Una mañana, por el momento, sin la mejor perspectiva

Por tercera vez en el viaje, terminamos en Desayunos Oxita antes del tour. Sin embargo, aquel día, no había sido nuestra primera opción. Tras dos días de soportar el mal genio de la persona que siempre estaba para atender las mesas —quien, aparentemente, compartía el dominio del negocio—, quisimos probar una segunda opción que nos habían recomendado, el restaurante Típico Oxapampino, ubicado dos cuadras más allá. Al llegar, había ya varios comensales en el local. Además, en la mesa elegida, no sentíamos que nuestra atención iba a ser pronta. Por tanto, a regañadientes, retrocedimos. La experiencia fue como la esperada: agria. La comida, además, no había vuelto a ser como la del primer día.

Tras el desayuno, retornamos al hospedaje a seguir esperando; el sol empezaba a asomarse. Cuando llegó la furgoneta por nosotros, nos dimos con la sorpresa de que Marino no era el guía, sino un joven cuyo nombre no recuerdo y que, en general, no me iba a dejar con las mejores impresiones.

Partíamos con la preocupación de finalizar el tour lo suficientemente temprano como para abordar a tiempo nuestro bus de regreso a Lima, programado para las 8 p. m. Esta cuestión iba a marcar, en cierta medida, los ánimos con los que emprendíamos el día.

El itinerario no empezó inmediatamente: fuimos los primeros, para colmo, en subir al vehículo (al menos, los primeros en la cabina detrás de la fila del conductor), lo que significaba que debíamos hacer un recorrido recogiendo a todos los demás pasajeros. Imaginarán que tal recorrido se volvía, de por sí, un fastidio, y más cuando las personas tardaban en salir. En uno de los hospedajes, además, una pasajera que subió con dos familiares resultó notoriamente desagradable tan solo desde una de sus primeras intervenciones.

Sus acompañantes eran su padre y quien parecía ser su pareja y estaba vestido con aire roquero. Su padre se veía como un señor no solo ya entrado en años, sino con muchas ganas de pasarla bien. Los tres destilaban, en mayor o menor grado, alguna pedantería. Cuando aún seguíamos recogiendo pasajeros, el conductor o guía hizo un comentario favorable hacia el padre de la susodicha, debido a su ánimo. Su réplica inmediata fue, y en un tono de burla, que su padre “tenía más energía que muchos de los que estaban presentes”. Lo hizo, incluso, mirando al resto de la cabina como queriendo dejar una provocación. ¿Qué necesidades o infelicidades habrá estado viviendo para soltar palabras y gesto tan desencajados con el momento?


Cada tour es independiente, a menos que se haya comprado un paquete para un conjunto de días. En este tercer tour, no habíamos esperado que el primer punto del itinerario fuera a coincidir exactamente con el que tuvimos al finalizar el primer tour. La misma experiencia al pie de la letra. Tampoco es que recordáramos perfectamente la explicación que Marino nos había dado dos noches atrás. En realidad, en el primer tour, la chocolatería Monkun no era el establecimiento establecido en el itinerario, sino que se aprovechó como reemplazo a última hora ya que el que estaba programado había ya finalizado su atención.

Cuando supimos que iba repetirse el evento, decidimos esperar fuera o en la sala de ventas. Le contamos al guía sobre el acontecimiento, pero no nos creyó. Desde atrás, veía las espaldas de las personas que, sentadas en las bancas, escuchaban la charla sobre el proceso de producción. Entre los oyentes, se habían juntado viajeros de dos furgonetas, y pude notar la presencia de varias personas de cuya existencia había tomado nota en los dos días previos. Es decir, algunas se encontraban viviendo la experiencia Monkun nuevamente.

Durante la espera, consultamos al conductor de la furgoneta por Marino, entendiendo que, al trabajar para la misma agencia, podría saber de las programaciones de los guías. Nos respondió que lo habían asignado a él (el conductor) con el guía actual, con el que siempre formaba equipo y solían buscar que fuese así, y que se conocían de tiempo y se entendían bien. En contraste, dejó mostrar cierto desagrado por Marino, y criticó que, con él como guía, a veces se almorzaba a las 4 p. m., lo cual, en su opinión, no era bueno para nadie. Lo corregí y le dije que el día previo, en Pozuzo, no había sido así y que la habíamos pasado genial. Sin embargo, el conductor no dio su brazo a torcer. Esta breve interacción me hizo entender lo que ocurriría esa misma noche, cuando ya estábamos de vuelta en Oxapampa, pero no me adelantaré.

Hacía bastante calor. Como mis familiares y yo estábamos en fase de espera, el tiempo podía hacerse un poco largo. Mi mamá mostró su preocupación por nuestro retorno programado a Lima, pero el guía le respondió, en resumen, que íbamos a poder regresar a dicha ciudad de todas maneras, incluso con su apoyo para alcanzar el bus en una estación siguiente si fuese necesario. No obstante, su forma de comunicarse era haciéndose el gracioso, lo cual no contribuía a aliviar el fastidio. Resulta que ese era su estilo: no daba la impresión de que tomara las preocupaciones de los clientes con seriedad. Si bien no soy un experto en moderar mi tono y mis palabras (y a veces ni lo intento), sé que es recomendable aprender a adecuarlos a cada situación. A pesar de ello, a mi manera de percibir el tiempo, aún era muy temprano para empezar a preocuparse por la hora de retorno. Igual, las extensiones en la duración de nuestro itinerario del primer día eran un aspecto por considerar.

Tras continuar, llegamos hasta un local en plena carretera, una parada al paso, una especie de café–tienda muy bonita que, a los lados, tenía detalles para hacerse fotos, como unas alas de mariposa parecidas a las que vimos el primer día. Se había diseñado, también, una especie de nido tamaño humano, estilo choza, para que los turistas pudieran subirse y fotografiarse; por supuesto, previo pago de tarifa. De donde colgaba el nido, había dos maquetas de aves y dos carteles: “El chihuaco” y “Río Pisco – Oxapampa”. El chihuaco (quizás también llamado “chiguanco”) era el ave representada y, Río Pisco, una localidad del distrito de Oxapampa.

Más adelante, lejos aún de dejar el mencionado distrito, correspondía hacer una parada en un lugar cuya experiencia asociada a nuestro entretenimiento fue lo peor que tuvo el tour, aunque no necesariamente debido al local visitado. Camino al sur en la carretera, se puede notar que la implementación de juegos de aventura es muy común. La existencia de dichos juegos, puedo interpretar, se ha realizado en coordinación con la expansión del turismo. Es probable, por tanto, que todo tour que incluya pasar por dicha carretera tenga incluida una parada en alguno de los locales en cuestión. En nuestro caso, se trató de Canopy Dicamen.

En realidad, el canopying era solo una de las alternativas a las cuales poder inscribirse, quizás la principal. Algunos de los otros juegos eran un puente colgante con el suelo de palitos de colores y un columpio extremo. Sinceramente, no estaba con el humor para subirme a ningún juego. Por supuesto, todos tenían un costo no menor, pero, durante aquel rato, la conjunción entre mi propia sensación de fastidio, la cantidad de gente presente, el calor que estaba haciendo, entre otras razones, me hicieron solo desear que esa parte del viaje pasara pronto. Demás está decir que no fue así.

Tampoco es que los juegos principales fuesen una novedad para mí. Hace muchos años ya había practicado el canopying en Lunahuaná. De igual manera, he realizado más de un salto con arnés desde una baranda de puente al vacío en Autisha, una experiencia cuyo balanceo posterior podía parecerse, desde cierto sentido, al balanceo que observaba en el columpio extremo. Finalmente, hace pocos años, en Canchacalla, había subido por la llamada “escalera al cielo”, una escalera como la que señalé recientemente, pero de ascenso acentuado. En todas aquellas ocasiones la pasé muy bien.

Volviendo al presente, no obstante, mi decisión fue la de esperar mientras paseaba por los acotados alrededores. Había pensado que solo sería un periodo relativamente moderado de minutos, pero terminó siendo excesivo por el pésimo manejo del guía, quien no aplicaba ningún tipo de control sobre el tiempo transcurrido. Es más, aunque no lo admitiera, sé que era intencional: ¿para qué cortar el flujo de ingresos al local llevándose a sus pasajeros? No me sorprendería, tampoco, que fluyesen las comisiones.

He estado en muchos tours en mi vida. Los más recientes habían sido los dos de los días previos. La regla de oro es marcar un periodo límite de tiempo y controlarlo, o mantener el intento de hacerlo. En cambio, entre las consultas que más de uno le hacíamos al guía, su única respuesta era siempre escabullirse detrás del argumento fácil.

“Yo no puedo obligarla a dejar todo para que ya nos vayamos”. Particularmente, se llegó a la instancia en que solo una pasajera quedó saltando de juego en juego hasta experimentarlos todos. Era una extranjera, proveniente de India, quien no quería perderse ninguno. Sin embargo, no solo aquella mañana el local estaba abarrotado, sino que ella había gastado gran cantidad del tiempo disponible haciendo fila para el canopying. ¿Los demás sí estaríamos, supuestamente, obligados a esperarla más de la cuenta? No puedo omitir, tampoco, su desconsideración en el sentido de que no se trataba de un tour privado, sino de que había un grupo: si ves que todos te están esperando y eres la única persona que falta, en algún momento debes hacerte consciente de la hora y darte cuenta de dónde estás.

El guía, por su parte, les añadía un tono condescendiente a sus explicaciones poco elaboradas, hechas “a la medida” para este tipo de situaciones. A pesar de que intentaba hacer aceptar que su lógica era la única posible, me dio toda la impresión de que él mismo sabía que no era así. Me había percatado, además, de la molestia de otro pasajero, quien se me acercó para que lo ayude a hacer presión sobre el guía con el fin de que termine de reunir al grupo y podamos seguir con la ruta. Le comenté lo que el guía me había respondido, a lo cual me devolvió una conclusión muy lógica (esta vez, una de verdad): “Entonces, si de repente estamos todos por irnos y a mí se me ocurre subir a un juego, ¿es lo justo que todos me esperen?”.

Fuimos una de las últimas furgonetas en continuar. Las que quedaban posiblemente habían llegado después de nosotros. Tan solo esperaba que lo que quedara del tour fuese mejor que lo que habíamos vivido hasta ahora.

Nada como la fantasía.

Pasa un gran día.