Hay una sección de libros que llegó a tener cierta fama en las librerías peruanas, aunque tengo la impresión de que ella ha disminuido en la actualidad. Se trata de libros escritos por periodistas de investigación, o por otros profesionales cuya una de sus actividades fue o es el periodismo de investigación. Estos libros tratan, mayormente, sobre personajes de la política peruana, pero también del crimen, del terrorismo y de hechos particulares de la historia reciente del Perú.
Sin duda, son libros apasionantes cuando su escritura realiza un desarrollo amplio, detallado y finamente hilado sobre el tema en cuestión, y es que los periodistas (hablando en general, para no hacer la diferenciación que hice el párrafo anterior) tienen una gran habilidad para expresar un doble sentido (tendiente al sarcasmo en ocasiones) o para dejar a leer entre líneas.
Sobre la base de lo dicho, hubo un tiempo en que estuve bastante (y recalco esta palabra) interesado en lo que acontecía en la política peruana, el cual se dio, principalmente, a partir del segundo trimestre del 2018 —aunque antes de ese periodo, de todas maneras, me había mantenido atento a los eventos más saltantes (y si había que salir a marchar contra una Keiko Fujimori, salía)—. Llegué al punto de dedicar, al menos, una hora diaria a leer casi toda La República, el diario peruano que se compra en mi casa, del cual mi padre es asiduo lector.
Como parte de ese interés, empecé a comprar aquellos libros y formar mi conocimiento, poco a poco, sobre el panorama político de las últimas tres décadas.
Y fue así como llegué a El Outsider. El origen de los aventureros en la política peruana (Planeta, 2018), de Umberto Jara. Como lo señala la reseña de la solapa, él es “escritor, periodista y abogado”, y estudió en mi universidad, la PUCP. Sé que Umberto Jara es un profesional reconocido en su medio, pero debo decir que no quedé con la mejor opinión sobre el libro.
Debo aclarar que este último comentario no tiene nada que ver con quien fue llamado “el Outsider”: un viejo (no por edad, sino por haber realizado la actividad hace largo tiempo) locutor de radio y presentador televisivo, y limitado y olvidable político llamado Ricardo Belmont, quien es señalado como el iniciador de la tendencia, quizás muy peruana, de personas que se lanzan a la política por puro oportunismo y sin preparación.
En su caso, se apoyó en la fama que le había dado la plataforma que había construido en los medios de la época para ganar el favor de la población; y llegó a ser, incluso, dos veces alcalde de Lima Metropolitana. Debo aclarar, en esta ocasión, que mis palabras se basan en un sentido muy específico: el “buen deseo” de que una persona que quiera incursionar en política esté preparada, o haya intentado prepararse a conciencia, para desempeñar el cargo al que postula, lo cual es muy diferente a decir que, en realidad, ya no se necesita ninguna preparación para ser político en Perú.
No es mi intención entrar al detalle de lo que trata el libro, pero sí contaré que me pareció tan solo una conjunción de partes unidas para tener contenidos suficientes para formar “un libro”.
El libro tiene 183 páginas, pero el verdadero libro solo va de la 11 a la 99, que incluye un prólogo y una síntesis bibliográfica de la trayectoria de Belmont en cuatro capítulos. Todo este bloque de texto hubiera quedado mucho mejor en un libro donde se describiera, con el mismo grado de detalle, la trayectoria de otros políticos que también podrían considerarse outsiders (y se podría hacer todavía menos páginas si se le reduce el interlineado). Entonces, un título como El Outsider podría mostrar tres o cuatro ejemplos de personajes del tipo en lugar de los contenidos que finalmente se incluyeron, los cuales resultaron ser no solo sumamente aburridos, sino sin un mayor aporte al argumento central. Y hasta inleíbles.
El primer capítulo posterior a la página 99 se conforma de las respuestas a una miniencuesta hecha por el autor y una colaboradora a un grupo de expertos por separado, así como citas de libros que, tranquilamente, respondían a las mismas preguntas. Las cinco cuestiones fueron las siguientes: “¿Qué es un outsider?”, “¿Por qué surgen los outsiders?”, “¿Existen condiciones sociales o políticas que facilitan su surgimiento?”, “¿El desprestigio de la política tradicional dio origen al outsider o este fenómeno se habría dado igual?” y “¿Qué consecuencias genera un outsider en la gestión del país, en su origen?”. Las respuestas seleccionadas o extraídas de los expertos son acompañadas de síntesis o comentarios adicionales del autor, que en todos los casos se presentan con una extensión mayor que la de las respuestas compartidas, como queriendo dar a entender que él tenía más por aportar que los expertos explorados (o quizás haya sido solo mi impresión).
El capítulo que le siguió —totalmente innecesario a mi gusto, si el anterior no lo fue— hace una introducción de dos hojas a lo que viene luego: un compendio de personajes de la política alrededor del país donde se los describe a través de su cargo, grado académico y experiencia laboral, y se indica sus delitos imputados, el estado de sus procesos judiciales y los procesos electorales donde fueron o no elegidos, siempre y cuando háyase encontrado, o haya habido, la información buscada. Se extiende de la página 123 a la 170, saca la cuenta. ¿Realmente era necesario? Es decir, como lectores, llegamos a dicho capítulo habiendo entendido el argumento central. ¿Para qué querría leer todo ese compendio? Es más, al instante siguiente de haber leído cualquier página del mismo, ya la olvidé. En lugar de tamaña utilización estéril de espacio, interesante hubiera sido una mirada transversal, expositiva, de toda esa data que pudo tenerse como un apoyo, pero quedar al margen del libro.
Finalmente, se presenta un “glosario de delitos” en el capítulo que cierra la obra. De repente, pasamos de hablar del fenómeno outsider a ver un diccionario de delitos. En un hipotético libro con varias reseñas bibliográficas de este tipo de políticos, podría haberse incluido las definiciones de los delitos que correspondieran a cada historia como parte de la narración del texto. Sin embargo, no solo por tener el glosario de marras, sino también por lo que he comentado de los dos capítulos previos, percibo que el libro se desvía de su enfoque principal y se va por las ramas. Como si la historia de Belmont hubiera quedado muy corta y se necesitaba más páginas para poder lograr una publicación.
No será la última vez que lea a Umberto Jara, sin duda. Asimismo, a pesar de la opinión que he presentado, agradezco el aporte realizado en cuanto a su intento de advertir a la población (lectora) del peligro (uno más) que representa este tipo de personajes para el futuro del país. Feliz estaré (no diré “estaremos”, ya que, aunque el voto se respeta, los peruanos solemos votar por cualquier cosa) de no saber de nuevo que algún Belmont (en genérico) ocupó, otra vez, puestos de poder en la dirección de la ciudad donde vivo. O, peor, del país que habito.

