Entraste en mi mente como si no existiera un mañana.
No lo existe ya.
Estamos en el límite de nuestras vidas.
Y, en ese límite, estamos muriendo.
Cayendo en lo más hondo.
Pero te amo.
Sí, te amo.
Te amo, y no imaginas cómo se enciende mi corazón cuando decido abrir mi corazón a tu recuerdo.
Fui solo alguien pasajero.
Ahora, el mundo continuó su rumbo.
Mientras, yo podría morir, quizás mañana, en la montaña, y tú seguirás adelante.
Me convertiré en nieve, en humo, en tierra.
Y no podré estar a tu lado.
Ya no sabes quién soy, y no tengo el valor de volver a ir hacia ti.
Para mí, te convertiste en el todo.
Incluso a la distancia, incluso en estos segundos que ya se han hecho incontables.
Pero te recuerdo.
Te recuerdo, y te veo.
Te recuerdo, y soy alguien que muere por tu sonrisa.
Por tu voz.
Tus palabras.
Tu forma se ser.
Tu todo.
Soy quien te ama, y no necesito más.
No necesito más.
No necesito más.
Y, cuando esté allá arriba, en la montaña, bien arriba,
sin límites,
pensaré que, quizás, algún día podría haber llegado a ti,
y hecho que te enamores de mí.
Quién sabe.
Quizás, frente a mi lecho de muerte, no me quede más que contemplar tu rostro
y alzar un dedo al cielo
en agradecimiento por haberte conocido.
Y saber que iba a poder, que podía, que te estaba llevando,
en el último momento de mi vida,
a mi lado
y en mi corazón.
Es hora de cerrar los ojos.
El frío me cubre por completo.
El sol ya dejó de brillar para mí.
Se va el espíritu de mi cuerpo, y no hay vuelta atrás.
Quizás, muy dentro de tu recuerdo, me tengas presente.
Y es a través de ese matiz en tu vida que,
por muy pequeño que sea,
viviré.
Siempre serás mi todo, pero el todo estará donde haya quedado mi cuerpo,
y no habrá más.
No habrá más.
