Mi patria es hermosa, mi patria es radiante. Se llama Perú, y tiene una bandera con dos franjas verticales rojas, como la sangre, y una blanca, como la paz, en medio. Yo quiero mucho a mi patria, como otros, pero no sé si ella se siente querida allí donde se asienta, en aquel territorio lleno de arena, extenso río, apoteósica montaña y árbol de robusto tronco; de mar, verde pasto, amplia pampa, frondoso valle, y frontera. Sí, un territorio lleno de frontera. Frontera intangible, como aquella que no puedes ver ni tocar, pero sabes que está allí. La percibes, la sientes; nos rodea y atemoriza, nos preocupa y angustia. ¿Qué pesares llevas contigo, Patria, que veo tus lágrimas caer suavemente por las cumbres de los nevados más altos? ¿Hemos sido nosotros? ¿He sido yo? ¿Han sido ellos? ¿Han sido mis manos? ¿Ha sido mi voz? ¿Ha sido mi ausencia, o quizás la ingenuidad? ¿Ha sido mi confort, o tal vez la indiferencia?

Mi patria es fuerte, pero me embarga la tristeza. La veo allí, con expresión de resignación, observando el horizonte, pensando, sintiendo, con los ojos cerrados, palpando sus heridas desde el recuerdo, y preguntándose por qué. “¿Por qué, si tanto te he dado?”, parece repetir entre meditaciones. Siento su tristeza: es la decepción.

Soy la Decepción. Tal vez no he sabido darme cuenta de cuánto hay alrededor de mí. Del suelo al cielo quedo maravillado, y satisfecho. Tanto, que doy por hecho que mi no pretendido desprecio —o quizás silencioso, o no admitido, qué se yo— no podría afectar semejante vastedad. Y es que soy el Egoísmo, y mis intereses son todo aquello en lo que pienso. Y también la Prepotencia: que los demás se hagan a un lado para que yo prevalezca. Anular las otras voces para que la mía reciba el privilegio es mi misión. ¿Se puede ser más despreciable? ¿Caer más bajo? Y, a pesar de ser yo la Bajeza, tú no te desmoronas, ni tampoco pierdes la humildad frente a ser yo la Altanería. Soy quien ha intentado hacerte daño, pero no he sabido darme cuenta de mi propia insignificancia al lado de tu magna historia. La tristeza que siento es, en el fondo, por mí.

Mi patria es grande, mi patria es rica, y yo soy el Viento. Me alzo con cada ola en el cálido mar y llego gélido, bajo cero, a las cumbres de los Andes. Te recorro, me alimento de ti, me transformo a través de tu diversidad, y soy quien, a su vez, retroalimenta los pulmones de todos quienes me inhalan y exhalan. Soy quien da el aliento a los trabajadores honrados, a los deportistas que buscan alzar la medalla en tu nombre, a los niños que encuentran felicidad en cada rincón, a las familias que producen la tan empolvada gentileza.

Pero también me intoxico. Soy el Aire Oscuro, contaminado y contaminante, dañino, destructivo. Me empodero con la corrupción y la ambición, y me expando. Rasgo tu piel, y tu alma, para obtener tu riqueza. Te veo y no tienes valor para mí. Ni siquiera me importa si estás allí, y me río. Una viveza y quedo bien parado; que ellos se arreglen, que ellos se jodan. Yo ya “me salí con la mía”, como dice el dicho. No obstante, te veo no prestar atención. ¿Por qué me ignoras, si todos somos ladrones? ¿Por qué no volteas a mirarme, si todos somos corruptos? ¡Yo soy la Muerte del Alma, y no puedo ser ignorada!

Sí, sí que puedes. Y más: rechazada. Y aún más: expulsada. Tú, que vil te vistes de vergüenza creyendo tratarse de inteligencia; que, rastrero como es tu ser, bien merecerías ser quebrado y cortado en mil pedazos. Maldito el día en que saludaste tu propia contaminación, y maldito tu ser. Maldita tú, y maldito cada día bajo tus pies, pues solo arrastras podredumbre y dejas hediondez tras tus pasos. Es en tu existencia que no existe el valor. Te maldigo, y maldigo la representación de ti misma. Espero que encuentres todo escarnio posible en tu camino, y que cada parte de ti sea arrancada y quemada, y lanzadas a un silo tus cenizas. Malditos tú y quienes son como tú; maldigo sus vidas y escupo sobre sus rostros.

¡Yo soy la Sangre, y me paro frente a ti para decirte que este país no te pertenece! Tan solo eres de la escoria. Soy como las venas de esta tierra, los cimientos de un imperio, la resistencia de los condenados, la mirada de los oprimidos, la sonrisa de quienes gritan “¡Independencia!” y “¡Libertad!”, la espada de la justicia correcta, la suciedad y el polvo en las ropas de los manifestantes por la democracia real, el coraje y las palabras de todos aquellos que se ponen de pie y dicen: “Tú, no”.


Mi patria es sorprendente, y yo soy la Vida, pero me estoy yendo. Debo partir; ya me queda poco tiempo. ¿Por qué esto tiene que terminar así? Te dejo y, sin embargo, te pido no recordarme con tristeza, ni mucho menos que sientas pena de mí. En cambio, considera hacerme este favor: ayúdame a hacer que este sueño haya valido la pena. Ayúdame a que la patria, la nuestra, no haya sido solo una ilusión. Que quienes la miraron a lo lejos, más de 200 años atrás, no hayan llegado —ni lleguen, desde su existir etéreo— a creer que su expectativa, su futuro esperado, su esperanza, su firmeza y su amor no hayan merecido el esfuerzo. Me estoy desvaneciendo; mi cuerpo está cayendo sobre el eterno adormecimiento en este lecho que ya ha tomado mi forma y olor, y sobre el cual no volveré a abrir los ojos.

No. ¡Soy Perú!, y la vida que crees haber perdido se renueva en mí. Desde mis profundidades hasta el infinito, estaré aquí para decirte que yo no perezco. Yo soy la Patria que hace alzar los rostros que alguna vez anduvieron derrotados y humillados. No, no existe la derrota en mí: yo soy el estandarte de tu fortaleza, el combustible de tu voluntad, la cumbre de tu obsesión por la victoria final. Hacia allá vamos, todos, porque el cuerpo, en andrajos y herido, no dejará de dar el siguiente paso mientras la pasión siga ardiendo.

Mi patria es mi cuerpo y mi sangre, mi patria es real, y aquí estoy yo, listo para partir. He transitado estas tierras por siglos, y lo he visto todo. En mí hay muerte y vida, pero no me afectan, porque en mí, también, yacen la realidad y mil trechos por recorrer. En mí hay andar y descubrir, trepar y descender, respirar y sonreír. Me guían las estrellas y mi bandera, la luz del sol y mi tierra. Me guía el aire que respiro y el corazón que cargo. Hacia horizontes como aquellos que diviso desde lo más alto voy. Mi patria es hermosa, y ya es el momento.

Que sea para ti, Perú, un grandioso aniversario por el Bicentenario de nuestra independencia. Te alzarás nuevamente por sobre tus dificultades, y yo levantaré mi copa por todos aquellos y aquellas que, 200 años antes y más, lucharon por nosotros y estuvieron allí, en pie y con la mirada en conexión con los ojos que llegaron después, donde encontramos los nuestros, nuestra propia vista, nuestra propia vida. Desde aquí y en mil años más, esperamos estar a la altura de tu lucha y no dejar que esta se desvanezca jamás. Este es el resultado de un magnífico sueño, el cual, contra viento y marea, llevaremos adelante.

Por siempre.

2 comentarios en “Mi patria

    1. Gracias por comentar mi nueva página, Gariú. Me alegra haber provocado esas imágenes en tu pensamiento, unas imágenes de las que solo tú conocerás su forma. Espero generar similar experiencia en quienes se animen a leer el texto de haberlo encontrado. ¡Un abrazote!

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