guía por la necesidad de un mejor control del tiempo.
Retomamos, finalmente, la vía principal, desde donde calculamos llegar a la agencia en 15 a 20 minutos. Sin embargo, más adelante, preferimos bajarnos en una esquina y caminar a nuestro hospedaje, evitando el tiempo gastado por dejar a otros pasajeros.
Recogimos las mochilas, nos aseamos lo más rápido posible y salimos hacia la cuadra de las agencias de turismo, frente al terminal terrestre. Era más de las 7 p. m. Compramos alimentos para la noche y el viaje a Lima.
En el restaurante, habiendo recobrado la tranquilidad por el horario, pasó Marino, nos reconoció y se acercó a saludar. Le expresamos que nos hubiera gustado que fuese el guía del día, como habíamos creído que sería. Nos contó, no sin fastidio, que al final no le dieron el tour a él, y que solían marginarlo de otros tours que no fueran el de Pozuzo.
Nos dejó la impresión de que no se llevaba tan bien con los administradores u otros colegas. Puedo imaginar que se trata de algún tipo de envidia laboral, ya que fue claro notar que su trabajo era altamente satisfactorio para los turistas. Sin embargo, al ser ayacuchano —una región no solo distinta, sino alejada—, los oxapampinos del negocio podían estarse sintiendo sentirse retados por él.
Agregó, con ánimo afectado, que iba renunciar, o quizá ya lo había hecho. Mi mamá intentó animarlo al decirle que no le costaría conseguir un trabajo rápidamente en otra agencia, de ser el caso. Antes de despedirnos, nos dio su teléfono para contactarlo por si regresábamos.
En algún momento, fui al terminal a dejar mi mochila grande para la bodega. Luego, regresé al restaurante. Faltaba ya poco tiempo.
Abordamos el bus, nos pusimos cómodos en nuestros asientos y dormimos hasta llegar a Lima.

Nunca olvidaré este viaje. Tan solo al llegar a estas líneas finales, tras tanto escrito, me lleno de nostalgia por lo vivido y de amor por el periodo de tiempo que lo englobó, ya que mi familia fue parte. Los lazos familiares nos llenan de vida y amor. Nos llenan de energía para salir adelante y de inspiración para pensar en cosas maravillosas.
Sueños, extendidos hacia el horizonte. Un horizonte coloreado por el más hermoso atardecer, un sol que se va guardando lentamente y dejando las sensaciones más cálidas. Como el mañana será otro día de mi madre, palabras que han marcado mi vida para siempre. Y, ahora que he terminado de traerles esta historia, me despido deseando que pronto vengan muchas más.




