Escrito como borrador el 16 de setiembre de 2022 y editado el 30 y 31 de agosto de 2023 para posteo.
Durante la primera quincena de octubre de 2014, me encontraba caminando en algún lugar de Monterrey junto a mi padre. Era la primera vez que visitaba México, y lo hice tan solo unos días después de mi último día de trabajo en una empresa donde había renunciado.
Puedo recordar el día en que compré mi primer libro, de manera presencial, en un país distinto. Fue el 9 de dicho mes. Eran días calurosos. Había viajado para asistir a un congreso en investigación de operaciones, donde también iba a presentar una ponencia. Aquel día había salido a pasear con mi padre y, en nuestro camino, llegamos a una peatonal que estaba hacia el otro lado de nuestro hotel, sin ir muy lejos. Recuerdo que fue surreal estar allí, especialmente, cuando vi a un hombre, de manera natural, vestido con su gran sombrero mexicano y un atuendo negro para formar una combinación que, si no eres del país, solo ves en películas. El estereotipo representado. Fue como saber que no estaba en Lima, sin decir que lo demás sí se parecía a mi ciudad. La sensación de estar en un país distinto lo coloca a uno ante la idea de que uno solamente se tiene a sí mismo.
En esa peatonal, llena de tiendas, lo que en Lima llamaríamos un bulevar, entramos a una librería (obvio). Fue allí como, luego de mi clásica busca entre estantes por aquí y por allá, elegí un libro que llegaría a leer años después. Ya me conocen: mis libros van a mi biblioteca, a la espera de que les llegue su turno de ser leídos (por mí). Antihistoria de México, por Raúl Bringas Nostti (Planeta, 2014, 2da ed.), fue el elegido.
Habiéndolo terminado recientemente, estuve pensando en cómo encararía el reto de escribir mi nueva reseña en el blog, ya que el libro me había dejado con sentimientos encontrados. Y, si bien no llegué a alcanzar una resolución en mi mente, este es ya el momento de dejar salir mis palabras sin darles más vueltas.
Un concepto que queda clarísimo en el libro es el de la “historia cínica”, es decir, en pocas palabras, desconfiar de todos gobernantes mediante la atribución de intereses egoístas. No existiría, entonces, y en ninguna medida, el más pequeño indicio de preocupación por la patria. Tal concepto no termina siendo una trama oculta, leída entre líneas, sino que el autor se presenta muy abierto al respecto. La aplicabilidad de su postura, finalmente, se despliega en la plena desconfianza en la “historia oficial” de México y todos los grandes nombres que alberga en cuanto a por qué hicieron lo que hicieron; por el contrario, se centra en un reconocimiento de sus actos más destructivos, su egoísmo, salvajismo, doble moral, egocentrismo, tiranía, ser acomodaticio y más.
Cuando empecé a leer el libro, me llevé la grata sorpresa de que el periodo cubierto va incluso desde antes de la colonia, y avanza hasta 1970. Es la primera vez que he leído una mirada tan descarnada sobre las poblaciones precoloniales y sus prácticas religiosas. Para Nostti, toda la imagen idílica que se ha creado respecto de aquella antigua época está absolutamente errada, por lo que la historia de nuestros pueblos originarios debería valorarse una manera distinta. Si bien el autor habla desde lo acontecido en el territorio que ahora se llama México, uno puede identificarse, además, en el lado sudamericano, ya que hubo procesos no solo equivalentes, sino progresivamente contemporáneos.
Lamentablemente, si le tomáramos la palabra, deberíamos concluir que todo mexicano debería avergonzarse de serlo, de amar a su país y a su bandera. No niego que Nostti haya hecho un fabuloso trabajo documental para informarse —y sin duda el libro es inmensamente rico en ese aspecto—, pero su lectura personal conecta los hechos de una manera, una vez más, descarnada, sin dar ningún beneficio de la duda a nadie —allí, valga decir, podría estar su mayor debilidad—. Y es categórico en no contemplar, prácticamente, ninguna duda en la interpretación del porqué de lo acontecido en cada subperiodo narrado.
El apasionamiento con el que Nostti nos cuenta la historia de México es muy palpable. Tanto, que convierte el insulto en un estilo de “arte” gramatical para su redacción. Lo menos que podemos ser si no le tomamos la palabra, o no contamos con sus habilidades interpretativas, es “inocentes”. Es más, se atrevió a llamar “inocente” a uno de los más grandes pensadores peruanos, José Carlos Mariátegui, y fue desde allí que empezó el abierto camino hacia mi decepción final con este autor, que se dejó llevar por su propio desprecio hacia su nación en lugar de seguir afinando su racionalidad. Y, si mínimamente fuésemos “inocentes”, ¿qué nos tocaría en el otro extremo? Ser un montón imbéciles engañados por nuestros gobiernos.
Nostti es un purista. Un gran estudioso, sin duda, pero alguien que, sin que conozca su trayectoria más de lo que la solapa del libro muestra, aparenta ser quien solo escribe desde lo que le inspira su propio escritorio. Sus expectativas son sumamente contrarias a la naturaleza humana y la manera como se desenvuelve la vida de las personas. Visto desde otra perspectiva, mientras que los “comunes” somos unos inocentes ante sus ojos, este autor tendría que ser un completo iluso ante los nuestros.
El devenir natural de las inferencias de Nostti es que todos somos unos impostores. Aparentemente, no existe decisión alguna que sea difícil de tomar, ni tampoco aquella donde existe múltiples factores por poner sobre la balanza: los análisis de escenarios son, para él, un síndrome de acomodamiento artero. Es más, no existe el razonamiento, o este no tiene valor: solo importa la “pureza” del decidir directamente cada acción basado en principios definidos desde la más temprana edad. La más mínima desviación basta para volvernos impostores. Toda ponderación nos condena a ser de intereses ocultos.
Ya no nos es permitido hacer una valoración de nuestros recursos, capacidades, resultados posibles, conexiones, fortalezas, debilidades, etc. En el punto del tiempo en que nos encontremos, solo es válido para ser valioso en la historia “salir a luchar”, con las manos vacías, sin ninguna planificación ni preparación, ya que lo único que importa es la convicción, pura y dura. Tampoco está permitido reevaluar las propias decisiones y posturas y cambiar de rumbo. Si a los 20 años dije “A”, estoy obligado a mantener el “A” hasta cuando tenga 80. Si no, soy un impostor. La vida es tan fácil.
Quiero dejar en claro que mi intención no es defender a México. Quienes obraron mal, deberán ver, desde la dimensión en que encuentren —en el cielo o el infierno—, a sus obras destructivas siendo conocidas y reconocidas por todas las generaciones venideras, siendo, ellos mismos, la vergüenza de tan hermoso pueblo. De ninguna manera podemos ser complacientes ante las acciones corruptas y tiránicas. Sin embargo, creer que un mexicano no debería amar su bandera o emocionarse con su himno porque los responsables de su creación fueron personas de actos cuestionados, dentro de la amplia gama de actos que las llevó a ocupar determinadas posiciones de gobierno, es desconocer completamente el sentido subjetivo de las relaciones humanas al interior de las sociedades y su relación con su patria. Lo que el símbolo representa es lo que prevalece; no hay espacio para el esnobismo, del cual Nostti está sobresaturado.
Asimismo, creer que las personas son tan simples, tan “puras”, cuando el propio autor denigra a diestra y siniestra a quienes no piensen ni interpreten como él, derrochando un estilo dictatorial como aquel con tanta intensidad criticado, es no solo ser un caradura, sino alguien a quien le ha faltado salir más de su burbuja. Alguien a quien, definitivamente, le ha faltado superar sus resentimientos para con su país.
El libro, por cierto, es magnífico. ¿A que no esperabas que iba a decir eso? Pues un aspecto es el estilo del autor y, otro, la inmensidad del trabajo realizado para construir un texto tan vasto. Un compendio histórico que, si bien hilado desde el más artero cinismo, con interpretaciones que no puedo asumir como el único camino (y con razón, al no ser mexicano y no considerarme un “inocente”), no deja de ofrecer un panorama exhaustivo de las luchas internas por darle un futuro a México, de una forma u otra.
Antes de irme, una directa para ti, Nostti: a José Carlos Mariátegui siempre mirarás de lejos.

