Las madrugadas en el Centro de Lima son tierra de nadie. Si bien no he conocido cada milímetro de su área urbana, me basta con tan solo el panorama que expone el tramo de marras que debo transitar para llegar a mi destino, en especial, tras haber cruzado la avenida y tener el fondo frente a mí.
Tan solo al principio, paso al lado de un poste donde las personas de la zona suelen acumular basura durante el día, aunque, a esas tempranas horas, la basura del día anterior ya ha sido retirada1. Cuando retorno a la avenida por las tardes, la acumulación no solo está presente, sino que se encuentra desparramada, con el desperdicio desperdigado muchas veces ocupando buena parte de la angosta acera. En mi ruta de ida, sin embargo, tan solo quedan no poco notorios rezagos de lo que hubo2.
Aunque la basura acumulada por las tardes en ese punto genera cierto mal olor, es leve en comparación con otros focos trágicos del camino que sigue.
Tras dejar atrás una morgue del Ministerio Público, la acera se amplía por una sección no menos que interesante. Luego de una escuela preparatoria universitaria —frente a la cual, en ocasiones, se encuentran desechos “logísticos” (como papeles inservibles)—, sigue una recta bordeada por una pared alta y extensa hasta terminar la cuadra, perteneciente a la entidad educativa que acoge a la mencionada escuela y que encierra un jardín botánico.
Dicha sección albergó, por años, a una familia de dos personas y quizás algún perro, la cual, con la mayor libertad posible, decidió levantar su covacha para vivir. Por años transité la zona y por años vi la covacha extenderse de a pocos. No critico su necesidad: sé que son personas que viven de lo que pueden conseguir en el día a día. Sin embargo, sí me pregunto: si está permitido para ellos tomar la acera de esa manera, ¿por qué no lo estaría para muchas otras personas sin hogar no solo en esa misma cuadra, sino en todo lugar de la capital donde les quepa la posibilidad?3 4
La acera, de por sí, se mantiene ancha. No obstante, en la primera mañana, alrededor de la covacha, se apreciaba un muladar. A un costado, el señor preparaba su carretilla para ir a realizar su recorrido diario. Independientemente de lo que seguía después de culminar dicha cuadra (otra triste experiencia), cuando avanzaba por allí, podía notar que el espacio amplio no estaba exento de su propia podredumbre.
En el pasado, no siempre me movilicé entre mi casa y mi trabajo haciendo una combinación de bus y caminata, por lo que no podía conocer el estado real de lo que se observaba, aunque la covacha era un resalte. Cuando cambié mi modo de transporte, mi experiencia de esta pequeña parte de la ciudad, en general, fue plenamente distinta.
No pasó mucho tiempo desde que empecé a movilizarme a pie para dejar de pasar por allí; priorizaba la acera del frente. Algunos intentos finales fueron suficientes para que decidiera no hacerlo más. Cuando aún lo hacía, sin embargo, me era muy fácil recibir, en cada metro cuadrado, a cada paso, el ataque de un hedor a urea bravísimo, como si el cemento hubiese sido regado por uno de esos camiones cisterna para las plantas, solo que, en lugar de agua, hubiese utilizado pichi altamente concentrada. Tremendo aromatizante.
Tampoco era poco común ver, por las tardes, carros estacionados al lado de todo el borde de la acera (y amarillo, aunque ya mal pintado, que marca la prohibición del estacionamiento) y el charco acumulado o reseco de orina que se esparcía a lo largo entre los neumáticos, especialmente, en la sección de la cuadra flanqueada por la pared alta, donde estaba la covacha5.
Hace un tiempo, se encargó pintar dicha pared, un proceso durante el cual la covacha debió hacerse a un lado para volver, luego, nuevamente a su lugar habitual. La fachada del jardín botánico por ese lado pareció empezar a mejorar, aunque no necesariamente se libró de la pestilencia 6. Para cuando ello sucedió, yo ya andaba por la acera del frente, también con su propia problemática.
Notas
1 Decidí mantener en este punto el presente, ya que me gustaba más ese tono que el pasado. Siempre encuentro alguna complicación en publicar en el blog manteniendo el sentido del tiempo en que escribí el borrador de una historia cuando, luego, hay detalles que pueden haber cambiado.
2 Si bien he dejado de prestar atención al caso por ahora, al publicar estas líneas, tengo la ligera impresión de que ese foco de podredumbre ha amainado. Sin embargo, de ser así, nada indica que será permanente.
3 Cuando escribí la base del texto, la covacha estaba aún vigente. Recién en setiembre del presente año, las autoridades la retiraron y la familia debió irse. Espero que estén bien, pero también espero que, donde se encuentren, le den valor al cuidado de la ciudad, como deberíamos hacerlo todos los ciudadanos.
4 La pregunta que planteo no tuvo como fin el denotar alguna forma de injusticia: fue solo un medio. En realidad, mi intención, aunque quizá no haya quedado muy clara, fue llamar la atención sobre dos aspectos: por un lado, la ausencia de políticas públicas para abordar la situación de personas sin hogar en la ciudad; por otro, la ausencia de un control generalizado de las autoridades para que la ciudad no se vuelva tierra de nadie.
5 Mientras que la covacha ya no está, la costumbre de estacionar los vehículos allí se ha mantenido. Es un problema generalizado en Lima.
6 Si bien tanto en la ida como en la vuelta ya no paso por donde solía estar la covacha, las muy contadas veces en que lo volví a hacer pude sentir que el hedor había bajado en intensidad, aunque no desaparecido. Para aclarar, por cierto, debo mencionar que nunca me quedó duda de que la contribución a su existencia provenía de varios al menos.

