Desde cerca, lo más lejano

Gonzalo Portocarrero fue un sociólogo peruano graduado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y profesor en la categoría principal de mi universidad, la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), que falleció el 2019, a los 69 años, por cáncer de pulmón. Ampliamente reconocido, entre las oportunidades que tuvo para extender su producción intelectual por el país fueron sus columnas para el diario El Comercio.

Un año antes de su partida, firmó la introducción de un libro titulado Desde lejos, lo cercano. Reflexiones sobre el Perú (Peisa, 2018), que reúne la mayoría de las columnas que escribió para dicho diario y que abarcan el periodo de 2012 a 2017; básicamente, durante el gobierno de Ollanta Humala y el primer año del de PPK. El Comercio nunca ha sido un diario al que le he dado mucha atención. Al menos, pensando hasta 2020, en que solía estar muy al tanto de la coyuntura nacional. Después, me centré más en la internacional. Como he mencionado en otras publicaciones de este blog, cuando he buscado leer un diario peruano, he elegido La República. Lo consideraba más cercano a la realidad, mientras que a El Comercio lo relacionaba con los poderes económicos y el fujimorismo. Y déjame decirte que no era solo una imaginación.

Por supuesto, el diario no era solo eso, sino, siendo el más grande del país, soy consciente de que también podía mostrar otro tipo de producción, más libre de los intereses de sus directores. Y allí entraban las columnas de opinión. ¿Cómo lo sé? Porque ya he leído dos libros que compilan las columnas de dos altos pensadores que tiene o ha tenido (según corresponda) el Perú: Carmen Mc Evoy y la persona de quien escribo en esta oportunidad, Gonzalo Portocarrero.

No recuerdo cuando escuché hablar de Gonzalo Portocarrero por primera vez, pero es más probable que haya sido en el ámbito de mis estudios de maestría en Psicología Comunitaria (2012–2016). Desde ya, dos libros vienen rápidamente a mi mente escritos por él: Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso y Razones de sangre. Aproximaciones a la violencia política (ambos del Fondo Editorial PUCP), que aún tengo pendientes. Más adelante, se publicó el libro al que me refiero en esta publicación de blog, el cual no fue sino hasta este año que lo tomé de mi estante y lo leí.

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Cuando ya me iba acercando al final, no podía evitar sentir tristeza por su partida. Incluso la siento ahora, al escribir estas palabras. He conectado, verdaderamente, con los pequeños textos que caben en una columna de diario como pocas veces. He conectado con lo que él tuvo para decir en el diario años después, por mi lectura reciente. Su escritura es la de alguien que llevaba al Perú de manera particularmente cercana, como si existiera en sus entrañas. Muchos pueden ser peruanos y vivir en el Perú, pero no necesariamente llegar a entenderlo con tal claridad y, menos aún, expresar dicho entendimiento con palabras que se desenvuelven con tanta calma y sosiego.

Y, si bien me fue posible notar su malestar en una cantidad de columnas por las decepciones a las que continuamente nos someten algunos funcionamientos de nuestra sociedad cuando pensábamos que las cosas podían empezar cambiar, no se nota que él escribiera con el ánimo caldeado. Si debo plantear una crítica, sería que, aunque la expresión general de su pensamiento aporta altísimamente a comprender nuestra idiosincrasia como país, el énfasis está en lo acontecido en la capital, por lo que podría haber esperado también una incursión en el pensamiento regional, por más variado que pueda ser. De todas maneras, somos mayoritariamente del lugar donde desarrollamos nuestra vida de manera más específica.

Una serie de las narraciones o argumentaciones que, a mí, por mucho tiempo, me hubiera gustado verbalizar o escribir ya estaba diagramada en las letras de Portocarrero. No estoy diciendo en absoluto que yo habría podido producir las mismas ideas, sino reflejar que el proceso de identificación intelectual muchas veces sucede cuando la otra persona crea, por algún medio, una expresión que uno siente que le habla directamente y por la cual se establece un canal imaginario que libera ese cauce concentrado de turbulencias y frustraciones.

Algunas veces, hasta sentía tristeza por la intención sumamente sincera que, en mi interpretación, atribuía al autor de contribuir a provocar un cambio en el Perú a través de su análisis, pero, a la vez, sabiendo quizás que no iba a ser realmente posible, o que la posibilidad era muy baja. Y es que sus palabras son de tal transparencia que le hacen sombra a todo aquel o aquella que pretende sonar interesante ensayando estructuras complejas, o que incluyen vericuetos que requieren releerse más de una vez, pero con una transmisión insuficiente.

Al final, son muy pocos los que quieren cambiar al Perú como para que se pueda hacer la diferencia. Incluso, una cantidad muy grande de gente buena solo quiere que todo siga igual, ya que ya habrían alcanzado una determinada comodidad en sus vidas. Sin embargo, hay tantas cosas que están mal que es difícil saber por dónde empezar. Ni siquiera se trata de llegar a una situación ideal, ya que sería irreal, pero al menos que se pueda vivir con cierta lógica. El ejemplo más clásico, ¿por qué sigue encumbrando la población continuamente a los peores políticos una y otra vez? Podría crear una publicación en este blog con puras preguntas del absurdo, y, después de mucho escribir, me quedaría corto. Es más, hasta se conoce, en determinadas situaciones, las razones de absurdo de turno, pero lo que se requiere luego es saber las razones detrás de las razones. Si el Perú fuera una persona, me gustaría saber qué es lo que esconde su terrible inconsciente.

Debe estar, sin duda, lleno de monstruos.

Desde aquí, agradezco tu aporte a la sociología, a la literatura, a la cultura y al entendimiento sobre el Perú. Espero que algún día el cambio pueda ser posible y empecemos a sanar.

Continúa descansando en paz e instruyendo, Gonzalo Portocarrero.