He pensado más de una vez en cómo se para una novela frente a una obra de índole distinta, por ejemplo, un texto que desarrolla un tema determinado en alguna disciplina. Si pienso en la novela como una obra de ficción (por supuesto, no está limitada a ella), me planteo la pregunta: «¿Dónde queda la voz del autor?». Tal vez, esta pregunta me surja de algún tipo de comparación instantánea debida a la combinación de lecturas que realizo, incluyendo desde artículos periodísticos de opinión hasta libros de texto que, en ocasiones, pueden ser extensos.
Posiblemente, mi falta de experiencia leyendo novela me haya llevado a tratar de descubrir dónde se encuentra la voz del autor en ella. Es decir, para simplificar mi punto, si leo una columna de opinión de Javier Marías (Madrid, 1951-2022) en el diario EL PAÍS, sé que es él quien me está hablando mientras leo sus palabras. Sin embargo, si lo leo en una novela, la experiencia es completamente distinta. Es, hasta cierto punto, impersonal. Aquí, cabe ampliar, ya no estoy hablando de una novela solo de Javier Marías. Es más, ni siquiera cuando hay allí un narrador omnipresente, no puedo pensar en él como si fuese el autor, si bien es este quien ha propuesto el cien por ciento de las palabras y oraciones que expresa no solo aquel, sino todos los personajes.
Tampoco me es ajeno que lo escrito pueda haber sido inspirado en experiencias propias del autor, y que haya palabras u oraciones o frases tomadas de algún contexto lejano o cercano, y moldeadas o encajadas a la perfección en una historia magníficamente contada de principio a fin, con estilos diversos, algunos más atractivos que otros. Pero, más allá de eso, la respuesta a mi propia pregunta —al menos, la respuesta que me planteo ahora— es que una novela es de una naturaleza distinta, es decir, no necesariamente comparable con otros tipos de obra. Allí, además, no necesariamente existe «la voz» de un autor como un ejercicio expositivo sobre un tema, sino desde lo que la historia comunica o necesita comunicar. En ese sentido, la creatividad empleada en esta comunicación y la capacidad de estructuración narrativa y memoria de lo narrado son muy altas.
Un autor podría usar a un personaje para lanzar una reflexión propia sobre un determinado asunto, o lo contrario: desarrollar un argumento con el que no estaría de acuerdo en la vida real. O valerse de otros mecanismos para expresar dichos pensamientos, como su transfiguración en la forma de un diálogo o alguna otra forma que pueda hábilmente diseñarse. Asimismo, los buenos escritores son maestros en la «ambientación» de los momentos: siendo lo más indirectos posibles o a través de un sinfín de sutilezas, llegan a desplegar una serie de matices e intensidades que acompañan lo que sus personajes piensan y viven, viven y piensan.
He finalizado mi segundo libro de Javier Marías, Corazón tan blanco (Debolsillo, edición general, 2006; 1a edición con la portada específica, 2014; 27a reimpresión, 2023), y he seguido aprendiendo de situaciones de vida que, posiblemente, no voy a vivir jamás, pero que, como todo buen libro, siento que me deja un aprendizaje del mundo y de las relaciones interpersonales (en el ámbito de lo narrado) que antes no tenía. Y ello, independientemente de los elementos reales que contribuyeron a la constitución de la historia, los cuales explica Marías en su primer epílogo; tan solo unos breves detalles que, en alguna acotada medida —porque el libro es lo suficientemente amplio—, inspiraron algunos enlaces en la historia.
Debolsillo le otorga la etiqueta «contemporánea». Sin duda, por segunda vez, no me es complicado relacionar la obra de Marías con ella. Incluso, a pesar de que los libros leídos fueron publicados originalmente en 1989 (Todas las almas) y 1992. Hay una sensación de vacío y desconcierto que afecta a sus personajes frente a un mundo que les termina quedando grande. Al menos, en un principio (o una mitad). Tal paraguas, el de un mundo donde no se puede tener en ningún momento la sartén por el mango, ya que nunca es posible llegar a deducir de manera precisa las reacciones de los demás, y estando inmersos en una sociedad llena de cambios (o, tal vez, sin ninguno), en que los personajes principales intentan encontrarse a sí mismos y contestar preguntas con cierto nivel existencial, sin saber qué va a acontecer en el después (en sus propios después), es algo que sigue vigente hasta hoy como lo contemporáneo.
En Corazón tan blanco, más que en Todas las almas, el narrador omnipresente, que funge de personaje principal, despliega con mayor fervor sus meditaciones cotidianas sobre los temas de los que se siente menos seguro y que más cuestiona, y sobre los que no llega a encontrar una respuesta definitiva. Lo magistral de esta novela es que no cae en la complacencia de pretender descifrar las respuestas para el público, en el que sin duda habrá muchos que habrán intentado estructurar los mismos pensamientos, sino que presenta un camino para sobrevivir: adaptamos nuestra vida, a pasos, a los pequeños nuevos descubrimientos que van llegando a nosotros, a veces por situaciones fortuitas y otras por las decisiones que finalmente, y con mucha resistencia previa, decidimos tomar. Y son aquellos descubrimientos los que nos permiten continuar e ir tejiendo los puntos que, no sin cierta resignación, nos permiten poder visualizar un futuro, posiblemente con un grado de tranquilidad ganada, en lo cotidiano.
Entre las ideas más exploradas se encuentra la del matrimonio y lo que cambia en la vida una persona —en este caso, desde la perspectiva de un hombre— con su llegada. Es fascinante la manera como Marías va configurando una red de argumentos que Juan Ranz, un traductor e intérprete para organismos internacionales, trabajo que lo hace viajar continuamente, se da a sí mismo acerca de su vida personal y los cambios en ella, y de las posibles consecuencias o significados de tal o cual decisión posible, para entender su contexto y sus sentimientos mejor.
Es probable que el conjunto de dichos argumentos conforme la explicación más prístina de en qué se basa el temor que podría sentir una persona frente a la imaginación de un supuesto cambio tan drástico en su estilo de vida, cuando, sobre todo, ha sido alguien que ha solido andar en independencia —sin que esta esté necesariamente teñida de irresponsabilidad o que uno la pierda con el matrimonio; pero, intuyo desde una prudente distancia, ya que no soy casado, que se adapta a las características de una etapa distinta—. Juan Ranz intenta explicarse a sí mismo la inevitable disminución —o la transformación, a mi preferencia— del encanto mutuo en el tiempo desde la forma que tenía en el «antes», y lo hace con una honestidad y una claridad brutales. Por supuesto, son palabras de Javier Marías, y es su voz la que habla, sea que esté de acuerdo con su personaje o no.
Otro de los temas explorados es el de guardar secretos, uno de los elementos más definitorios, creo yo, de toda perspectiva de vida humana: estamos a su merced con menor o mayor alcance. ¿Cómo saber qué se puede contar y a quién? ¿Cómo intuir las consecuencias de contarlo? ¿Cómo decidir si es mejor no decirlo nunca? ¿Cómo vivir con el remordimiento de no decirlo? La obra fluye en múltiples direcciones en este aspecto, y por eso mismo genera una interpelación al lector que lo hace cuestionar sus propios pensamientos al respecto, o incluso repensar sus propias respuestas a preguntas como estas, pero desde una nueva perspectiva.
La buena literatura es muy rica para lograr ese nivel de penetración. Una de las ideas que me quedan es que, tal vez, todo secreto encuentre su manera de dejar de serlo. Es simplemente que el canal debe ser el correcto, aunque sea sumamente difícil hallarlo. Y algunos, claro está, pueden ser devastadores. Otros, quizá, puedan estar siendo sobrevalorados. En fin, es difícil de saber. Uno puede ir hasta donde llegan sus palabras y nada más. No obstante, no puedo obviar aquí un harto acogedor enlace que hace Juan Ranz (o Javier Marías) entre el matrimonio y el secreto: que esa persona, con quien compartes una misma almohada (lo dice así, aunque lo admite explícitamente como figurativo para luego aclarar que, en realidad, cada uno tiene su propia almohada en un matrimonio), se termina volviendo tal parte de ti que no se hace poco común que, entre ambos, «traicionen» a todos sus conocidos en medio de la confianza que inspira la unión física del acompañamiento y la sinceridad de la conversación y de la misma almohada, la almohada figurativa. Dependerá del tipo de relación que se haya formado.
Por otro lado, tampoco es que no desee dejar ninguna crítica. No siempre las divagaciones del personaje central no me parecieron engorrosas. Algunas veces, se volvían tan repetitivas en algunos detalles que el exceso de énfasis se hacía cansador. De todas maneras, no se trata de un error del autor, por supuesto que no. Es simplemente el estilo de pensamiento asignado al personaje (aunque tal vez haya también algo del estilo de Javier Marías, ya que en Todas las almas noté que se valía mucho del paréntesis para agregar aclaraciones que no necesariamente eran siempre requeridas). Asimismo, alguna que otra escena pudo acortarse o, simplemente, obviarse, como aquella (lo contaré directamente para quienes hayan leído el libro) donde Juan Ranz ve, a través de su ventana, parado en un costado de la calle en medio de la intensa lluvia, a Custardoy (un personaje muy secundario cuya principal intervención es contarle a Juan, en un encuentro, tan solo un poquito más de la historia de su padre, lo que conocía; una historia que, sin duda, lleva una carga importante en la novela) a la espera no se sabe qué o quién, pero que le sirve al personaje para hacer referencias a ese recuerdo en algún pasaje de la historia y solo como parte de sus pensamientos.
En fin, sigo adelante con otras lecturas y espero llegar pronto a Mañana en la batalla piensa en mí.

