El recuerdo de ti en este 2023: un ensayo para ‘La profesión de la señora Warren’

El 2020, la creatividad en el sector cultural no se quedó atrás en medio de la adversidad causada por el virus. No solo se empezó a preparar obras teatrales adaptadas a la transmisión virtual (aquí, una publicación relacionada), sino también se crearon eventos de transmisión de ensayos teatrales para posibles obras futuras. Ensayos acompañados de reflexiones sobre la producción teatral, sus significados y desafíos. Uno de estos eventos fue un ensayo de la obra La profesión de la señora Warren, escrita por George Bernard Shaw.

No eran, por motivos de formato, ensayos de toda la obra, sino solo de una parte de ella. Es decir, con el propósito de mostrar al público los mecanismos de un ensayo, se seleccionaba un pasaje de la obra escogida y era practicado en vivo hasta cierto nivel de profundidad. Se notaba, además, que tales pasajes ya habían sido leídos y practicados con anterioridad, para mostrar cierto nivel de avance durante la transmisión.

En esta oportunidad, quien dirigió el ensayo fue nuestro gran actor y director Alberto Ísola, y las magníficas actrices “Monchi” Brugué, en el papel de la señora Kitty Warren, y Fiorella Pennano, como su hija Vivie. No es la intención de este texto reseñar la obra —ya que ni la he visto ni leído—, pero sí referirme a la experiencia del ensayo.

La reunión entre las participantes, como ya lo había adelantado, fue en modalidad a distancia: cada una y el director conectados desde la comodidad de su hogar a través de una sesión en Zoom. Cuando las actrices interactuaban, el director apagaba su cámara y salía de escena, pero retornaba si debía marcar el corte, dar indicaciones, realizar cuestionamientos didácticos y, además, compartir experiencias y reflexiones.

Haber escuchado a Alberto expresarse en el ámbito de su arte, el teatro, y sabiendo que es docente universitario en mi universidad, la PUCP, fue un verdadero deleite. Él transforma lo que sería la “charla técnica” en una clase magistral de teatro, con referencias al contexto histórico de la obra, teoría teatral y anécdotas muy pertinentes para complementar lo explicado, todo lo cual se ve realzado por su propio disfrute al hablarlo.

Ver a las actrices interactuar me presenta un panorama de lo más interesante, ya que, al hacerlo, ambas observan al punto de su pantalla que genera que su mirada caiga directamente sobre los ojos del espectador, aunque posiblemente lo que cada una haya estado viendo sea el rostro en pantalla completa de su interlocutora. Así, con la cercanía y la amplitud que nos permite este formato, era posible observar “de cerca” todos los gestos e inflexiones que generaban en sus rostros durante sus (intensos) diálogos. Cada expresión, cada mirada, cada reacción.

Si bien considero al teatro presencial irremplazable, el nivel de detalle observado en el rostro de cada participante es una de las ventajas que puede tener la transmisión virtual.

Monchi y Fío trabajaron muy bien en este aspecto de la cámara, lo cual suma a su habitual gran desempeño como intérpretes. Particularmente —y este es un comentario más personal—, me interesaba ver a Fío, debido a la admiración que sentía por ella en ese momento de mi vida. Recuerdo que el fondo de su pantalla era su sala, donde, durante toda la sesión, uno de sus gatitos (o gatitas) pasó más de una vez.

Fío siempre tuvo un aire de modernidad y fue alegre, bajada a la tierra y muy activa en su carrera. Desde que la vi por primera vez (en la obra Pulmones, de la cual también escribí aquí), supe que iba a ser una actriz cuyos proyectos me iban a gustar mucho, especialmente en teatro y cine (no soy de televisión).

Espero que esta obra se llegue a hacer realidad en modo presencial, y con estas mismas participantes, que ya pudieron desplegar una química espectacular en pantalla. Y, por supuesto, bajo la dirección de Alberto.


Nota. La portada y todos los cuadros son capturas de pantalla que tomé para la publicación que finalmente están viendo.