La sonrisa de Hugo Blanco

Mucho tiempo ha pasado desde que escribí el primer borrador de este post, ligado al documental Hugo Blanco, río profundo, el cual, si bien pertenece al 2019, como indica su página web, recién lo vi publicitado muy a principios de 2021, y la primera vez que lo vi fue el 4 de febrero de dicho año. Luego de algunas ediciones de la presente reseña, de las que nunca llegué a sentirme satisfecho con lo que había escrito (y es que siempre hay asuntos sensibles y tienen que estar lo más finamente expresados), la dejé por años. Hasta este momento, setiembre de 2023, en que, al haber vuelto a verlo en la plataforma de Cineaparte, retomo el esfuerzo.


Sabía que no podía dejar pasar la oportunidad de ver el documental cuando se promocionó su transmisión. Diría que más que eso: supe que no debía.

Hay determinados periodos-hito en la historia peruana que han marcado un antes y un después en la evolución de nuestra sociedad. Uno de esos periodos está “coloreado” por la lucha por la tierra, que tuvo su momento cumbre en 1969 a raíz de la reforma agraria propiciada por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, quien puso fin a la —abusiva— oligarquía terrateniente.

Sin embargo, desde el siglo previo a tremendo acontecimiento, ya se había forjado una comunidad de hacendados y gamonales, sobre todo, al interior del país; quienes, aprovechando la legalidad vigente (o la falta de esta), se apropiaban de tierras para la agricultura, del trabajo de los campesinos, y hasta de sus vidas mismas, por medio de una explotación sin medida y una serie de abusos que continúan documentándose, de maneras más o menos extendidas. Sin duda, era lo que podría interpretarse, mirando hacia aquel tiempo, como una “esclavitud moderna”. No todas las haciendas, sin embargo, aplicaban tales prácticas, pero sí se conocía de dichas “costumbres” a nivel general en la sociedad. Se trataba de una inescrupulosa “normalidad”.

Hugo Blanco, desde muy joven, formó parte de las luchas por la tierra, muchos años antes de la reforma agraria de Velasco. De origen cusqueño, tuvo una formación en Argentina, donde, además, se unió al movimiento trotskista. El conjunto de experiencias por las que ha pasado su vida aportaría a una biografía de gran interés, más allá del prejuicio antipático que existe en Perú sobre todo aquello que se relacione con movimientos y personajes asociados con la izquierda. No obstante, mi intención es solo proporcionar un breve marco introductorio para, luego, dejar algunas palabras sobre el documental Hugo Blanco, río profundo, dirigido y producido por Malena Martínez Cabrera.

No es un dato menor recordar que, según se menciona en el filme, en ciertos círculos europeos se llegó a conocer a Hugo Blanco como el “Che Guevara peruano”. Con el desarrollo de la revolución cubana en el contexto internacional, Blanco participó, paralelamente, en las luchas por la tierra en el Perú, empezando en la provincia de La Convención, Cusco, en movimientos campesinos organizados, e impulsados por su propia iniciativa. 

Las luchas por la tierra implicaron una serie de huelgas que presionaban a los patrones por un trato laboral y humano justo; en casos más extremos, además, de manera estratégica para burlar a la Policía y con una organización comunitaria, se buscaba la recuperación de las tierras para los campesinos, históricamente suyas y dueños del trabajo sobre las mismas, gestas donde podían participar hasta comunidades enteras.

Tal organización requería el establecimiento de asambleas como representación del pueblo en la toma de decisiones, una figura democrática y política promovida por Blanco a lo largo del filme, y que es uno de los pilares de su discurso. Su visita a, y estudio de, los zapatistas —una comunidad mexicana que se rige por una concepción distinta no solo de gobernanza, sino de vida—, además, contribuyeron a fortalecer esa mirada en él, quien la predica a donde va. Su exilio a dicho país resultó en una magnífica oportunidad para su continua formación, tanto política como humana.

Volviendo a los movimientos campesinos, no me consta que todas sus movilizaciones hayan sido el “reino de la paz”. No es que se diga esto en el documental, pero la palabra “lucha” implica un nivel de sacrificio, y muchas veces se va más allá de la fantasía motivadora con la cual se la presenta. Es más, no puedo dejar sin mencionar que el propio Blanco estuvo preso por haber participado en un asalto contra una entidad de la Policía, de joven, que terminó con dos oficiales fallecidos. Fue buscado y finalmente encontrado en plena selva.

La presión nacional de sus seguidores al gobierno, e incluso a nivel internacional, aportó a que fuera amnistiado. El mismo Blanco hace una crítica al Che Guevara, quien dijo al respecto, en ese entonces, que era una lástima que lo hubiesen capturado, pero que aparecería alguien que seguiría sus pasos. El revolucionario señala que su contraparte argentina, en dicha mirada, no contó con que el poder que los pueblos mismos podían ejercer era capaz de lograr su liberación.

Y es que Blanco, como lo señala él mismo en tiempos contemporáneos, está en contra de los liderazgos, ya que apelan a lo individual. En cambio, siguiendo el ejemplo del zapatismo, promueve el autogobierno de los pueblos de manera colectiva, mediante asambleas con dirigentes rotativos. Es decir, no se ve a sí mismo como un líder que destaca entre las personas, sino siempre como parte de una comunidad. Alguna comunidad. Es más, deja muy claro que, únicamente si la comunidad lo decidiera, en un sistema de gobierno como el descrito, se podría pasar a un levantamiento en armas. Y no considerarlo, en su mirada, fue el principal error de Sendero Luminoso (SL), grupo terrorista que asoló el país en los ochenta y noventa.

Ahora que traigo a colación esta etapa aciaga de nuestra historia, fue interesante ver cómo Malena Martínez intenta presionar a Blanco para que aclare la postura que mostró respecto de SL en los ochenta. No fue un momento sencillo para ella, ya que se percibe cierta dubitación en sus palabras. Podría haber sido aquella cierta incomodidad que se presenta cuando necesitas preguntar algo a alguien que te ha brindado su confianza, pero sabes que es una pregunta que podría llevar a la otra persona a cuestionarte el por qué dudas de su moral. En opinión de Blanco —y es una opinión que de ninguna manera comparto, sin que ello signifique que le pierda el respeto—, un asunto es el ideal y, otro, la manera como se intenta conseguirlo. Para él, puede haber existido un ideal positivo en quienes pasaron a formar parte de SL, por el deseo de cambiar la sociedad peruana y su gobierno, aludiendo a un futuro mejor concebido para las poblaciones más dejadas de lado en el país. Sin embargo, que lo que estuvo absolutamente equivocado fue el método empleado para lograrlo, y que él es opuesto a cualquier forma de terrorismo.

Tengo miedo en explicar mi descuerdo sin ser contundente en mi mensaje; no obstante, intentaré tomarlo de manera no pasional. Estando en el ámbito de la naturaleza humana, y el cómo somos como personas, no podemos solo ver el “ideal” y el “método” por separado. Construyendo mi idea desde ese marco conceptual, si estoy detectando que el “método” es no solo equivocado, sino catastróficamente destructivo, esa conclusión debería llevarme a dudar seriamente del “ideal”. ¿Hubo realmente un ideal “positivo”? Me parece que hay una tremenda contradicción, la cual está basada en que no podemos atribuir una integridad a alguien cuando no solo tiene la disposición, sino también pasa a la ejecución, de una violencia indiscriminada. Un ideal positivo necesariamente está ligado a una serie de características que le dan contexto y coherencia.

Un segundo error que extraigo de la opinión de Blanco es que, nuevamente bajo la idea de que “el ideal es positivo, pero el método es equivocado”, ¿cuál es la evidencia para decir que el ideal fue positivo? ¿Acaso la alternativa propuesta por SL no fue implementar el terror y extenderlo como la base del gobierno de todo el país? ¿Acaso no cometió una matanza sin límites contra las mismas personas a quienes, supuestamente, les iba a “cambiar la vida”? No hubo ningún ideal positivo, sino solo un reino de falsedades recaídas en la megalomanía y egocentrismo exacerbado, con aires de dios y hambre de muerte, de su líder, ya fallecido, él y toda su inherente podredumbre, así como en la gente-escoria que aceptó y llevó a cabo sus planes.

¿Cómo podría conciliarse un “ideal positivo” con una matanza de tal calibre, y, para colmo, incluyendo a las propias personas a las que supuestamente se buscaba defender? No se puede atribuir buenas intenciones sin consideración del conjunto de formas de hacer, ya que estas son la verdadera cara de lo ideado. No obstante, sí concuerdo con Blanco cuando señala que se debió escuchar al enemigo. Debe recordarse que había una población en medio, y lo primero desde el Estado pudo haber sido establecer un diálogo antes de entrar a una guerra que generara tanta muerte. Escuchar al enemigo es estratégico: permite formar una idea de sus puntos fuertes y débiles, sus pretensiones, sus posturas y disposiciones, sus formas, su organización, su actividad, y más. Hasta, en el mejor de los casos, abrir algún camino para la paz, sin que ello implique la impunidad. Escuchar al enemigo no es ninguna forma de debilidad y menos de traición al país. Se necesita de la estrategia para ganar, una estrategia finamente preparada. Lamentablemente, en Perú siempre ha primado o bien la “cultura del macho” o bien la “cultura del pendejo”, las cuales afectan las decisiones tomadas a distinto nivel, tanto desde el más alto plano gubernamental hasta el ciudadano de a pie.


Blanco fue también parte del Estado (cuando el Congreso era congreso y no el desastre que creó Fujimori). Por su trayectoria y la defensa de la población campesina en el Perú, se convirtió en un personaje políticamente importante. Fue parte de la Asamblea Constituyente para la Constitución de 1979 y también diputado y senador (cuando el Congreso era congreso), una etapa que duró hasta inicios de los noventa cuando, por el autogolpe de Estado del dictador Alberto Fujimori, se cerró inconstitucionalmente el Congreso. En la actualidad (considerar, al menos, el 2019), dos de sus principales actividades son la dirección de la revista Lucha Indígena y su apoyo presencial a los movimientos medioambientales, sobre todo contra las empresas extractivas.

El exguerrillero hace una constante referencia al envenenamiento de la tierra y afirma que cada revolución surge según los tiempos en que se gesta. Desde su perspectiva, ya no son necesarias las revoluciones como las del siglo anterior, pero sí se posiciona en que la revolución, en tiempos del hoy, está en quitar el poder de las manos de las empresas transnacionales, ya que poseen una influencia desmedida en la depredación del medio ambiente. De forma amena, señala que ahora su lucha ya no es por la tierra con “te minúscula”, sino con “te mayúscula”. En otra conversación con Malena, señala que una revolución más profunda pasa por el hecho de recuperar el carácter colectivo de la humanidad, superando el individualismo, y lo hace mediante una anécdota sobre la reacción de unos niños en lo que llama “Ubuntu” (en el documental, parece referirse a un lugar, pero quizás se trate de una filosofía africana, la cual puede consultarse en la web) ante el reto de un antropólogo: quien llegara más rápido al árbol, se quedaría con todos los dulces. Ellos fueron tomados de las manos.


Al igual que el Che Guevara, un guerrillero a quien siempre he admirado, Hugo Blanco también tiene ese clásico carisma, sobre todo al sonreír. Luego de un documental con una propuesta artística tan diversa, profunda y expresiva, Malena Martínez queda como dueña de una gran investigación que invita a un mayor estudio, no solo de este gran personaje, sino también de la historia del Perú. Quién sabe si alguna vez tendré la oportunidad de conversar con Hugo. Había escuchado de él antes, en especial en el documental La revolución y la tierra, de Gonzalo Benavente, que trató sobre la reforma agraria del expresidente Velasco y su contexto, donde fue entrevistado. En cambio, el de Malena sí es su documental, y ha captado mi interés. Al igual que la vida de Javier Heraud, a quien también he llegado a admirar —pero al que ya no tendré oportunidad de conocer—, la de Hugo Blanco me permitirá seguir entendiendo las profundidades de mi país.

El detalle

No me di la oportunidad de encajar el carteo de Blanco con José María Arguedas, cuando el primero estuvo haciendo prisión en El Frontón. Este último, uno de nuestros mayores escritores y conocedores del Perú profundo, se suicidó en 1969 en depresión. El asunto de dichas palabras fue el inicio del resurgimiento de la voz del indígena, y fueron palabras de una profundidad desmedida, que puede llevar hasta las lágrimas. La tercera novela de Arguedas se llamó, valga decir, Los ríos profundos.

Todas las imágenes para esta publicación fueron tomadas de la página web del documental.