El “llorón” peruano y la inmundicia interna

Una canción que fue muy famosa del fallecido Pedro Suárez Vértiz incluye los siguientes versos en una variación de la estrofa principal del coro:

Cuando ya tú estés acá
trabaja hasta las lágrimas como lo hacías allá
Solo así verás que tu país no fracasó
sino que tanto amor te relajó

La canción es pegajosa y configura un llamado a no olvidarse nunca del Perú, ya que el país puede ser un magnífico lugar para progresar con nuestro propio esfuerzo, el cual se verá compensado por la inacabable calidez de quienes son cercanos a nosotros.

En algún momento pasado (muy pasado), gustaba de esta canción y me sentía identificado con su letra. Sentía que Suárez Vértiz había leído con precisión la realidad y la había expresado en un tema que resultó en todo un éxito en su tiempo. Mi percepción actual, sin embargo, ya no va por ese camino.

La mirada que presentaré está, sin duda, centrada en Lima Metropolitana, y lo que he podido ver hasta ahora no es un relajo basado en una cierta complacencia que podría generar el sentirse “amado”, sino su excesiva presencia y la consiguiente desconexión con la realidad. Esta mirada podría ser considerada cínica, pero no por ello desechable. Mucha de nuestra clase media —una clase a donde considero que pertenezco— vive con una postura egoísta, arrastrando viejas taras que acarrean una serie de mandatos sociales, asumidos ciegamente, que intentan imponer sobre los demás sin tener en cuenta que la contraparte puede tener una opinión o interpretación distinta. Cuando la contraparte defiende su postura, el tipo de clasemediero al que me refiero se sorprende, no puede creer que haya alguien que esté intentando sacarlo de la complacencia de hacer las cosas como cree que deben ser.

Viajaba, como es usual, de mi trabajo a casa en el transporte público, en una línea de administración privada (es decir, de aquellas que casi no tienen control estatal). El acontecimiento que narro ocurrió en algún punto entre la Av. 28 de Julio y antes de llegar a la Av. Venezuela. El bus estaba semivacío. Yo estaba sentado atrás y, más adelante, a pocos asientos del conductor, se hallaba un joven peruano, quien daba a la ventana, al lado de quien parecía ser su madre, quien daba al pasillo. Como es común en los buses de este tipo, además del conductor, había un cobrador de pasajes. Si bien no estoy seguro de la nacionalidad del conductor, el cobrador era definitivamente venezolano.

Hago un paréntesis aquí para brindar un poco de contexto al lector internacional (o al peruano que no usa transporte público; al menos, no como el mencionado). Las discusiones entre cobradores y pasajeros en este tipo de servicio son de toda la vida. Cuando no hay cobradores, las discusiones pasan a ser con el conductor. El motivo de las discusiones suele ser, aunque no se limita a, el monto del pasaje que se debe cobrar por una determinada ruta. No solo porque la estandarización del tarifario es insuficiente, sino por la ocasional viveza del cobrador o del pasajero, o la percepción de justicia (muchas veces, totalmente falsa) de este último.

Cierro paréntesis. Una de aquellas discusiones se dio entre el cobrador venezolano —alguien con mucha confianza en sí mismo para interactuar con los demás, además de alto y subido de peso— con el joven peruano y su madre. Ellos querían pagar una tarifa menor a la que correspondía, y me consta que, en dicha línea de buses, si bien siempre hay un nivel de interpretación para las rutas, las tarifas son mayormente estables entre los cobradores. Muy aparte, si alguien cobra una tarifa sin ningún ánimo de aprovechamiento, comportándose apropiadamente, debe ser muy molesto tener que atender a un pasajero que quiere pagar lo que cuadre con su criterio personal. No obstante, el cobrador venezolano, ante la cólera, sabiendo que no iba a conseguir el pago completo, dejó la insistencia y se retiró no sin hacer un comentario burlón al joven peruano.

Él, regodeado en su inacabable complacencia, un tipo con un carácter de poca monta según cómo lo percibí, empezó a responder con un tono amenazante. El cobrador no se quedó callado, y respondió de vuelta. Quién sabe si el peruano se habría atrevido a comportarse así si su madre no hubiese estado entre él y el pasillo. Lo gracioso era que el peruano se hacía el “macho”, encerrado en su propio asiento, cual odiador en las redes sociales escribiendo estupidez y media sabiéndose protegido por la distancia digital.

La discusión escalaba y podía esperar, y hasta desear, el enfrentamiento físico, no solo por la expectación de lo que en Perú llamamos “conchudez” (ser un sinvergüenza), en este caso, por parte del joven peruano, sino porque, entre sus comentarios y los de su madre, cuando ella intervino, fueron de índole xenofóbica. Es más, la señora no se refirió solo al cobrador, sino a los venezolanos en general, algo completamente innecesario. El cobrador le respondió respetuosamente, pero molesto, que él vivía en el Perú trabajando y no pidiendo dinero.

De haber acontecido, es posible que el cobrador hubiese “acabado” con el ego inflado y herido del joven peruano, quien había visto tocado su pequeño mundito de complacencia y de reglas sociales prefijadas. Fue eso lo que también, y con mucha razón, el cobrador le dijo: que él no estaba acostumbrado a que le respondieran en este país. Ciertamente, hay clasemedieros (por supuesto, no todos) que adoptan, como una “ley”, las jerarquías sociales absurdas de una sociedad tan discriminadora como la limeña, por lo que un “simple” cobrador no podría ponerse “a su altura”.

Ciertamente es, también, que el cobrador no debió faltarles el respeto cuando se dio cuenta, tras su insistencia, de que no le iban a pagar de manera completa. Eso no lo defiendo en absoluto. No obstante, son estas situaciones no resueltas en el absurdo modelo con que se maneja este tipo de transporte público, presentes desde siempre, que dejan tanto a pasajeros como cobradores en situación de vulnerabilidad e incertidumbre, tarifariamente hablando.

Milagrosamente, en medio de la discusión —que había alcanzado un segundo pico cuando, luego de la “primera ola”, el joven peruano tenía palabras odiosas hacia el cobrador mientras hablaba con su mamá, con la intención de ser escuchado; lo que precisamente pasó, ya que el cobrador lo encaró nuevamente, diciéndole que lo estaba escuchando—, subió un vendedor y, con la promoción de su producto, sin ninguna idea de lo que venía aconteciendo, resultó en una interposición involuntaria entre las partes en conflicto, con lo cual la trifulca verbal terminó. No sé qué habrá pasado con el joven peruano y su madre al bajar, ya que yo me retiré antes.

En un canal de YouTube basado en un humor ácido aplicado a la ciudad de Buenos Aires (fantástico, por cierto), una de las frases más recurrentes es referirse a la Argentina con un “qué país de mierda” (sin que deje de notarse, en realidad, el amor que le tienen). Usaría ese mismo esquema, pero esta vez sin ningún tipo de humor ni doble sentido, para decir de Lima: “Qué ciudad de mierda”.


Nota. La imagen de portada la obtuve con Copilot.