Wells y los mundos

En una tarde de otoño, el año pasado, estando en la tranquilidad de mi hogar, me entró el deseo de ver, de nuevo, La Guerra de los Mundos, la película con Tom Cruise. Sabía que la tenía disponible en Netflix en ese momento, así que no esperé más. No recuerdo si a esas alturas ya había empezado la lectura —por fin— del libro del mismo nombre. Por años había querido introducirme en aquel gran clásico, escrito por H. G. Wells, publicado originalmente en 1898, y sin embargo no me había dado el tiempo. Pero esa espera llegó a terminar y, en una estadía en Huaraz, alcancé su última página.

La película, lanzada en 2005, me había fascinado en gran medida la primera vez que la vi. En años más jóvenes, la idea de que podíamos ser invadidos por seres de otros planetas había rondado mi mente en mis horas de entretenimiento, tan solo como un tema de pensamiento. Creo que hasta llegué a desear que se hiciera realidad, para poder presenciar la respuesta militar de la raza humana. Esa sensación de sentir que somos todos uno frente a una amenaza interplanetaria. Creo que la aparición de esas sensaciones es uno de los objetivos de la ciencia ficción, y de este tipo de ciencia ficción. La creación de mundos que podrían ser posibles, pero que se mantienen en la oscuridad, siempre a la espera.

Me había gustado bastante también Día de la Independencia, con Will Smith (1996), aunque otras, como la saga de Hombres de Negro, siempre me parecieron un bodrio. Pienso que mi gusto depende de la seriedad con que la historia es contada. De manera más actual, me conmovió sobremanera La Llegada (2016), con Amy Adams y Jeremy Renner, la cual presentó una visión totalmente distinta sobre la relación entre los extraterrestres y los terrestres.

Pero, volviendo al libro de Wells, alabo su imaginación, pero no sentí la historia tan fascinante como la habría esperado. Para aclarar, debo decir que la película del 2005 se construyó sobre la base de los elementos principales del libro de 1898, pero tiene una serie de concatenaciones y pasajes distintos. La película fue ambientada en el siglo XXI, mientras que el libro fue escrito sobre la base de un estado del arte tecnológico muy lejano del contexto que ya he podido conocer. Mi desencanto se debe, creo yo, a una falta de identificación con aquel otro contexto, en el sentido de que las cosas funcionarían de manera muy diferente ahora. Es más, la posibilidad de volar aún estaba en desarrollo al momento de la publicación del libro, y en este se menciona como un hecho que podría ser logrado por los marcianos, quienes, en realidad, fueron disparados desde un cañón interplanetario desde su planeta al nuestro.

Esta opinión no es una minimización de la visión tecnológica de aquel entonces, sino, quizás, que estuve buscando erróneamente conectarme con la historia como lo había hecho con la película, pero no pude hacerlo. Ahora pienso que podría haber leído el libro con una expectativa distinta, aunque tampoco se destaque por una prosa maravillosa, sino por su intento de generar un suspenso realista. Un suspenso que, en algunas secciones, podría haberse beneficiado de una más extendida reflexión sobre la desolación que sobre las características materiales o físicas de lo observado.

No obstante, la reflexión sobre la existencia y función de los microbios, y de la supervivencia de los humanos entre ellos, o con ellos, me parece una de las ideas más potentes que he leído. Aquí, en cada lugar donde transitamos, como humanos, debemos saber que somos el resultado de, quizás, la adaptación más espectacular que podría haberse dado a unas condiciones siempre cambiantes; y, a su vez, cambios que han ido desde lo más leve hasta lo más drástico, tanto por consecuencias naturales como por la acción del hombre. Me parece que una de las grandes fortalezas humanas se encuentra en esa capacidad desarrollada a lo largo de los siglos, la cual ha sido símbolo de una gran fortaleza.

En todo caso, pienso que habrá maneras de salir adelante en caso se presente, algún día, alguna invasión real y adversa de seres de otros planetas. Mientras tanto, sigamos intentando mejorar como raza, la única que existe entre las personas: el hecho de conformar lo que llamamos humanidad.

Título original: The War of the Worlds (1898). Alianza Editorial (2005), traducido por Ramiro de Maeztu, Madrid.