Quiero transportarme a los momentos en que te vi. En un punto, y en otro y en otro. Fue ahora a través de una pantalla, una distancia insalvable bajo una ilusión de realidad.
Ya no era yo la misma persona de años atrás, pero, aun así, los recuerdos especiales perduran. Y allí estabas tú, siendo Nina en La gaviota de Chéjov, en un ensayo que, quién sabe, podría materializarse en una obra completa, presencial, en algún tiempo futuro. Pero, al menos esta vez, solo eras tú y la virtualidad, la única forma de verte en aquellos tiempos de pandemia, siendo tú misma desde tu propia manera de volar.
Por más que tu lejanía haya sido la normalidad de cada día —aunque acaso lo haya sido siempre—, sin querer, mantenías la capacidad de ingresar a un espacio tan profundo de mi mente con tan solo estar al frente y transfigurarte. Como cuando dejas un hilo de pensamiento en el aire y se vuelve un suspiro que puede inhalarse, pero no exhalarse, desde la imaginación.
¡Soy una gaviota!, exclamas, no sin cierta extrañeza, sin llegar a ser consciente de cómo esa frase se hace tangible sobre la piel. Tal extrañeza flota como el vacío de lo no definido, como un vacío que impide que podamos ubicar, en nosotros, una sensación que recorre el cuerpo y que, si bien sabemos que existe, se hace imposible de descifrar.
Resignado queda, así, quien tan solo puede, ahora, reconocer que no sabe qué es en este mundo; motivo por el cual su búsqueda, eterna, se ve atrapada en una fragilidad que, como parte de su vida, intenta manejar. La “administración de la fragilidad”, podría llamarle.
Y, al saltar tu mirada de un plano —de vida— a otro, dejas detrás un reguero de seres que no solo se hacen dependientes de ella, de tu voz, e incluso de tu amabilidad y cariño. Pero no lo sabes. Tras aquel salto, te encuentras ya en un siguiente imaginario, donde sigues intentando encontrarte a ti misma, quizás, queriendo llevarte contigo algo que ya no está entre tus manos, ni te pertenece más.
Es por eso que la disociación se hace tan devastadora, pero no para ti, sino para aquel que no tiene de dónde cogerse más que de las nubes. Con tan solo posarte, momentáneamente, en una superficie de confianza antes de volver a volar sin rumbo definido, te conviertes en agonía para esa persona, que no ha podido dejar de ver en ti una realidad de carne y hueso en lugar de un espejismo. Retornas solo para verificar si ese pasado se mantiene aún como un punto de aterrizaje que te permita, de nuevo, partir, pero olvidas que allí viven otras gaviotas que, también, quieren emprender vuelo.
Sin embargo, olvidé en qué momento dejé de hablarte a ti para hacerlo a Nina, encarnada sin duda por tu destreza, y quien sigue buscando, en ese «encontrarse a sí misma», no tanto el significado de lo que es como persona, sino de lo que desea. Intentando, tal vez, alcanzar el autorreconocimiento, pero queriendo que otras personas sean el medio para ello. Quizás seas tú, u otra intérprete, quien pueda llevarla a la orilla correcta, desde donde podrá despegar sus alas, esta vez, de manera definitiva, sin temor a verlas dañadas por fuerzas más grandes.
Pero tú, en cambio, sí que estuviste allí, en un ensayo, y tal y como eres, como siempre has sido, desde tu naturalidad en un escenario, virtual o no, para que otras personas como yo podamos conectar contigo a través de tan solo una mirada, aunque sea sin rostro, incluso desde el otro lado de una pantalla. Y para que podamos tener, de ser posible —y ciertamente lo fue—, algún tipo de conversación, como hacer una pregunta y que tú la puedas responder —como efectivamente sucedió—.
¿Por qué regresó al lugar de él? ¿Qué había detrás? Y agregaría, mientras edito estas líneas, ¿por qué quiso irse tan rápido? ¿Qué fragilidad o temor la condujo a dicho cambio? Tus palabras le dieron el beneficio diplomático de la duda a Nina —aunque, al menos, algún argumento hayamos compartido—, a quien consideré, para mis adentros, falta de sinceridad. No obstante, posiblemente deba leer la obra para entender, o juzgar, a Nina mejor.
Creo que, al final del ensayo, con la reunión acabada y la computadora apagada, soy yo quien quedó como Konstantín, mientras tú, o ella, continuaron su vuelo. Tal vez, algún viento pueda llegar que limpie un poco este distanciamiento y añada, a su vez, un poco de realidad a esta ensoñación: la realidad de volverte a ver, al menos, yo desde mi asiento y tú desde tu escenario. Tú desde tu arte y yo desde la claridad de mi mente.

Inspiración: ensayo transmitido en vivo de un pasaje de La gaviota, de Antón Chéjov. Vania Accinelli como Nina y Renato Rueda como Konstantín. Dirigió Vanessa Vizcarra.
Todas las capturas las tomé no solo para el recuerdo, sino para la publicación que ahora estás viendo.
