El octavo artículo para el New York Daily Tribune en el asunto de las revoluciones en España del siglo XIX fue publicado el 2 de diciembre de 1854.
En 1819, se había concentrado en Cádiz un ejército expedicionario cuya finalidad era reconquistar las colonias en América, que ya se habían sublevado (recordar que, dos años después, en julio de 2021, se estaba declarando la independencia del Perú en Lima). Su mando se otorgó a José Enrique O’Donnell (al buscarlo en la web, encontré que fue, en realidad, Enrique José), conde de La Bisbal, un ser acomodaticio a lo que el rey prefiriera. (Cuenta Marx, al respecto, una graciosa anécdota de 1814. Ante su desconocimiento sobre la postura política del rey, le había enviado dos cartas a través de un oficial, las cuales mostraban caras opuestas: una a favor de la Constitución de 1812 y otra en contra, además de su ofrecimiento para servirlo. El oficial debía enterarse de la postura correcta para entregar al rey la carta que iba en esa línea, descartando su par.)
Hasta el momento, era la última expedición que se estaba formando de una serie con el mismo fin y que ya había consumido (en la traducción, “engullido”, pero no se aclara si se trata de soldados caídos o que no tuvieron un retorno a España) 14000 hombres desde 1814. No se trataba de expediciones muy bienvenidas entre el ejército y su dirección dejaba mucho que desear, a decir del autor.
Había ya oficiales descontentos que buscaban dar un golpe y, para ello, planeaban aprovechar la fecha en que se iba a pasar revista de las tropas expedicionarias, el 9 de julio de 1819. De tener éxito, se proclamaría de nuevo la Constitución de 1812. O’Donnell, que había sido incluido en el complot, traicionó la iniciativa: informó de los planes ocultos para ensalzar su figura. El golpe se detuvo y los regimientos implicados fueron desarmados. Los oficiales conspiradores fueron encarcelados y todo fue informado a Madrid.
No obstante, tras correr información más exacta, llegó a oídos del Palacio que O’Donnell había sido, inicialmente, un conspirador más, y fue destituido. No fue, de todas formas, el primer intento de dar ese golpe en el tiempo (aunque, supongo, no necesariamente con las mismas personas).
Desde el gobierno de Madrid, bajo el mando del duque de San Fernando, a pesar de la evidencia relacionada con el intento más reciente de golpe, no se llevaron a cabo acciones que contribuyeran a solucionar la rebeldía que se había detectado en el ejército, ya sea acelerando la marcha de la expedición o diseminando a sus integrantes a localidades diferentes.
Pero el movimiento detrás del golpe no decayó, sino que se mantuvo vigente desde dos frentes: por un lado, bajo el mando de Rafael del Riego, estaba el segundo batallón de Asturias, acuartelado en Cabezas de San Juan (Sevilla, Andalucía); por el otro, en la isla de León (Cádiz, Andalucía), hallábase Quiroga, San Miguel y otros jefes militares, quienes habían conseguido evadir la cárcel por el intento de golpe (no explica Marx el cómo).
En opinión del autor, la empresa de Del Riego era más difícil, ya que, geográficamente, estaba ubicado al medio de tres fuerzas contrarias pertenecientes a las facciones del ejército expedicionario que seguían sirviendo al rey. Una de estas fuerzas se conformaba por un batallón de exploradores en Arcos (Cádiz), donde también estaba el general en jefe y el Estado Mayor (no entiendo qué significa que allí estaba “el Estado Mayor”), un batallón que superaba a Del Riego por el doble. A pesar de eso, el 1 de enero de 1820, el rebelde consiguió capturar por sorpresa al general y al Estado Mayor (no entiendo, una vez más, qué significa que capturó al “Estado Mayor”).
El mismo día, Del Riego proclamó en la localidad la Constitución de 1812, pero no se detuvo. Continuó su marcha para seguir proclamándola en cada lugar donde se impusiera. Atrajo a su causa a los exploradores y, además, sorprendió al batallón de Aragón, que estaba en Bornos (Cádiz). Luego, pasó a Jerez y, de ahí, a Puerto de Santa María (ambas en Cádiz).
Recién el 7 de enero llegó a la isla de León, donde estaba el otro frente, en cuyo fuerte de San Pedro dejó a los militares que iba haciendo prisioneros en el camino. Quiroga y sus partidarios, con un plan distinto, faltaron al acuerdo al que habían llegado con Del Riego inicialmente, y se habían mantenido inactivos hasta el 2 de enero, cuando Oltra, un mensajero del frente de Del Riego, les comunicó, justamente, que en Arcos se había capturado al Estado Mayor. En otras palabras, Del Riego era el único con la convicción necesaria. (No comenta Marx qué aconteció del 2 al 7 de enero en la isla de León.)
Las fuerzas del ejército revolucionario, cuyo mando se encontraba bajo Quiroga, no pasaban de 5000 hombres (me queda la pregunta de cómo este se armó con un ejército, si había sido apresado por los leales al rey para ser llevado a la cárcel; a menos que los fieles hayan estado siempre presentes). Tras ver rechazados sus ataques contra las puertas de Cádiz, decidieron mantenerse en la isla de León (¿esto sucedió, entonces, antes del ataque sorpresa de Del Riego a Arcos?; le faltó a Marx mejorar su uso de la cronología).
Enero pasó y Quiroga no cumplió con apoderarse del puente de Suazo y luego de la isla de León (otro elemento que causa confusión; ¿ya no estaba en la isla de León?, ¿o se refiere a que solo ocupaba una parte de ella?) Debido a esta suerte de displicencia, Del Riego temía que la motivación general decayera, por lo que decidió, en contra de la opinión de Quiroga y otros jefes, formar una columna de 1500 hombres y reanudar su marcha —el 27 de enero— para seguir proclamando la Constitución.
No obstante, en Andalucía había fuerzas contrarias, según Marx, diez veces superiores, las cuales ejercían la persecución, aunque sin mayor prolijidad. Tras un mes de lo mismo con poco o sin éxito, no parecía que su verdadera intención fuese someter a la columna, sino simplemente evitar en lo posible el contacto con la misma, parafraseando al autor.
A Marx le pareció esto inexplicable, que tales tropas no hayan podido detener a los 1500. La empresa de Del Riego finalizó el 11 de marzo, principalmente, por la fatiga, las enfermedades y las deserciones. Sin embargo, dos días antes, el 9 de marzo, el rey había jurado —de nuevo— la Constitución de 1812, en Madrid. ¿Cómo así? El propio avance de Del Riego había despertado nuevas motivaciones entre las poblaciones de las provincias, en especial, las más alejadas. Se estaba siguiendo con mucha expectativa lo que venía ocurriendo en el país y lo que Del Riego venía logrando. En ese sentido, su imagen se iba engrandeciendo.
En contraparte, Marx, en su desprecio por los nombres que marcan la diferencia, señala que esas expectativas estaban infladas por la imaginación de victorias inexistentes o hitos que en realidad no habían sido. Aun así, fueron dichas provincias, las más alejadas, las que empezaron a pronunciarse a favor de la Constitución de 1812. Sonando mezquino, Marx realiza dos atribuciones: que la revolución se basó en noticias falsas y que la madurez de España para, justamente, una revolución había hecho al país susceptible al efecto de ellas.
La presión de la población se manifestó, por consiguiente, en la forma de insurrecciones, como en Galicia, Valencia, Barcelona, Zaragoza y Pamplona. Ante esta coyuntura, el rey se vio en la necesidad de convocar a O’Donnell, quien anteriormente ya había sido destituido, para que combata a Del Riego. Sin embargo, su condición fue que le encargaran las tropas que se encontraban en La Mancha (si es la región natural, ocupa parte de las provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo, en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha) y dinero para sus necesidades personales, y el rey accedió… para su propia condena: una vez que O’Donnell llegó a Ocaña (entiendo que se refiere a la localidad de la provincia de Toledo, por la relación geográfica), lo traicionó. Él mismo proclamó la Constitución de 1812 allí, acción que despertó motivaciones en la población madrileña, que también se alzó en revolución.
Frente a tanta presión, el rey había quedado sin posibilidad de maniobra. Por ello, el 6 de marzo prometió convocar a las antiguas Cortes, pero no fue una disposición satisfactoria para los partidos enfrentados (monarquía y revolución). Al día siguiente, hubo manifestaciones en Madrid y, el 8, La Gaceta publicó que Fernando VII había prometido —ahora— jurar la Constitución.
El palacio llegó a ser, incluso, invadido por la población el 9 del mes, y el rey no vio otra salida que restablecer en Madrid el ayuntamiento de 1814, ante el cual había jurado en otro momento la mencionada Constitución. No obstante, según Marx, no era inconveniente para el rey jurar en falso, dado que tenía un confesor a su servicio siempre muy dispuesto a absolverlo. Se instituyó, luego, una junta consultiva que puso en libertad a los presos políticos y autorizó el retorno de los emigrados, también, políticos.
Marx critica a ciertos escritores ingleses por quitar mérito a la revolución española descrita al atribuirla a una mera conspiración militar o a una “intriga” rusa, y sustenta por qué no fue así, aunque no es tan claro en la explicación que brinda sobre la intervención rusa. Aun así, no entraré en detalles al respecto, excepto por el caso de Antonio Ugarte, protegido de y promovido por un embajador ruso, altamente destacado en la corte de Madrid, monsieur de Tatíschev, quien lo introdujo a ella.
Ugarte, de quien Marx se expresa con una pobre valoración, había sido nombrado director general de las expediciones contra América del Sur por mediación de Tatíschev. Asimismo, a través de Ugarte, se había designado al duque de San Fernando como ministro de Estado del presidente del Consejo. Ugarte, a su vez, ofició de intermediario para la compra de buques rusos para la expedición, unos buques de calidad supuestamente deplorable.
Según el autor, Ugarte había sido el causante en las sombras de la pasividad del duque de San Fernando, según lo ya comentado, respecto de la toma de acción ante la rebeldía identificada en el ejército. Este hecho, junto a otros hechos bajo su influencia, provocó el debilitamiento del gobierno. Por tanto, la conclusión última de Marx es que, si bien Rusia no produjo la revolución de 1820, la facilitó; aunque también agrega que, sin la intervención de dicho país, la monarquía habría caído, lo cual extiende la confusión: si el gobierno estaba debilitado por dentro, ¿no se hacía más factible que el derribamiento sucediese? Aquí, Rusia suena más como un defensor de la monarquía. En todo caso, no se trató de una “intriga”, sino un efecto colateral a un conjunto de malas gestiones.
Abunda Marx al compartir un párrafo escrito por el señor de Martignac (entiendo que, “vizconde de”) de una obra publicada en 1832 (según lo revisado, podría tratarse de una segunda publicación), donde describe la baja condición en que se encontraba España como país, tanto económica como estatalmente (esto, dos años después de que Fernando VII recuperara el poder total, aunque no tengo claro en cuál de los periodos; posiblemente, el descrito en el artículo), incluyendo la falta de pago al Ejército. Tal coyuntura provocó un acogimiento generalizado al nuevo sistema constitucional, ya que se deseaba un cambio. Por tanto, se trataba de un motivo adicional por el cual no habría sido necesaria la intervención de Tatíschev en la Corte para provocar una revolución española.
Referencia
Marx, K. (2009). La España revolucionaria (J. del Palacio, ed.). Alianza Editorial. (Contiene escritos publicados entre 1854 y 1855).
Para informaciones en la web de nombres y lugares geográficos, me basé principalmente en Wikipedia.

