La única vez que había estado en mi vida en una zona de selva fue el 2008, cuando, en familia, pasé un conjunto de horas en Tingomaría. Específicamente, ceja de selva, o selva alta. Después de aquel lejano año, no llegó a ser una prioridad para mí explorar la selva en mi país, sino que me decanté, principalmente, por las zonas montañosas, y así dejé pasar mucho tiempo sin conocer esta parte tan grande e importante de nuestro territorio. En los últimos años, sentí que me estaba descuidando demasiado en ese aspecto. Caí en la cuenta de seguía pasando el tiempo, me seguía haciendo viejo, y no le estaba dando una oportunidad a la selva de colmar, también, mi vida.
Oficialmente, decidí que el 2024 iba a ser el año de mi retorno, aunque es una palabra que queda muy grande para el poco tiempo que pasé en Tingomaría, aquel lejano 2008. Más allá de eso, lo que inicialmente sería un viaje individual, con destino Oxapampa, terminó siendo uno en familia. Poco sabía yo, meses antes del viaje, que esta experiencia llenaría tanto mi vida y establecería cambios fundamentales en mi manera de sentir y la manera como estoy viendo mi futuro.
Fue inolvidable, pero, lo siento, parece que ya me estoy yendo al final. La cuestión es que, en principio, nos embarcamos, como ha sido usual para mí, en la empresa Cruz del Sur. Como hace un tiempo ya había dejado de visitar la altura, sabía que la ida, que solo estaba disponible de noche, podía llegar a afectarme un poco. Ello, porque el viaje incluye, partiendo desde un poco más alto que el nivel del mar, una franca subida, llena de curvas, hasta una altitud de 4818 metros, que es Ticlio, para luego empezar a bajar.
Al pasar de madrugada, es muy probable quedarse dormido, como me pasa por tramos. Durante las siestas, no respiro como quisiera, profundo —una acción consciente—, sino corto, como lo natural —una acción involuntaria—. Respirar corto en la altura, sin tener ninguna aclimatación previa, al menos breve, dificulta la llegada de oxígeno al cerebro, y ello trae problemas.
Tras 9 horas de viaje, llegamos a La Merced, donde desperté. Allí, hay una parada del bus en la terminal terrestre para incorporar a más pasajeros. Ya de por sí me sentía afectado y no creía que volvería a dormir. Lo que siguió fue 2 horas más de (sufrido) avance hasta nuestro destino en una carretera llena de curvas pronunciadas, pero a menos de 2000 metros de altura. La afectación con que me había despertado en La Merced me pasó la cuenta, y estuve yendo en serie al baño —fueron cuatro— para dar rienda suelta a mis arcadas, aunque basadas en el agua que había estado bebiendo. Mi cuerpo estaba predispuesto, inflamado internamente.
Al bajar en Oxapampa, el bienestar llegó rápidamente, y lo primero que hicimos fue ir a hospedarnos donde había previamente reservado, a tan solo algunas cuadras de la terminal. Al salir de esta, los operadores turísticos dan una amigable bienvenida, y los hay para escoger si se desea tomar un tour. El que se encontraba en la esquina derecha, Perú Trek, nos entregó un folleto que, sin pensarlo mucho, hizo la diferencia. Pronto les diré por qué.
Vimos que uno de los tours iniciaba a las 10:30 a. m., el que exploraba Oxapampa y Chontabamba, así que estábamos con cierta holgura. Nos hospedamos en San Antonio, nos alistamos rápidamente y fuimos a donde nos recomendaron, Desayunos Oxita, que estaba bastante cerca, para la primera comida del día.
Lo que nos sirvieron, una delicia, pero tardó bastante en prepararse, ya que había una buena cantidad de comensales y la capacidad del establecimiento no era suficiente. Hicimos notar nuestro apuro y descubrimos que quien atendía, un joven posiblemente en sus intermedios treinta, que parecía ser familiar (posiblemente, el hijo) de la señora que dirigía la preparación de la comida con participación directa, era una persona malhumorada. Le da una mala imagen al negocio. Al menos, si lo que busca es crecer.
Durante la espera, mientras mi mamá se quedó en el local, mi hermana y yo aprovechamos para ir a reservar el tour. Nos dirigimos, sin dudar, directamente a la agencia donde nos habían regalado el folleto al pasar. Realmente, hizo la diferencia el que lo hicieran, ya que un contacto tan breve, para un momento tan apurado, influyó en nuestra decisión. Nos explicaron el recorrido y lo reservamos para ese mismo día.
Regresamos, esperamos un poco más por el desayuno, lo disfrutamos tras recibirlo y salimos. Por cierto, tienen allí varios paquetes de desayuno, incluyendo comida típica; en aquella ocasión, los tres pedimos, como plato principal, un lomito al jugo. Además, tomé un jugo de piña inolvidable.
Llegamos al hospedaje, nos alistamos nuevamente y quedamos a la espera. Se vendrían tres días de intensa actividad, pero ya desde salir de la terminal había empezado a disfrutar: la tranquilidad que transmite andar a pie por Oxapampa es, sencillamente, superior, y eso renueva mucho las energías.
Es hora.


