Hamlet moderno, pero tan clásico como siempre: notas experienciales sobre el Centro de Lima. Parte 4

Los mototaxis (vehículos de tres ruedas) son otro elemento que no puedo dejar de mencionar. Frente a los atolladeros insostenibles de las tardes, sus conductores, en su búsqueda de avanzar algunos metros más —como si sirviera de algo—, invaden directamente la acera, poniendo en peligro a quienes caminan por allí. Uno queda casi contra la pared para no ser arrollado por estas personas cuyo cerebro no les da para más. Es más, ¡hay que darles permiso! Donde la bestialidad reina, a veces no queda alternativa. ¿Para qué son las aceras sino para que los conductores las conviertan en carriles cuando hay congestión?, ¿verdad?

¿Y la policía? Bien, gracias. Merodea, observa, pero no hace mucho más. Por un lado, puedo deducir que, por la cultura de tránsito limeño, ya no les importe, pero también me es posible entender lo siguiente: tan caótico es dicho tránsito que no tienen con qué poner orden incluso si les interesara. Eso no la justifica, pero a la vez están a su suerte. No es una fuerza que se imponga en la ciudad. Al menos, la policía de tránsito 1.

La cultura vial en Lima, y en el Centro de Lima en esta ocasión, y en Barrios Altos específicamente, es que no hay por qué respetar ni a las señales de tránsito ni a la autoridad. Mucho menos, ¡qué va!, a las buenas prácticas de convivencia entre vehículos.  Con un “¡Avanza, mierda!” se resuelve todo.

Y, si pensaste que eso era todo, también está la tierra eterna que lo empolva todo y los excrementos de perro y de, quizás, algún vagabundo tal y como fueron expulsados de sus esfínteres, o arrastrados por infinitos pies y ruedas, sea de vehículos, mototaxis o motos para transporte de mercancías, dejando regueros frescos o secos que hay que ir evitando cuidadosamente al caminar.

Es muy fácil que, alguien que esté pensando en las musarañas al andar, se entierre en un montón de caca, como si se tratase de un campo minado en un área devastada por alguna guerra.

Una característica del área, justamente, es que hay un sinfín de perros callejeros que se movilizan por donde quieren y se hacen por donde le place. Es más, he visto a uno de los vendedores ambulantes proveer cuidado diario hasta a cinco perros desde su puesto en una esquina que da a mi centro de labores. Una buena obra, seguramente, pero los animales que se acumulan allí no solo obstaculizan el paso peatonal en reiteradas ocasiones, sino que contribuyen a la contaminación.

Al llegar a esa misma esquina, debo voltear a la izquierda para transitar los últimos metros hasta mi puerta de destino y alcanzar finalmente la tranquilidad —asumiendo que, al primer movimiento sísmico, el techo de ese vejestorio no me va a convertir en una mancha más en el suelo— 2.

El recorrido a pie para llegar a mi trabajo en las mañanas es, sin duda, detestable. Por las tardes, extrañamente, se siente más llevadero, a pesar del caos incrementado. No obstante, en ocasiones, he ido a mi centro de labores por el jirón paralelo, donde los vehículos van en sentido opuesto, un jirón que ofrece alguna mejor perspectiva (que no necesariamente significa buena). Ciertos días, sin embargo, hay unos repositorios de basura abiertos que dejan un olor a la redonda a demonio muerto, sin contar la edificación que tiene un muy pequeño espacio abierto cercado con rejas donde se acumula intensamente el meado callejero y la pestilencia.

Por otro lado, el flujo vehicular es más alto y concentra más su intenso moho y bullicio. Por la tarde, además, la probabilidad de encontrar marihuaneros haciendo apestar el ambiente está siempre presente. Y el recorrido es, por supuesto, más largo 3.

No me quiero extender más, aunque haya más por contar. Más bien, me traslado de escena completamente.

Cuando entré al Teatro Municipal para esperar por el inicio de Hamlet, mientras aún iban llegando las personas, lo primero que me llamó la atención fue el diseño del escenario. Aquello que vi sobre el mismo fue para mí un guiño inintencionado a la inmundicia que he descrito en estas cuatro partes de la historia, y un elemento fundamental de la versión de la obra que fue presentada.

Se había diseñado el panorama de una gigantesca acumulación de basura que caía en diagonal desde el extremo izquierdo hasta lo que parecía ser más de la mitad del escenario, como si Hamlet y demás personajes no fueran más que un reflejo de eso: un montón de desperdicio, uno, por su odio y frustración, otros, por su cinismo e hipocresía.

Como si él, el propio Hamlet, cual pordiosero perdido en la podredumbre, supiese que, al vivir su propia desesperanza tirado a un costado sobre la basura, cual muerto con la espalda a la audiencia, no es posible cambiar el mundo ni su propia realidad, y tan solo le quedase oscuridad para su espíritu. Vagabundo y sin poder volver a contar con la alegría.


Notas

1 Cuando escribí la base de este texto, por largo tiempo pude observar la presencia de ternas de policías de tránsito que parecían hacer solo acto de presencia. Aparentemente, a raíz de la continuidad de los robos que estaban sufriendo los alumnos de la facultad universitaria que está en la zona (aquella que alberga el jardín botánico) y el reclamo presentado a las autoridades, empezó a mostrarse dicha presencia. Al editar estas líneas, ya no existe más. Esporádicamente, tan solo se ve a uno o dos policías que intentan establecer algún orden en el tránsito, pero el pésimo diseño urbano de la zona y las infranqueables obstaculizaciones en las vías, así como su limitada amplitud, lo hacen todo cuesta arriba.

2 En la actualidad, ya no ingreso por allí. No desarrollaré aquí el motivo.

3 En realidad, no tengo una ruta fija, pero la mayor cercanía me lleva a priorizar la ruta inicialmente descrita.

Copilot.